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Monday, October 27, 2014

¿Racismo?

¿Racismo o no? A veces los recuerdos llegan en momentos adecuados. Los que me conocen saben que vivo en Chicago, pero mi familia previa está toda en Uruguay.

 Cuando mi hija, acá, a la madura edad de 17 años tuvo su primer novio, se lo contamos a todo el mundo en nuestro viaje anual a Mdeo. Mi hermana quería más datos y preguntó: Ah ... emmm... el muchacho … es … cómo se dice … ¿uruguayo?

 Pocas cosas tienen menos sentido que esperar ennoviarse en los EEUU con un uruguayo, pero claramente esa no fue la pregunta. Gracias a la total falta de diversidad étnica en nuestro país, lo de ‘uruguayo’ era claramente una metáfora. ¿De qué? De “goy”, por supuesto. En Uruguay, o tenemos un novio de la colectividad, o es un ‘uruguayo’. Mi marido, para mi familia, siempre fue ‘un uruguayo’.

 Me encantan los niveles de posible racismo en la descripción. El hecho es que para describir, necesitamos palabras, pero empiezan a sonar molestas. Yo ni puedo usar la palabra ‘negro’ en inglés para describir a alguien, bueno, digamos, “negro”. No es que no debo, es que realmente no puedo. Se me tranca en la garganta. Es uno de los casos en que la palabra se vuelve prohibida porque realmente significa algo más que la pura semántica. Si concientizamos lo que decimos, tal vez podamos reconocer el racismo cuando lo hay.

Wednesday, August 28, 2013

Davicadas

Davico es un personaje de antología, que era muy rápido para los juegos de palabras. Solía combinar idish y español, de modo que esto lo entenderán solamente los que tuvieron la suerte de ir al Zhitlovsky con él. De cuando en cuando, nos acordamos de sus dichos. Los siguientes fueron recuerdos míos y también de Leonardo. Si alguien recuerda algo más, por favor mándenme las frases. Gracias.

 De una canción: mame zise mame, mamenyu du mayn, Davico corrigió dos partes: -…sara vunderleje yede mame iz (qué maravillosa es cada madre), pasó a ser: sara vunderlejer yede mame hot (qué maravillosos agujeros tiene cada madre) combinado con otro pedazo de la misma canción: mir far dir oy mame, mir far dir zo-ol zayn (yo por vos, mamá…etc. - Esto lo entienden solamente los que tuvieron madres judías- ) salió como 'milj far dir oy mame, milj far dir zol zayn",(leche para vos, mamá, etc.) que como sabemos “leche” es el jocoso nombre genérico del semen, tanto en idish como en español. Esto fue en uno de los ensayos del coro del club el día que, enseguida después de escuchar ese disparate, la lererke Jane, que lo dirigía, me dio flor de cachetada. Me la dio a mí porque las petisas siempre nos la ligamos, por tener que estar en la primera fila del coro. Los varones estaban siempre en la fila de atrás, petisos o no.

 Otra del coro era ‘Oyfn veg, shteyt a boym, shteyt er angeboygn, ale feigl funem boym, hobn zikh tsefloygn …” (En el camino hay un árbol, que está doblado/agachado, todos los pájaros del árbol ya se habían volado) que pasó a ser: ‘Oyfn veg, shteyt a boym, shteyt er ongeboygn, noent im shteyt a mentch, iz er oij angeboygn.”(En el camino había un árbol, que estaba doblado/agachado; cerca de él había una hombre, que también estaba agachado…) Cagando, naturalmente.

 De los Chalchaleros salió 'Yo vendo unos ojos negros' y de ahí a Davico hay un solo paso: Master, quisiera, (cuando quería un pucho y no tenía plata) master amo yo

 De Leonardo: “A propósito: qué se sabe de Davico? recuerdo alguna que otra de sus famosas frases, como: "Hundert gram puter, carasco!" (100 gramos de manteca, carajo) “ pa que se enduquen” como decía Davico. No es original, pero a él le salía muy bien.

 Y un pequeño diálogo: “-Muchas grasas. -De nadia”, Davico dixit.

 (Recuerdo que a mi madre esto le reventaba) “Señora,¿ no me da un vaso de agua? Si es Coca Cola, mejor.” (Un amigo me dijo que ésta no era original de Davico, sino de alguien de la barra, a quien llamábamos 'Corea')

 (De Leonardo, por e-mail) Es impresionante cómo los hallazgos de Davico perduran en nosotros: esta mañana, algo que leí en el diario -y que no recuerdo qué era- hizo que exclamara para mis adentros: ¡PROSTEPUTE!

 Ciertas épocas fueron más fructíferas que otras. Un grupo de teatro había alquilado la sala de teatro del club, y durante los ensayos entrábamos a verlos. Davico no pudo resistir. Me acuerdo de 'la rivolver', pero creo que no me quedaron fijas muchas anécdotas de esa época - y eso que vi TODOS los ensayos de Patrulla de Rutina, ahhhhhhh, Patrilla de Rutruna, como decía Davico el eterno.

 Recordados por Leonardo:
  ¡Lój in kop! (lógico)
  Sta yo viendo algo. (está lloviendo algo…)
 La vez en que casi se cae de la escalera arreglando una lámpara en casa, cuando mi viejo le gritó "¡voivo!" En realidad esa fue la exclamación de mi papá cuando Davico se mandó algún disparate al instalar una lámpara en la relojería, pero al escucharla, de la risa, Davico se cayó de la escalera.

 (Vestido para la playa) Y así estoy, de puerquito gentil…. 

Agregado tadío: - ¿Te bañaste? Davico - No, pero me puse desodorante.

 Las primeras camisas - no me acuerdo la marca - que no se arrugaban. El jingle era '¡Y no se planchan! . Davico cantaba ¡Y no se lavan!

Monday, June 25, 2012

Duda de elección de pareja

Duda. Cómo elegir y mantener pareja, mezclado con el racismo y otros -ismos.


En una sociedad, ser parte de una minoría, ¿te convierte automáticamente en una persona menos racista/sectaria/intolerante (¿hay alguna palabra en español que signifique todo eso junto?)? Como buena inocente, yo pensaba que sí. Un judío no puede ser racista. ¡Ja! Ahora ya me resigné a que, por supuesto, puede. Es parte del ser humano el mirar con cara rara al ‘otro’ (dijeran los antropólogos) y pertenecer a un grupo perseguido, no te salva. A ver… Traté de analizar cómo me funcionaba la cabeza, a partir de un detalle como el que sigue:

Hace unos años me preocupaba que mi hijo fuera homosexual por lo difícil que sería para él conseguir pareja que realmente funcione bien – sin un ‘me tengo que conformar’, o ‘no debo ser tan exigente’. Dentro de la población general los homosexuales tienen menos oportunidades de encontrar pareja interesante dado que los porcentajes no los favorecen. Supongamos que la cantidad de homosexuales sea el 10% de la población – que es lo que ellos sugieren (cifra no verificada). Los heterosexuales son el 90%. Un hombre heterosexual tiene para elegir una entre todas las heterosexuales del sexo opuesto (eliminemos las de edad no propicia, más las ya en pareja o las simplemente desinteresadas). De todos modos, la cifra es bastante alta.

Pero entre ese 10% de homosexuales (5% hombres, 5% mujeres), a mi hijo le queda formar pareja con alguien de solamente ese 5% de la población. Como además tiene que encontrarlo entre la gente que conoce, que no es tanta, no es un resultado alentador.

Pero me puse a pensar si la cifra de ‘muchos’ entre heterosexuales es realmente correcta. Para los hombres, la respuesta es fácil: cualquiera que tenga tetas, sirve. Para las mujeres es más complicado – no nos guiamos por bultos a la vista. Y para mí, aunque sin pretensiones objetivas exageradas pero bastante constreñidas en lo social, podría ser más difícil aún. Ahí empecé a preguntarme cuántos de los porcentualmente aceptables, me servirían como pareja. Al plantearme esa pregunta, y responderla, dejé de entender cómo me pude casar aunque fuera una sola vez. Soy insoportable.

Claramente, nadie puede considerar como pareja probable a todo el mundo del sexo opuesto y en condición de libertad. Tal vez no todos acepten esto, pero yo sí. No quiero aparecer presumida, sino sincera. Hay que decantar. ¿Dónde empiezo con las eliminatorias? Política, religión, clase social, etc.

1) Bueno, personalmente empiezo por la política - tema sobre el cual, sin discusión, no veo posibilidad de aparearme con un ajeno. No podría tener nada en común con alguien de derecha. Punto. No me imagino ni dos minutos la vida con un reaccionario que pueda estar de acuerdo con golpes militares, que crea que las guerras organizadas por los EEUU en el mundo sean legítimas, o que piense que los gobiernos deban desentenderse de los pobres (me parece que en esta bolsa meto a los anarquistas también, pero es cosa de discutir). La derecha, afuera. O sea que ya eliminé por lo menos a la mitad de los posibles.

2) Vayamos a la izquierda. ¿Pero qué izquierda? Ultras, no. No puedo definir qué es ser ‘ultra’, pero los reconozco cuando los veo (como el famoso dicho sobre la pornografía). No me imagino vivir con alguien que cree que por el hecho de que al fin él se dio cuenta de las desigualdades sociales, su sola intervención va a hacer que ese tema se resuelva mañana de mañana. No hay hombre (ni mujer, por supuesto, pero como soy mujer, hablo de los hombres) que me pueda convencer que con esas ideas, puede ser pareja para mí. En mi modo de pensar, para todo lo que sea cambiar el mundo hay que romperse durante muchos años. Y en plural, no en singular. En masa. Magia no hay.

Bueno, eliminé la ultra izquierda. Quedan los del medio. Los livianamente llamados troskos, bolches, socialatas, anarco-sindicalistas… No me meto a definirlos, porque no sé demasiado bien qué diferencias reales tienen ahora. Pero por ahí hay gente aceptable. O sea que todavía hay bastante entre quienes elegir. Pero… ¿terminó aquí mi problema? No, por supuesto que no.

3) Entonces sigamos: la religión. ¿Puedo enamorarme de alguien que cree que algo volando por ahí crea y dicta nuestra vida? No, de ninguna manera. No puedo ni imaginarme en convivir con un religioso, sea de la religión que sea, y escuchar constantemente las paparruchadas y supersticiones de los creyentes. Y por suerte, me estoy volviendo cada vez más intolerante. No puedo terminar de entender a alguien que crea que el mundo es tan complicado que no pudo evolucionar naturalmente y que entonces sea razonable pensar que ‘algo’ lo haya fabricado. Y que ese ‘algo’ tiene control sobre lo que cada uno de nosotros hace. Imposible.

Tengo amigos religiosos, pero también me falla bastante el respeto total hacia ellos. Uno es un buen amigo, cura católico, que vive en una reserva indígena en Montana. Estudiamos maya yucateca intensivo, juntos, en una clase de 3 personas, varias veces por semana, horas y horas por día, todo un año. Y pasamos muchas dificultades personales, ayudándonos en lo posible (lo hice ir a AA), pero me gustaría entenderlo más y no puedo. Llego hasta ahí y nada más. Decidimos no hablar sobre religión porque en menos de diez minutos, dejaríamos de ser amigos. O sea que ni siquiera damos nuestras opiniones. Soy su única amiga, judía, atea y boca sucia, lo que le resultó muy gracioso a su madre.

4) Bueno, liquidé a la derecha, la ultra-izquierda y la religión. ¿Entonces qué me queda? Un cierto grupo de izquierda, ni muy de un lado ni muy del otro, y recién ahí empieza la sub-selección. Digamos, me quedo con la gente que pertenece – o al menos es de ideología cercana - al grupo político en el cual yo creo. ¿Pero me sirven todos los humanos del sexo masculino de ese grupo?

5) Llego a algo molesto, como la clase social, o al menos cultural. Si no quiero ser falsa conmigo misma, tengo que admitir que no puede ser demasiado diferente de la mía (ojo, dije ‘demasiado’ y no ‘un poco’). No me imagino mantener conversaciones diarias con alguien de clase muy alta, ni de clase muy baja (y esto me disgusta de mí, pero prometí no mentirme. ¿Seré tan presumida?). Tal vez, pero creo que la explicación es bastante simple: sucede que no conozco gente fuera de mis grupos de contacto. Y mis grupos están integrados por personas que tienen algo en común conmigo. Parece obvio. Tengo amigos de todo nivel, por supuesto, pero para pareja, ya es distinto. En realidad, admito que tenemos que tener un nivel sociocultural bastante parecido.

6) Y así, eliminando y eliminando, igual parecía que quedaba aún un sólido grupo propicio. Pero si agrego: ‘debe ser judío’- por eso de compartir códigos- ahí hay un sub-grupo dentro de los judíos con quienes sé que no puedo estar de acuerdo. Simplemente, no puedo entenderme con los sionistas. Y mucho menos, vivir con uno.

Para tener una base en común y el humor compartido durante más de 30 años de colectividad, los únicos que aparentemente me quedaban eran los miembros del Zhitlovsky, institución a la que fui desde nacida (e incluso antes). Por haber nacido dentro de esa colectividad, nunca me hizo falta buscar amigos afuera. Nací ya con amigos. No estoy segura si esto nos benefició o fue lo contrario. De chica, eso fue bueno. De adulta, ya no tanto. Hay mucha gente en el mundo exterior. Sin embargo, mis amigos de la infancia se casaron entre sí. Casi todos armaron pareja con alguien a quien conocían desde niños. Alguna razón habrá.

¿Entonces, como pareja, tenía que ser sólo alguien del Zhitlovsky? ¿Será cierto? Obviamente no, porque recién ahí empezaban las diferencias personales, los gustos, el humor, la manera de actuar y al fin (o no tan al fin), lo físico. Y eso tan vago que se llama ‘amor’.

Y entonces empecé a casarme. Mi primer marido tenía las cualidades necesarias, aunque no era uruguayo (cosa que aparentemente no es una prohibición) sino argentino. El segundo, aparentemente, las tenía todas, inclusive pertenecer al Zhitlovsky, pero la pareja tampoco fue duradera. La época del golpe en Uruguay destrozó muchas parejas razonables.

Y entonces, ¿no había más nadie ‘aceptable’ entre mis conocidos? Siempre fui parte de otros grupos interesantes, sobretodo en épocas de estudiar arquitectura, pero no había caso, eso no me llamaba la atención.

No nos atrae cualquier amigo, por más cercano que sea ni por más que ‘pensemos igual’.

(Esto me lleva a una dudosa anécdota personal, relacionada a Varlotta/Levrero. Un día, estando yo de visita en su casa, aparece un amigo que aparentemente venía a hablar con Jorge. Todo el mundo, cuando tenía líos interiores o exteriores, problemas de pareja, angustias existenciales, chifladuras de todo tipo, iba a la casa de él a soltarlos. Era una casa de locos, dirigida por el loco mayor, que era el mismo Jorge. El amigo entra y Jorge me lo presenta con un "y éste es Manuel D., el mejor escritor del mundo, pero el muy imbécil se dedica a la biología". Yo estaba, sin saber por qué, de pantalón amarillo ajustado y camiseta naranja, con un escote más allá del puritanismo. El tal Manuel D., a punto de irse a Brasil a trabajar, decidió mostrarme un libro que llevaba encima, con unas feroces arañas peludas – no me vengan con interpretaciones tontas. Eran realmente arañas – y yo puse cara de interés. Un tiempito después, Jorge recibía una carta de él desde Brasil diciendo que “aún recordaba la pechuga de la snob y botarate Elisa S.” Textualmente, ‘snob y botarate’. Me fascinó que alguien recordara mi pechuga – casi inexistente por cierto - y no mi largamente elogiado cerebro juvenil (y todo porque sacaba buenas calificaciones en los estudios y nada más que eso. Ser “la mejor de la clase” no es sinónimo de ser ‘inteligente’. No sé definir “inteligencia”, de todos modos. Si alguien lo sabe, por favor, avísenme).

Cuando vi a ese amigo la vez siguiente, meses más tarde, y ya ambos aparentemente en plena búsqueda –aunque yo seguía sin darme cuenta- y con intención de charlar, fuimos a un café. Y ahí dije inmediatamente algo, totalmente fuera de contexto que, si él hubiera sido sensato, me tendría que haber descartado sin más: -“Sí, soy amiga de Jorge, pero mirá que yo pienso como vos-“.

¿Qué otra idiota diría ‘yo pienso como vos’, para sugerir línea política, años de estudio y demás? Evidentemente, la tontera me sentaba bien. Y lo de ‘botarate’ era muy generoso en comparación con la realidad.

Muchos años después, ese amigo y yo, ya casados desde hace 36 años y con hijos, y toda una vida juntos que tuvimos hasta ahora, nos reímos al recordar esas primeras conversaciones. El hecho es que, aparentemente, Manuel tenía todas las cualidades que lo hacían digno. Todas, menos ser judío. Claramente, eso para mí no tuvo ni la menor importancia. No digo que no me lo planteé como problema, pero lo descarté en menos de 30 segundos.

Estas disquisiciones me empezaron a convencer que soy rígida, intolerante y feroz, y que no debería haber sido posible para mí conseguir ni un solo marido, ni mucho menos los tres razonables que me tocaron en suerte.

El resultado del proceso me lleva a pensar que, en realidad, mi hijo no está en peor situación que la mía ni de la de cualquiera de nosotros. Seguramente, al tener menos población elegible, la tolerancia es mucho mayor y ni siquiera la siente como tolerancia. A él no le molestaría pasar la vida con alguien que fuera religioso – y tal vez él mismo tiene una veta espiritual- , e incluso que no fuera realmente politizado. Veo que nada de eso entra en sus cálculos. Las cualidades que él busca en una pareja no se parecen en nada a las mías. Y de hecho, su homosexualidad lo hace más interesante como persona. ¿Será posible? ¿Todo termina en una balancita y acomodamos los platillos tanto como sea necesario?

Y en cuanto al racismo, seguimos sintiendo que hay gente diferente a nosotros, que no todos somos iguales, pero que tenemos que abrirnos un poco de ese camino demasiado marcado por el Zhitlovsky. Tal vez tengamos que dar un pasito por día, ¡pero darlo!

Lo que más me interesa de mi vida en los EEUU fue haber podido encontrar tantos inmigrantes, gente de todo el globo, de culturas tan dispares que ni se nos pasan por la imaginación y que, como solía decir una vecina amiga, hindú, con matrimonio arreglado por su padres, ‘todas las personas tienen algo por lo cual podemos quererlas’.

Wednesday, January 26, 2011

2003 - Electrocardiograma

3-11-03 electro (en idish queda mejor)- esta es la versión que escribí aquel día, pero la cambié un poco en un post anterior.(para Jorge)


Mi mamá, como bien sabés, era flor de hinchapelotas. Siempre quería ir al médico y mi hermana o yo, teníamos que acompañarla. Como era prolijita, hacía una lista de sus supuestas enfermedades para mostrarle al doctor y no olvidarse de nada doloroso.

El edificio de la Mutualista era ideal para las relaciones sociales de mis padres y sus amigos. Una enorme habitación central, casi redonda, posiblemente un antiguo teatro, donde se juntaban los enfermos, esperando la llamada para entrar a los compartimientos de los respectivos doctores. Esos compartimientos estaban separados por tabiques sin la menor aislación acústica, lo que generaba una sensación de sociedad, totalmente inesperada.

Siempre había muchísima gente allí porque les daban número por orden de llegada y había que esperar en ese salón del medio. Los cuchitriles de consulta tenían puertas que abrían directamente a esa pieza central (nada de pasillos ni privacidad, por supuesto).

Al fin llegamos a Goes, sacamos número (como mi hermana trabajaba allí teníamos uno de los primeros números. No el 1 porque hubiera sido sospechoso, sino el 2, para disimular que teníamos cuña). Entramos a la sala del médico, que era de la edad de mi hermana, hijo de amigos, naturalmente. El médico puso la cara de costumbre, que era la de terror cada vez que entraba ahí una Kolodna. Mi madre y sus hermanas eran bastante famosas en ese lugar.

-Bueno-, dijo el doctor, -qué le pasa ahora, doña?-
Mi madre no hablaba, pero tenía cara de que se le notara que no hablaba. Sobre eso, no había ninguna duda.
El doctor la revisó y le dijo: -Felicitaciones, Ud. está totalmente sana-.
Mi madre lo miró mal. Digamos, mirar, siempre miraba, pero esa mirada era especial.
Sacó el papelito del bolsillo.
-Uh-, dijo el médico, -¿una carta de amor?-
Ella empezó a leer en voz alta: - mala memoria, eructos, hemorroides, corazón-.
- ¡Ay, señora, no me diga esas cosas! ¿Me llama así nomás: corazón?-
Mi madre no apreció el chiste.
- Oiga, Ud. tiene un corazón más fuerte que el mío-, dijo el doctor. -Nos va a enterrar a todos-.
-NO-, dijo mi madre, estilo proclamación de la independencia nacional.
-¿Qué?- dijo el médico. -¿Ud. cree que sufre del corazón? no, créame, está perfecta-.
-NO-, volvió a recalcar mi madre.
- ¿Sra.¿qué quiere de mi vida? Uy, no, no me diga. Ud. quiere que le mande un electrocardiograma??????-
- SI-, dijo mi madre.
- No, señora, esto no es un chiste. Ud. no lo necesita... créame...-
Mi madre lo volvió a mirar con ESA cara.
- Bueno, bueno, si insiste tanto, está bien. Vamos a ver. Le receto un electrocardiograma para que se quede tranquila-.
Yo estaba en un rincón, comiéndome la vergüenza. Miré a mi madre, que tenía en los labios una pequeña sonrisa de triunfo. Estaba guardando la receta en la cartera.

Salimos a la sala general y se oyó un galopar de gente acercándose y rodeándola.
- Y? ¿Qué dijo el médico? ¿Qué te encontraron? ¿Cómo te sentís?-
(Suspiro) - ¡Ay!-, dijo mi madre.
- ¿Qué? ¿Qué?-
(Suspiro profundo) - ¡Ya me mandaron un electrocardiograma!-.

Llantos y gemidos, besos y abrazos, portazo del doctor enfurecido, y yo en un costado, haciendo de hija mala, prometiéndome nunca más ir al médico con mi madre.

Maravilloso!!!!! No lo conocía!!!!! Qué grande!!!!!

No creo que en idish me hubiera divertido más...

Sólo te apunto una observación:

>Mi madre lo miró mal. Digamos, mirar, siempre miraba, pero esa mirada era especial.

Yo creo que querés decir:

Mi madre lo miró mal. Digamos, mirar mal, siempre miraba, pero esa mirada era especial.

Gracias por esta maravilla
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Acá me defiendo de la corrección de Jorge. En idish, por lo general, esa construcción repite solamente el verbo, y no la frase verbal completa. Yo estaba traduciendo mentalmente, tratando de mantener el original.
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Monday, December 27, 2010

2009-10 La culpa en el aborto es un constructo social + teatro

--La culpa en el aborto es un constructo social, -completado con el teatro. (Oct.09) – revisado en Diciembre 2010

Me tiene intrigada el tema de lo complicado que es el aborto en nuestra época. Nuestros padres lo enfrentaban sin angustias, sin miedos, sin ocultarlo. Todo el mundo sabía cuándo alguien del club (Zhitlovsky) se había hecho un aborto. Era tema abierto, tanto como el de los sueldos.

Me acuerdo de las explicaciones de mi mamá sobre las relaciones sexuales. El médico le había dicho que era "psicológicamente malo" (sic) estarse preocupando por las consecuencias y que si después había embarazo, se hacía un aborto y listo. Era tema público. Nada de terrores existenciales, ni arrepentimientos, ni dudas de ningún tipo. La única condición necesaria para recurrir a un aborto era, naturalmente, estar embarazada.

Le pregunté si no había algún método anticonceptivo algo menos radical y me dijo que había una pastillita que se llamaba “L’amour de Paris” (nótese el sugestivo nombre), que debía disolverse en agua tibia y enchufársela con una jeringa de goma, dentro de los 10 minutos siguientes al paso descocado. Y que eso era imposible. Recuerdo haberla mirado frunciendo la nariz, preguntando cuál era la imposibilidad de algo tan sencillo. Me miró con cara de ‘no seas burra’ y aclaró que no era fácil, que había que levantarse, ir a buscar el kerosén, prender el primus …
Ahí me di cuenta que la bruta era yo. Lo que es no entender la pobreza pasada. Ni me imaginé que en esas épocas conseguir agua tibia fuera algo tan complicado.

O sea que mi mamá, que aparentemente hubiera podido ser una gran esposa para un rabino, con lo cual yo, en lugar de una sola hermana, hubiera tenido al menos 15 hermanitos, le hizo caso al médico. Mi hermana nació en 1930, y a partir de ahí, un aborto cada dos meses (aproximadamente) hasta 1944.

Y el teatro? Ah, esa es una historia lateral. En algún momento vino a dirigir al grupo teatral del Zhitlovsky, una directora de Buenos Aires de quien no recuerdo el nombre. Era mandona y exigente. Y mi mamá un día, rememorando y con enojos, me contó que esa mujer era un asco. Que “me hizo subir y bajar 20 veces de una mesa, cuando yo me largaba a cantar, diciendo que lo estaba haciendo mal. Y la asquerosa sabía que yo esa mañana me había hecho un aborto!”. Ni qué hablar, que no solamente lo sabía la directora, sino todo el elenco, y más aún todo el resto de la gente del club. Era lo natural. Y a nadie le extrañó que hubiera ido al ensayo, como si fuera un día más.

En realidad ese grupo teatral era una gran familia. No puedo olvidarme cuando en una de las tantas obras que se ensayaban durante 6 meses para representarlas una sola vez, mi mamá tenía que ponerse en jarras y gritar ‘Ha!’. Y lamentablemente la dentadura salió volando, para caer en la tercera fila del auditorio. Terror. Pero no hubo problema. Un atento espectador la agarró, se levantó y se la alcanzó a mi madre, que se la colocó inmediatamente sin lavar y siguieron con la obra tan campantes.

Menos suerte tuvo un señor Moishe (no es el nombre verdadero, pero tal vez ese señor era el padre de alguno de los que están leyendo esto, y no quiero problemas familiares). La escena consistía en un nazi atacando a un judío. El nazi se le tiró encima, cayeron al suelo, y en el esfuerzo por tratar de ahorcar al judío, el nazi se tiró un reverendo pedo que retumbó por todo el teatro. A partir de ese día, ese señor pasó a ser conocido como ‘Moishe der forts’ y no logró removerse ese nombrete nunca más.

Pero sigamos con los abortos maternos. Así iban, y mi madre llegó a los 43, y ya no quedó embarazada durante mucho tiempo. Pensó que al fin se le habían terminado los huevos y los problemas. Cuando a los 45 años, paró la menstruación, dijo displicentemente ‘debe ser la menopausia’ y no le dio más pelota al asunto. A los 4 meses, la menopausia empezó a patear. Gran quilombo. Rápidamente, el médico solamente dijo ‘Felicitaciones, señora, y que tenga suerte. Yo no hago abortos en embarazos tan avanzados’.

Entonces me contó que ese día, al volver a la casa, llenó un latón de ropa (¿se acuerdan de esos latones metálicos enormes?) y subió a la azotea por una escalerita de mano, tirándose hacia atrás para caer de culo en el piso y, con suerte, tener una hemorragia, ir al hospital, y que tuvieran que hacerle el aborto de todos modos, si es que no lo había perdido ya, sin problemas agregados. Nunca se le ocurrió que se podía haber lastimado mal y que eso era poner su propia vida en peligro. Tampoco se le ocurrió que no necesitaba contarme esa historia cuando yo todavía era demasiado chica para entender.

Años más tarde me di cuenta que casi todos mis amigos del club tenían un hermano o hermana mayor, con diferencia de muchos años entre ellos. Creo que todos pasaron por lo mismo. Un hijo/a enseguida después de casarse, muchos años de abortos, y otro hijo/a tardío, que se resignaron a parir. Claro, también está lo económico que facilitó ese orden, ya que para esa época, durante la década del 40, nuestros padres estaban en bastante mejor situación económica que cuando eran inmigrantes recién llegados y un segundo hijo no era un drama tan tremendo como el primero.

De todos modos, lo que me llama la atención fue lo que dije al principio. Los traumas del aborto son netamente sociales. Si el grupo social lo acepta sin problemas, no hay dramas internos. Me resulta raro todavía, pero no creo que ninguna de nuestras madres haya sufrido demasiado por los fetos perdidos.