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Friday, April 10, 2015

2015. Tecnología.

2015, Abril.
La tecnología me vuelve tarada.


Después de haberme parado a mirar atentamente el tacho de basura de plástico en la casa de Gastón, esperando que se abriera por su cuenta al ver que yo venía con basura en la mano, me doy cuenta que ya no tengo arreglo.


Anoche, en lugar de leer en el Kindle que uso desde hace 5 años, agarré un libro de ‘verdad’, de papel, made in Uruguay, sobre la vida de Mujica.
(De paso, la caråtula de ese libro me termina de convencer que no hay que enseñar cursiva nunca más, porque la letra de los humanos suele ser ilegible). Para muestra, ver carátula:


search.jpg

Llegué a un lugar donde una palabra me pareció que no estaba mal, pero no correspondía realmente dentro del texto. Y para convencerme, la busco en el diccionario. Pero como buena abombada, pongo el dedo sobre esa palabra y espero que salten todos los diccionarios necesarios, inclusive Wikipedia. Como no todo el mundo usa el Kindle, debo avisar que es así como se busca el significado de una palabra dentro de un texto. Pero no en papel…

Saturday, August 3, 2013

Pajuerana en los EEUU

Una pajuerana en los EEUU y los primeros encuentros con el racismo.

 Cuando recién llegamos a los EEUU, por allá por 1998, sentíamos que este país no nos iba a enseñar nada nuevo porque éramos unos uruguayos sofisticados – como todos los uruguayos - que se las sabían todas. Gran sorpresa.

 Partamos del detalle de que no teníamos ni la menor idea de que estar en la Universidad de Yale fuera algo particularmente especial. Ahora nos da risa darnos cuenta de lo brutos que éramos. No solamente no sabíamos nada del prestigio autodeclarado, sino que, cuando en Buenos Aires, me enteré que New Haven era una ciudad chica, quise traer sábanas, porque aquí tal vez no se conseguirían. No las traje, pero mi marido sí se trajo el martillo y una llave inglesa, que habíamos comprados usados en una feria, porque eran un tesoro inapreciable que posiblemente no se conocían en los EEUU.

Yo, en cambio, empaqueté mi poncho de Manos del Uruguay. Y para Gastón, nuestro hijo de 6 meses, una cuna plegable. Dos valijas para tres personas. Esos eran todos nuestros bienes materiales en el mundo. No es un chiste. Dos valijas.

 Podríamos habernos dado cuenta que habría diferencias ya cuando los primeros días tuvimos que quedarnos en la mansión suburbana del profesor con quien iba a trabajar mi marido. Para la cena agarró UNA costilla congelada del refrigerador, la hizo, y la partió prolijamente en tres, para que cada uno de nosotros tuviera su dosis de proteína. Ya la vimos fea… Y al final de la cena, preguntó: "¿Estuvo buena, no?"

Y el buen hombre al otro día se fue a un meeting, y quedamos solos, en medio del suburbio de lujo, lejos de transporte, lejos de supermercados, y aún sin auto. En fin, fue interesante, por decirlo de alguna manera. Malalo se iba a trabajar (lo pasaba a buscar alguien del laboratorio) y yo quedaba sola con un Gastón de 6 meses, sin poder salir a ningún lado más que al enorme jardín. El quinto círculo del infierno.

 Nada grave pasó hasta que, cuando al fin, conseguimos apartamento, nuestra nueva vecina entró rápidamente a mostrarnos cómo funcionaba la luz eléctrica y esperó ver nuestra cara de admiración. No la consiguió y quedó sorprendida.

 En pocos días nos topamos con gente con otras actitudes totalmente desconocidas para nosotros. Y como no sabíamos nada de la cultura y organización de la enseñanza en los EEUU, no teníamos ni idea de cómo se hacían las cosas. Como buena pretenciosa, pensé que podría revalidar y seguir estudiando arquitectura aquí y que eso no sería complicado ya que estábamos en Yale University, donde hay una escuela en esa especialización. Para mejor, el decano, Pelli, era argentino, con lo cual el hecho de que yo no supiera un carajo de inglés, parecía fácil de resolver. Hablar en español era fácil.

Y ahí mismo pedí una cita con el tal decano. Me recibió con una sonrisita fija, que creo que lleva eternamente implantada en la cara. Sin más, le dije que estaba interesada en revalidar lo que había estudiado en Uruguay, y que me interesaría conseguir un título de Yale. Me miró con una cara muy curiosa, preguntando si sabía lo que estaba pidiendo. No entendí y me explicó que en Yale toman 25 alumnos por año, aunque se anotan unos 2500.
Siguió aclarando que esa era una de las mejores facultades del mundo y que ‘Muchos nombres importantes están en la lista, esperando ser admitidos’. Traducción: muchos arquitectos conocidos tenían hijos que querían ir a Yale, simplemente porque sus padres habían hecho eso y la vida les era fácil.

 Yo seguía sin entender bien, y pregunté por qué no dejaban que más gente se anotara, si total, los que saldrían perdiendo serían los alumnos mismos, si no estaban a la altura de lo necesario.
Al estilo uruguayo, basta con decir que uno quiere hacer algo en la universidad, y lo hace. Si le va mal, se jode. Y ya está. Me dijo que así acá no se hace. Que tenía derecho a anotarme, y presentar documentación y carpeta de trabajos realizados y esperar la decisión más o menos dentro del año. Le dije que no tenía carpeta porque no había podido traerla desde Uruguay (dado que era argentino, pensé que no necesitaba darle datos más concretos, ni mencionar que los milicos me habían quemado todo.) Me contestó que sin carpeta no aceptaban a nadie, “porque los standards del país del estudiante pueden no ser los mismos que acá”. Y agregó: “Porque Ud. sabe que en muchos países del mundo, los títulos se compran”.

Volví a aclararle que yo era de Uruguay, y que como él era argentino y había estudiado en Tucumán, sabría que ni ahí ni en Mdeo. se compraban los títulos con tanta facilidad. Se removió incómodo en su silla, mirando fijo pero manteniendo la sonrisita en la cara e inmediatamente aclaró que “Pero yo hice mi carrera acá” y que eso debía quedarme claro.

 “¿Y por qué quiere venir a Yale?”, me preguntó. Le expliqué que mi marido tenía una beca y estábamos los tres viviendo ahí mismo. “Ah, pero entonces ¿por qué no prueba con una escuela que hay en Kansas, donde tal vez la admitan? No sé si Ud. sabe, pero acá nadie pretende estudiar en un lugar determinado, solamente porque la familia se encuentra ahí”.
 Ahí confieso que me dejó bastante cortada y consideré que el tipo era un repugnante sin corazón. Culpa totalmente mía. Él decía la verdad –ahora lo sé - y era yo la que no sabía los códigos de este país. Los métodos de selección de alumnos me eran desconocidos. Toda la entrevista me resultó totalmente ininteligible y me di cuenta que me estaba dando contra una pared. Pasó la hora y me despedí cordialmente, para no verlo más.

Cuando me estaba yendo, me llama la secretaria, una mujer alta, bien vestida y muy negra. Me extrañó que me quisiera decir algo, pero me hizo entrar a su oficina y me preguntó: “¿Por qué no se cambia de apellido?” La miré con cara de interrogación. No se me ocurría que es lo que trataba de decirme. “Mejor tome el de su marido”, aclaró. No quiero ni pensar en la cara que puse, porque no veía la relación entre mi intención de estudiar y esa pregunta. Como me vio cara de babieca, aclaró: “Su marido se llama Díaz y Ud. Steinberg. Para postular acá, le conviene más llamarse ‘Elisa Díaz’”

 Empecé a sospechar, como buena judía minoritaria que era en Uruguay, donde ‘judía de mierda’ no era un calificativo totalmente desconocido para mí, que el comentario de la secretaria era más complicado de lo que me imaginaba. Parecía que pasé de minoría en Uruguay, por ser judía, a ser mayoría en los EEUU por la misma razón. Y que un apellido hispano, mayoría en Uruguay, pasaba a ser total minoría en este país. Y que eso importaba.

Pregunté entonces si había “cuotas” para hispanos, y se apresuró a decir que no, formalmente no, pero “siempre queda bien tener algunos apellidos hispanos en la lista”. Y aclaró: “Es que hay mexicanos y puertorriqueños, pero los uruguayos son mejor mirados”.

 Vuelvo a repetir que la señora era negra por lo que sabía lo que era el racismo. Tanto lo sabía que, aparentemente, había decidido usarlo para facilitar la vida de otros. Digamos que – como se dice por acá- con limones hizo limonada, aunque hasta el día de hoy no me queda claro si eso es algo bueno, o no.

Monday, June 24, 2013

Choque cultural, todavía

Todavía no se me va el choque cultural.


Hace un rato mostraron por TV una larga fila de gente esperando que, desde un camión del gobierno, les dieran bolsas de comida que se repartían.

Es en una zona al sur de Chicago, al lado del barrio Pulman - sí, el mismísimo Pullman que inventó los asientos pulman para ferrocarriles y que inventó un barrio perfecto, donde quedaba la fábrica y muchas manzanas con casitas para los obreros. Había tiendas y supermercado, pero … les pagaban con fichas que solamente podían usarse en esos comercios dentro del barrio. De ahí, no podían salir. En 1894 Pullman quiso rebajar los salarios, y se armó la huelga. Trataron de traer rompehuelgas, sin éxito, y al final el gobierno tomó las riendas y mandó a parar. Hubo heridos y muertos. La cosa empezó en Detroit pero llegó a Chicago.

Ahora Pullman es un barrio donde no viven blancos, pero los negros son de clase ligeramente media. Al lado de ese barrio, se armaron varios tipo Cantegril/Villa Miseria, donde por supuesto también son negros pero mucho más pobres. Eso cambió bastante el estado físico del lugar. El primer domingo de cada mes el barrio se abre, y los blancos vamos a mirarlo como si fuera un zoológico. Se puede entrar a varias casitas, ya remodeladas y hay unos tours de lo que queda de la fábrica.

La zona cercana al barrio es más bien baja, algo lodosa y hay ríos que se salen de madre en lluvias grandes. Hubo varias en esta primavera y esa zona sufrió las consecuencias de las inundaciones de hace un mes.

Una periodista estaba entrevistando a una señora (con las características físicas esperadas, incluido color, edad, gordura, y seguramente diabetes) que explicó muy tristemente que había perdido mucho. -¿Cómo qué? preguntó el periodista – Y, perdimos el lavarropas, el secarropas, los dos televisores, el sofá, la mesa de billar …

Y ahí ya me dio esa cosa. No sé por qué todavía me sorprendo. Los pobres de aquí son menos pobres, al menos en ‘cosas’, que los de nuestros países. En los barrios de Chicago con esas características no hay supermercado de productos frescos ni nada parecido, pero hay McDonalds y pollo frito en cantidad. Nadie cocina ni piensa que debe hacerlo. Viven del ‘welfare’ (ayuda estatal), que incluye bonos de comida, por lo que en los supermercados me da el ataque de ver cómo compran comida ya hecha y congelada, con gusto a cartón y sin nutrientes. Dado que son desocupados, no es por falta de tiempo. Pero la cultura está contra ellos y no parece que se pueda encontrar alguna solución. Y así seguimos.

Monday, January 2, 2012

Ningún gato nuestro se va a ir a España.

Ningún gato nuestro se va a ir a España.

Me acordé de esto que pasó con una amiga argentina, cuyo ex-novio/ahora-marido es de Canarias. Marcela vive en Chicago y el Juano en Lanzarote. Y se comunican vía computadora.

Marcela tenía un gato, al que adoraba. Lo dejaba pasear por los pasillos del edificio donde ella vivía. Un día alguien dejó la puerta de calle abierta y el animalito quedó chato bajo un camión. Pasamos el duelo malamente y un tiempito después, el marido sugirió que se consiguiera otro gato. Ella se fue al ‘Cat House’ donde tienen gatos a patadas y te cobran solamente por las vacunas y la previa castración obligatoria. Volvió llorando a lágrima viva porque se enamoró de un gato gris, pero le hicieron la entrevista para saber si tenía experiencia con la especie gatuna y ahí... Ella explicó lo que había pasado y que quería gato nuevo porque se iba a Lanzarote a visitar al marido y quería ir con gato y todo. La echaron de allí, diciéndole que ‘Ud. es una mala madre’ (en inglés, claro). Y para peor, cuando llegó a la casa, encontró un mensaje en el teléfono donde decían ‘Ningún gato nuestro se va a ir a España’.

Por supuesto nos enojamos y planeamos la pesca de ese gato. Me vestí con un traje negro de lana, de esos que tal vez usé dos veces, pollera recta, bastante larga, y chaqueta seria. Camisa blanca, pero me pareció demasiado – ya me estaba pareciendo a Eva Braun - y me puse una de color. Medias de nylon y zapatos de taco alto (también usados dos veces en total).

Marcela me explicó exactamente el gato que quería, que era entrando, hacia la derecha, la cuarta jaula, gato gris, con letrerito que decía “Maxwell”. Imposible equivocarme. Le habían puesto ese nombre porque lo habían encontrado en la calle así llamada, con una pata destruida. Un cirujano veterinario le hizo un injerto con una cirugía fantástica, a la vista de muchos estudiantes de Veterinaria y la única secuela que le quedó al gato era que cuando se entusiasmaba, la pata derecha se le levantaba totalmente estirada, haciendo un perfecto saludo de Hitler. Por otra parte, ya estaba listo para la adopción.

Me hice la distraída al pasar por su jaula, pero volví enseguida y señalé diciendo: “Éste es el gato que quiero”. Lo miré fijo, él a mí - nos miramos cara a cara, y atacó el gris primero- y fue odio a primera vista. Saqué al desgraciado de la jaula, me senté, me lo puse en la falda, y el hijo de puta largó todas las garras, atravesándome pollera y medias. Lo agarré amorosamente del cuello, para que no me jodiera más y le dije a la voluntaria que me estaba atendiendo, ‘Look, we are bonding already’! Y largué el extraño diptongo inglés que se usa al babearse frente a un hermoso bebé, o sea ‘ouuuuu’… Y el gato contestó: j j j j j j ! Mierda, que ese gato era un villano.

Paso a la entrevista, y me empiezan a preguntar hasta lo que como.
De dónde soy? – de Uruguay (eso no les gustó).
Que cuántas horas voy a dejar al gato solo? –Ninguna, porque trabajo desde casa, en traducciones. (total mentira, pero les gustó)
Que dónde vivimos? – En un barrio aceptable. (El barrio más interesante de Chicago, pero algo peligroso, digamos).
Que si sé cuánto cuesta mantener a un gato, anualmente? – Sí, claro.
De qué trabaja mi marido? – Es médico (eso le encantó. Pidió datos concretos y se los di. Si me hubieran preguntado esto antes, no hubieran necesitado hacerme la pregunta anterior).

Todo parecía ir bien, hasta que me preguntaron qué experiencia tengo con gatos. Les dije que siempre tuve y que en ese momento tenía una gata de la cual estaba muy orgullosa. – ¿De qué edad? – Tiene 16 años. – “Ahhh, entonces no puede llevarse a Maxwell porque es muy joven. Tiene que llevarse algún gato más viejo, porque su gata no va a aceptar a un cachorro”. La puta que los parió.

La convencí de que eso no sería problema, que teníamos gatos que venían de visita y que nuestra gata los recibía contenta. (¿quién carajo va de visita con gatos a cuestas?)
Se fueron a cuchichear dos voluntarias, a decidir mi destino. Aceptaron darme a ese hijo de puta, con la condición de que dentro de dos semanas dejara venir a casa un inspector (¡¡!!) a ver cómo marchaba la cosa. Les dije que sí, por supuesto, ningún problema, y enormes sonrisas.

Salgo blandiendo la caja de cartón donde metieron al gato, derecho al auto de Marcela que estaba esperando en la esquina. Ella recuerda ese momento con gran cariño. Dice que le tiré la caja encima y dije: ¡ahí tenés a tu gato de mierda! Y vimos un hilito de sangre bajándome por las piernas.

Todo bien, y a la semana, Marcela se va con su gato a las Canarias y punto. No más gato en Chicago. Una semana más tarde, de repente, suena el teléfono. Es de la casa de los gatos, a fijar fecha de visita de inspección. Yo no sabía qué decir para que no meterme en más líos, y me salió una diarrea verbal con una historia totalmente disparatada (vieron como a veces decimos algo y nuestro otro yo nos mira, pensando ‘¿de dónde sacás tanto disparate?’). Me salió un cuento de lo maravillosa que era la situación, que los dos primeros días mantuve a los gatos separados, dejándolos oler trapos usados por el otro, y que mi gata vieja no se enojaba pero tampoco daba pelota, ‘hasta hace tres días’, que cuando llegó la hora de comer, mi gata no empezó porque el otro no estaba al lado. Y como el otro se demoró, ella empezó a maullar hasta que vino. Que no, no eran íntimos amigos, pero ella se portaba muy maternalmente.

La mujer del otro lado del teléfono quedó contentísima. “Ah, pero qué bien, las cosas están como se debe, entonces. Bueno, no le tenemos que mandar al inspector”. Le agradecí la preocupación demostrada y prometí ir a buscar más gatos cuando tuviera necesidad. Corté y respiré muy hondo, porque no se me ocurría qué carajo decirle a ese posible inspector si se hubiera aparecido por casa.

Thursday, February 17, 2011

En inglés (de otro color)

Feb 2011. En una tienda de ropa, hace unas horas.

Una empleada estaba vociferando acerca de la mala actitud de la clienta previa.
Empleada, (acerca de una clienta a quien no le había gustado el color de unas bombachas que estaban en liquidación): “She says, this ghetto”. (Espera la reacción de la otra empleada, que quedó callada)
Entonces sigue: “She don’t know ghetto!!”, "so I says: Sista, this ain’t no ghetto, this ghetto”…

Ahí vi en un gran espejo el reflejo de toda la tienda. La única blanca era yo, como de costumbre.

Lo que es interesante es el uso de la palabra 'ghetto'. Ahí va lo de Wiki en inglés:
Recently the word "ghetto" has been used in slang as an adjective rather than a noun. It is used to indicate an object's relation to the inner city or black culture, and also more broadly, and somewhat offensively, to denote something that is shabby or of low quality. While "ghetto" as an adjective can be used derogatorily, the African American community, particularly the hip hop scene, has taken the word for themselves and begun using it in a more positive sense that transcends its derogatory origins.


Creo que en el caso de la empleada diciendo 'this ghetto', indicaba simplemente 'mal gusto'. No me parece que la calidad sea pertinente.

Wednesday, January 26, 2011

2004 - vidrio de reloj en Pilsen

El reloj de Manuel apareció con el vidrio partido. Lo llevé a arreglar al centro y después de muchos días me comunicaron que costaría $120. El propio reloj no había costado más que 2/3 de eso. Me escapé y me fui al barrio mexicano a buscar joyería/relojería. Encontré un lugar extraño, con ropa de bebé en las vidrieras y adentro había un mostrador con anillitos y un letrero de 'se arreglan joyas y relojes'.

Me atendió un simpático, si bien desdentado, mexicano que anunció que sí, que podría cambiar el vidrio. No sabía si estaría pronto para el sábado porque el vidrio era grande y tal vez no tuviera uno allí mismo sino que tendría que conseguir otro y hacerlo a la medida. ¿El costo? $24 dólares, claro. Puse cara de horror pero acepté, qué vamos a hacer, si cuesta tanto, cuesta...

Tuve que llamar hoy a ver si estaba pronto (él había dicho que si lo tenía que cortar, demoraría hasta el miércoles, pero que llamara el sábado - hoy - por las dudas.). Llamé y está fue mi conversación, en castellano, o sea sin complicaciones:

- Buenos días, llamo a ver si está pronto un reloj a nombre de Manuel Díaz. Tenía el vidrio roto.
- Ah, Manuel Díaz. ¿Un vidrio grande?
- Si, de reloj de hombre.
- Ah, se lo tengo hasta mañana.
- ¿Y después?
- Después, ¿qué?
- No importa. En qué horario está abierto mañana?
- ¿Mande?
- ¿A qué hora?
- Al mediodía, como así.
- Bueno, hasta mañana.
- Ándele !!!

Como ven , esto es castellano, o al menos no es ningún otro idioma. El 'hasta' negativo es bien común, mucho más que lo que yo pensaba. (Un amigo guatemalteco una vez me dijo 'mi padre se casó hasta los 30 años'. Y le pregunté qué pasó después, y con cara rara me dijo: -siguió casado, ¿qué otra cosa?).

Y en cuanto a todo lo demás, hay que probar distintas palabras para embocarle a algo que los dos podamos entender. Y el 'ándele' me suena mucho más coloquial que lo que parece ser, ya que soy la clienta desconocida de un lugar nuevo. Preciosa conversación.

elisa

Friday, January 14, 2011

1996 - algo de la vida en los EEUU, correos y juicios

Message 14:
From esteinbe@midway.uchicago.edu Sun Oct 27 12:27:09 1996
To: jvarlott@adinet.com.uy
Subject: Re: asombro

Me alegro que te haya sido tan útil mi explicación, nada exhaustiva por cierto, de los pequeños problemitas que tienen los judíos con la pronunciación de los diptongos del castellano, y más me alegra que tu único problema restante sea la palabra "jueves". Con tal de que todo lo demás haya quedado claro, eso lo discutiremos como corresponde, en un vulgar café montevideano. Llego el 12 de diciembre! ¿Tenés algún teléfono al cual yo me pudiera comunicar contigo o ahora el e-mail ha sustituido todo otro medio de comunicación, y ni siquiera tienen timbre en las casas?

Acá es más o menos así, porque para hablar con gentes que están sentadas en el salón de al lado, en la Universidad de Chicago, jamás pienso en levantarme e ir porque eso puede interrumpir sus profundos pensamientos, sino que les mando un mensaje por correo electrónico, o triunfalmente les mando un comando de 'talk' que es una de las cosas más molestas que se inventaron en este mundo cruel. Interrumpe todo lo que estás haciendo y la computadora se rehusa a seguir, hasta que llegue una respuesta. Es fantástico. Una visita personal es un poroto al lado de este método, ya que personalmente podrías no darte vuelta ni contestar, pero este sistema es exquisitamente más efectivo porque no tiene esa opción.

Una notita que te pensaba mandar, y no precisamente para publicación, es el problemita en EEUU de los juicios por razones que en Uruguay ni se nos ocurrirían. Ya se que es un tema ultra discutido, pero algunos de los últimos, merecen cierta atención. Son una mezcla de derechos humanos, derechos de la mujer de defenderse del acoso sexual, uso y abuso de drogas y definición de éstas, etc. Este país es una maravilla.

El primero, muy publicitado por cierto, se refiere a una señora de edad no provecta, pero ya mayorcita ella, o al menos pasada la menopausia. Esta señora iba en su auto, como todas las señoras, y pasó por un McDonalds a pedir un café en la ventanilla para autos ('drive thru' - ¿tiene nombre en castellano?). El café le fue servido en vaso de cartón con la tapita de plástico correspondiente y la señora la removió, para, bueno, no se para qué. Como tenía que seguir manejando, y aquí la gente maneja mientras toma café, habla por teléfono celular, se maquilla y lee el diario, todo al mismo tiempo, la buena señora se puso el vaso de café entre las piernas y salió a los santos pedos por la calle. En menos que canta un gato, el tal café, como cualquier físico nuclear podría predecir, se salió del vaso, y se derramó por los alrededores, con tan mala suerte, que le quemó la cachucha a la predicha señora. Furiosa, se fue a un hospital, llamó a un abogado y a un médico - no sé en qué orden - y le hizo juicio a McDonald por servir el café demasiado caliente.

Lo genial fue el juicio mismo y más la decisión del jurado de adjudicarle 7 millones de dólares a una imbécil que se encaja un vaso de café entre las patas en un vehículo en marcha. El juez decidió que el jurado había exagerado ligeramente y hubo un arreglo privado entre McD y la Sra. por no se sabe cuánto, pero fueron varios millones - aunque menos que 7. Como resultado, McD tuvo que dejar de hacer y vender chocolate caliente, porque para servirlo en estado líquido, debe estar a una temperatura que pasa la de la quemazón y nadie quiere niños quemándose el garguero por tragar demasiado rápido, con los juicios consiguientes.

Ahora, la gente protesta porque el café no esta lo suficientemente caliente.

Me alegro del resultado, porque me gustan los líquidos calientes más bien fríos, incluso la sopa, y no me he muerto por tomar sopa tibia, a pesar de las eternas amenazas de mi madre, que incluían morir ahogada con un globo de grasa en la garganta.
Esto se puso muy largo, por lo que te dejare en suspenso con los otros juicios del mes pasado, el acoso sexual y las drogas.

Un beso a todos (quienesquiera que sean) elisa.

Monday, December 27, 2010

2010 - taximetrista sudanés

Subject: el taxista de ayer (Dec.2010)

No hay caso, no hay gente nacida en los EEUU que maneje un taxi. Ayer fuimos a comprar ropa para Malalo y a la vuelta hubo que pescar uno porque no nos daban las patas (y además yo seguramente camino torcida gracias a mi hombro partido en cuatro, por lo que una pierna me duele más que la otra, sobretodo en los días que voy a fisioterapia, que es de una tortura magistral).

Bua, que el taxista tenía un acento raro (como absolutamente todos los taxistas de acá, pero éste sonaba todavía más raro que los tradicionales árabes), y nos preguntó de entrada si estamos jubilados y si estamos comprando regalos para los nietos. Dijimos que sí y chau.

Y le pregunté de dónde era él. De Sudán. Nunca nos había tocado alguien de Sudán. Y éste encima estaba politizado y nos preguntó si pensábamos quedarnos acá o volver a Uruguay (el hombre tenía una vaga idea de que Uruguay quedaba en Sudamérica). Dijimos que no sabíamos y nos dijo: "no, aquí en este país hay que vivir unos 10 años para juntar plata y volver al lugar de origen". Que él va a esperar que los hijos terminen el high school y consigan un trabajo y de allí en adelante, que se las arreglen solos porque él se vuelve, dijo. Y aclaró: "porque acá todo es capitalismo, y eso no sirve".

Por suerte no vivimos lejos, o nos cantaba La Internacional. Le deseamos Feliz Navidad igual.

Y para todos Uds. también!!!

elisa/uruguay/chicago

2010 - piscina en club nuevo

Fri, July 30, 2010 5:51:30 PM
Historias que ni lo son...

No sé por qué, pero siempre pensé que no soy un ser muy sociable. Sí, no me cuesta hablar, pero tampoco soy la reina de la alegría, salvo que esté medicada, faltaba más. Aunque con o sin medicación, muchas veces me dijeron que soy 'the life of the party', cosa que me entristeció al pensar en la poca vida interior de los comentaristas.

Mi amiga Sonia, que vino este año a Chicago para el nacimiento de una nieta, fue la que insistió en describirme como 'qué sociable sos'. La miré con cara rara y dijo algo como 'en Chicago todo el mundo te conoce y te abraza a los gritos'. Bueno, no todo el mundo. Cuando ella vino, fuimos a un museíto en H.Park donde trabaja una gran amiga de nuestro hijo Gastón, que vino muchas veces a casa (la amiga, no Gastón). La hice llamar y cuando me vio, vino corriendo y me abrazó a los gritos. Pero esa es Sarah, y eso es normal para ella.

También hace un tiempito en la farmacia, la farmacéutica de turno me saludó eufóricamente. No es que yo me pase la vida comprando remedios, (o tal vez sí) sino que ella solía trabajar en la farmacia de Hyde Park donde vivimos durante 19 años y a ella justo la cambiaron de local a nuestro nuevo barrio, cuando nos mudamos para el South Loop. Y por supuesto, nos reconocimos, en medio de malones de gente desconocidísima. Manuel sacudía incrédulamente la cabeza, mientras nos saludábamos como si fuéramos íntimas...

Hoy fui al nuevo gimnasio - no sé si saben que mi vecina (Kaganove), que debe ser hiper-activa y anda cerca de los 80 años, decidió que hacer gimnasia con pesas dos veces por semana no es suficiente. Que necesitamos más cardio. Y que cardio en piscina, era lo indicado. Pero la del viejo club al que vamos, es un asco de mugrienta. Y entonces nos fuimos a un gimnasio nuevito, justo a la vuelta de casa. Con una piscina linda, limpia, poco oliente. Y enorme jacuzzi, baños de vapor y sauna. Y un aparatito para escurrir el traje de baño, así no chorrea en el bolso. Varias salas y pisos llenos de máquinas relucientes. Con guardería, restaurante, y 'spa', o sea masajes, cortaduras de pelos, teñidos, etc. Descubrimos que cobran lo mismo que el otro, el viejo y algo sucio que nos queda a unas 6 o 7 cuadras de casa, cosa que en invierno y verano hace falta tener un ataque de heroísmo para caminarlas y por supuesto, se sienten. Este queda al menos a una sola cuadra.

Bua, que hicimos los arreglos administrativos y pagamos con grandes descuentos todo un año por adelantado, que vale por dos (era la promoción de esa semana). Mi vecina, muy contenta, de golpe se dio cuenta que pronto ella iba a tener 80. Y como siempre, dice: 'a mi edad, ya no compro ni bananas verdes' pero decidió que anotarse en un gimnasio por dos años era... ¡por supuesto! perfectamente razonable.

Debido a una brutal tormenta la semana pasada, el edificio donde está el gimnasio antiguo se inundó totalmente. Es River City, del mismo arquitecto que el de las Torres Marinas. El río pasa por el costado y desbordó, inundando todo el sótano donde tienen todo el sistema eléctrico, el de agua y el gimnasio y además el garage de todos los edificios. Evacuaron a los residentes (son más de 200 aptos.) y cerraron todo. Van a demorar en secarlo y repararlo. Pero no importa, porque ahora tenemos también el gimnasio nuevo.

Esta semana ando sin vecinos, ya que vinieron de visita el hijo, mujer y nietos, por lo que ella decidió cocinar todo el tiempo y no ir a gimnasia. O sea que quedé solita y fui a todas las clases que pude de aquaerobics. Me gustan.

Hoy de mañana fui temprano y como no tengo todavía incrustada la cercanía, descubrí que no tengo que salir de casa 15 minutos antes, porque entonces tengo que esperar casi 10 al costado de la piscina. Ahí estaba yo, esperando, cuando entró una robusta mujer negra, con aspecto a haber vivido una vida en base a Kentucky Fried Chicken. Y empezó a preguntarme detalles de la clase, como si durante el ejercicio había que hundir la cabeza y le dije que no, que por ahí mismo teníamos que transpirar, a lo que dijo ‘ah, qué suerte, porque me dijeron que con la clorofila, el pelo estirado se estropea’. Es que en Chicago la clorofila en las piscinas parece ser bien brava. Y me aclaró que era la primera vez en ese gimnasio para ella y que no sabía si aguantaría, pero que tal vez, si lo lograba y además cuidaba su dieta, 'then I could stop my medications. You understand'.

No, yo no tenía por qué entender ni saber de qué la medicaban, pero dado su peso y grupo social, seguro que lo que tiene es diabetes. Asentí y me metí al agua, que al principio está más bien helada, pero con el ejercicio, si fuera más caliente, no aguantaríamos.

La mujer me pregunta mi nombre, yo el de ella (se llama Wanda) y me mira y dice "When I saw you, I knew you was (sic) friendly. Because you smiled. People here don't smile often". Ahí me acordé de lo que me había dicho Sonia. Y me puso contenta.

Y esa fue una historia, que no lo fue.

Lo que me lleva al interesante tema del racismo en los EEUU. Es complicado. Yo soy de las que piensa que en Uruguay hay tanto racismo como en todos lados, pero también sé que los uruguayos insisten en que eso no es cierto. Salvo que cada tanto se mandan sus regias metidas de pata, pero siempre con la misma negativa a aceptar su racismo.

Es cierto que no tenemos 'historia de racismo' por el asunto de haber tenido pocos esclavos y por haberlos liberado bastante temprano, pero de ahí a que podamos llamar a un negro 'negro', y que eso no signifique más que cariño, hay un gran paso. Como receptora de comentarios muy racistas, puedo asegurar que nadie es totalmente inocente.

Como ejemplo, hace poco, una persona vagamente amiga, de Mdeo., se dispuso a comentar los problemas médicos que llevaron a alguien conocido a morirse en la Mutualista Israelita del Uruguay (MIDU). Según ella, el díagnóstico estuvo mal y ... ahí largó sus verdaderos pensamientos: "Mirá, vos sabés que yo ... pero qué querés, en la mutualista esa son todos judas. No quisieron gastar en hacerle los análisis necesarios y por eso XX murió". (El muerto era Alfredo Zitarrosa, y supongo que todos lo conocen al menos de nombre).

No lo dijo una sola vez. Se lo escuché dos veces en dos días seguidos. Y siempre con eso de 'vos sabés que yo...'. Faltaba que dijera 'ah, judíos, sí, mi compañera de banco era judía' (todos alguna vez escuchamos frases así). Milagros de la vida.
No, si alguien dice "en la mutualista son todos judas y no gastan si pueden", eso es racismo, les guste a los uruguayos o no. No es que al pobre finado le haya tocado un médico malo, de cualquier nacionalidad, sino que simplemente decía que el ahorro de los judíos los llevaba a matar gente.

Otra amiga optó por un comentario diferente. Hablando de Condoleezza Rice, la de Bush, de quien ni recordaba el nombre, dijo "Ah, esa negra de mierda...". Cuando vio que algunos la mirábamos con cara dudosa, se defendió diciendo "ah, no, aunque no hubiera sido negra, ¡igual sería de mierda!". No lo dudo. Pero ella nunca hubiera dicho 'esa blanca de mierda'.

Confieso que aprendí en los EEUU lo que es el racismo. Mientras viví en Uruguay, yo también pensaba que 'nosotros no éramos'. Lo somos. Tanto como los peores.
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Ya en el 2012, agrego unos comentarios más, dentro de este mismo tema:

Ampliando el círculo de mis amistades.


Ya en el 2012, y sigo encontrando gente interesante. Los agrego acá porque si no, quedan desperdigados en blogspot.

Recuerdo mi último viaje a Uruguay, donde algunos pasajeros se pusieron recontra densos y la azafata se las aguantó con una sonrisa. Al ratito salté a gritarle a una mujer que estaba rompiendo las bolas y defendí a la azafata, que era fantástica. Para ese trabajo hay que tener una paciencia infinita. No es tema interesante, pero a veces no podemos arreglar el mundo. Y me fascina ver los nudos en los que la gente se mete.

Bua, que el avión no pudo despegar porque fallaba el aire acondicionado. Estar en esa lata, esperando cerca de dos horas en la pista, hasta que lo arreglaron, no fue agradable. Todos sudando y con ganas de ahorcar a quien fuera. Y una buena señora del asiento del medio quiere mover el respaldo hacia atrás para poder estirarse un poco. Nada, el respaldo ése no se movía. Llamó a la azafata a quejarse por tal problema técnico, y la azafata dijo que sí, que veía que ese respaldo realmente no se recostaba. Y ahí empezó a gritar la pasajera, que cómo puede ser! que nada funciona bien! y que cómo era que la hija no podía estar sentada en la fila de ellos! En la fila hay solamente 3 asientos y ellos eran 4. La topología indica que no es culpa de nadie que no se puedan sentar 4 juntos. La señora estaba en el centro flanqueada por marido e hijo. La azafata sugirió dos soluciones: que la señora pasara a la fila de adelante, al asiento vacío al lado de su hija, que además sí podía recostarse y con eso solucionaba totalmente sus problemas, o que su marido o hijo se cambiaran de lugar con la hija. No hubo caso. La mujer empezó a gritar que cómo la iban a separar de su flia. de tal manera, y que su hija no podía cambiarse de lugar con esos familiares, porque estaba enferma y no querían que se moviera de su asiento. La azafata siguió tratando de sonreir, pero las manos le estaban tomando forma de ‘ya te ahorco’. Dado que había otros 300 pasajeros en el avión, todos con dramas, no pude aguantar y le sugerí delicadamente a la señora que se dejara de joder. De ahí, vi que la azafata era una mujer genial, que lograba calmar a todo el mundo. La quiero nominar para el Premio Nobel de la paz.

Al salir, le pedí su nombre, para poder mandar un correo a American Airlines, agradeciendo que tuvieran gente como ella. Me abrazó y me escribió su nombre, y hasta preguntó cuándo volvíamos, para ella poder tomar turno en ese vuelo. No sé por qué me dio tanta alegría. Es una anécdota liviana, pero a veces necesitamos apoyarnos entre nosotros. (La azafata era negra y gorda, por lo que soy incapaz de recordar su nombre, dado que la manera de escribirlo y de pronunciarlo no tienen ninguna relación entre sí).

Una amistad más sincera es la que tengo con la cartera que trae el correo a casa. Sí, ‘cartera’ porque me niego a llamarla ‘la cartero’, como se sugiere decirlo en español. La señora también es vieja, gorda y negra. Eso significa que tiene diabetes. Me gusta charlar con ella. Algún antropólogo iría tomando notas. A veces me encantaría tener un grabador escondido. Un día me pidió si podía entrar a calentarse la comida en el horno de microondas para después comerla en su camión de correos. Por supuesto, le dije que más valía que comiera en casa, donde estaba calentito y cómodo. Aceptó y desde ese día viene y toca timbre. Ya sé qué días viene a comer y le preparo cosas que le gustan. Dice que todos los carteros de Chicago me conocen, porque ella habla de mí y mis comidas judías. Niños envueltos dulces, (holoptzes) digamos. Ningún otro cartero logra comer en casa de algún habitante de por acá. ¿No es interesantísimo saber que los carteros de semejante ciudad me conocen? Chicago tiene una imagen tan fría, pero no lo es. Y hacerse amigo de carteros no es fácil. Debe ser el tal aquelarre. Por alguna razón, los empleados de correos son los que más asesinatos cometen y tienen el índice de suicidios más alto del país. Incomprensible.

Un día ella me preguntó sobre mi vida y me empezó a contar la suya. Su marido tiene 72 años y maneja un camión de reparto de paquetes del mismo correo central donde ella trabaja. Le gusta tanto ese trabajo que no quiere jubilarse, y ni siquiera se tomó vacaciones el año pasado. Eso significa que le queda plata a cobrar, por esas vacaciones no tomadas. $ 600 dólares. Y ella dice que esta vez él no los quiere gastar, sino invertir. – ¿En qué? – En carreras de caballos, que además es su hobby favorito - aclaró.

Me costó no hacer gestos de terror. Le deseé suerte, claro. Dudo que la inversión le haya dado resultados positivos.

Otro día me contó una historia complicadísima de toda su familia, donde una sobrina había quedado embarazada de su novio/primo pero dijo que era de uno de sus tíos, y se casó con él. Ahora se separaron y la chica quiere que su hija sepa quién es realmente su padre biológico, pero el relajo es tal, que no saben por dónde empezar… El problema surgió porque a un familiar se le ocurrió hacer un árbol genealógico, y no hay modo de resolver el asunto en forma gráfica. El tal árbol. Y la historia contada en inglés negro, más fascinante aún. Lamentablemente, no lo pude grabar.

Y sigo coleccionando historias de amigos, vecinos y desconocidos totales. Por más que este país sea famoso por la falta de lealtad, porque los amigos se mudan y no duran, tampoco es difícil encontrar gente interesante y pasar buenos momentos.