2012 post-elecciones
Acabo de escuchar en la TV algo maravilloso. Una profesora de psicología contando que sus pacientes republicanos la llaman por teléfono, angustiados. Pero no solamente angustiados emocionalmente, sino físicamente. Con vómitos y diarreas. Ellas les explica que tienen que relajarse, y que ya van a ver cómo el que Obama haya ganado, no es el fin del mundo.
Y ahí siguió, hablando de un estudio que se hizo del cerebro de los votantes. Que el de los republicanos tiene la amígdala más agrandada que el de los demócratas, y ahí es precisamente donde reside el miedo. Que los republicanos tienen terror a algo y que no lo pueden evitar.
El periodista le preguntó sobre la importancia de la falta de paranoia de los demócratas, y ella insistió en que el tamaño de la amígdala es lo que influencia ese sentimiento opuesto, por lo que claramente, los demócratas la tienen más chica (la amígdala, por supuesto).
No dijo que ‘la gente nace así’, pero es lo que ella cree. Digamos, no como la homosexualidad. Esa se puede curar, dicen muchos republicanos, pero el miedo que sienten por Obama, no. Eso no.
Friday, December 14, 2012
Despiadados
2012, diciembre huracán Sandy.
Me impresiona lo despiadados que somos los seres humanos. Como el huracán no nos tocó ni le tocó a nadie conocido, chau. Nos damos vuelta y jugamos al Scrabble. Es que parece haber un límite para la compasión, o morimos en la demanda. Vemos las fotos y no hacemos nada más que decir ‘pero qué cosa’. De acuerdo, aunque quisiéramos realmente hacer algo más que mandarle un poco de plata a la Cruz Roja, no hay cómo ni lo qué hacer. La zona por donde pasó el huracán es un campo de batalla, pelada, sin agua, sin casas, sin electricidad, sin lugares donde la gente pueda ir. Lo que extraña es que hubo solamente 88 muertos (tal vez aparezcan algunos más, pero para tal desastre, la cifra es bajísima). Mañana llega otra tormenta y la temperatura baja de noche a 0 grados. Y nosotros vamos a seguir jugando al Scrabble.
Me hizo acordar a los primeros meses que pasamos en Buenos Aires en el 76. Oíamos explosiones, mirábamos alrededor, no veíamos nada cerca y seguíamos la vida como si nada hubiera pasado. Cuando al fin conseguimos un apartamentito (con trampas, por la inmobiliaria), menos nos preocupamos. El apto. medía 3 x 4 y la ventana daba a un pozo de aire, abierto del otro lado, o sea que veíamos un cachito de calle, y nuestra distancia emocional a los problemas concretos, aumentó. Durante uno de los viajes de Manuel a Mdeo. para terminar de dar los exámenes de medicina, me quedé sola. A las 3am, flor de explosión. Recuerdo haberme levantado (dormíamos en el suelo por falta de cama. Usábamos unos almohadones chiquitos, en las partes más blandas), miré por la ventana, no vi nada y me volví a dormir. Al otro día me enteré que habían puesto una bomba en la comisaría de a la vuelta y había más de 20 muertos. Eso fue todo. El barrio siguió moviéndose como si nada. Y empezaron a pasar los autos con ametralladoras afuera, y encapuchados adentro. Pero el Scrabble, nunca se detuvo.
-------
Y hoy ya estamos a fin de diciembre y todavía no había subido el mensaje anterior, pero recién, en Connecticut, un muchacho de 24 años, repleto de pistolas y balas, mató a su hermano en N.Jersey y manejó 80 millas hasta la escuela donde la madre trabajaba. La mató a ella y a 18 niños de 5 a 10 años de edad. Hay también otros 10 adultos muertos. Cada vez hay acceso más fácil a Glocks y rollos de balas. Hoy habrá que jugar dos partidos de Scrabble. Y el mundo sigue andando.
Me impresiona lo despiadados que somos los seres humanos. Como el huracán no nos tocó ni le tocó a nadie conocido, chau. Nos damos vuelta y jugamos al Scrabble. Es que parece haber un límite para la compasión, o morimos en la demanda. Vemos las fotos y no hacemos nada más que decir ‘pero qué cosa’. De acuerdo, aunque quisiéramos realmente hacer algo más que mandarle un poco de plata a la Cruz Roja, no hay cómo ni lo qué hacer. La zona por donde pasó el huracán es un campo de batalla, pelada, sin agua, sin casas, sin electricidad, sin lugares donde la gente pueda ir. Lo que extraña es que hubo solamente 88 muertos (tal vez aparezcan algunos más, pero para tal desastre, la cifra es bajísima). Mañana llega otra tormenta y la temperatura baja de noche a 0 grados. Y nosotros vamos a seguir jugando al Scrabble.
Me hizo acordar a los primeros meses que pasamos en Buenos Aires en el 76. Oíamos explosiones, mirábamos alrededor, no veíamos nada cerca y seguíamos la vida como si nada hubiera pasado. Cuando al fin conseguimos un apartamentito (con trampas, por la inmobiliaria), menos nos preocupamos. El apto. medía 3 x 4 y la ventana daba a un pozo de aire, abierto del otro lado, o sea que veíamos un cachito de calle, y nuestra distancia emocional a los problemas concretos, aumentó. Durante uno de los viajes de Manuel a Mdeo. para terminar de dar los exámenes de medicina, me quedé sola. A las 3am, flor de explosión. Recuerdo haberme levantado (dormíamos en el suelo por falta de cama. Usábamos unos almohadones chiquitos, en las partes más blandas), miré por la ventana, no vi nada y me volví a dormir. Al otro día me enteré que habían puesto una bomba en la comisaría de a la vuelta y había más de 20 muertos. Eso fue todo. El barrio siguió moviéndose como si nada. Y empezaron a pasar los autos con ametralladoras afuera, y encapuchados adentro. Pero el Scrabble, nunca se detuvo.
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Y hoy ya estamos a fin de diciembre y todavía no había subido el mensaje anterior, pero recién, en Connecticut, un muchacho de 24 años, repleto de pistolas y balas, mató a su hermano en N.Jersey y manejó 80 millas hasta la escuela donde la madre trabajaba. La mató a ella y a 18 niños de 5 a 10 años de edad. Hay también otros 10 adultos muertos. Cada vez hay acceso más fácil a Glocks y rollos de balas. Hoy habrá que jugar dos partidos de Scrabble. Y el mundo sigue andando.
Saturday, September 8, 2012
Me desperté a carcajadas, que hasta despertaron a Malalo.
Yo estaba en la azotea de mi casa (?) saltando a la cuerda (?). Solía tener una linda vista al Parque de los Aliados (?), que quedaba cruzando la manzana, mirando hacia atrás. Pero, del otro lado de la manzana habían terminado de construir un enorme edificio que tapaba casi toda la vista, menos un filito a la izquierda. Ese edificio no tenía ventanas hacia mi lado, ni a los costados, pero veo un letrerito en la pared trasera, por allá arriba, que no logro leer. Parecía un letrerito como los de 'Prohibido fumar', chiquito y tenía claramente dos palabras, pero no las puedo descifrar. Hago de todo, pero no hay caso, no lo leo. Con cuerda y todo, me trepo a un cubo (probablemente el altillo de mi casa, porque quedaba sobre 'nuestro' terreno). Desde ahi, poniéndome la mano en un ojo tipo telescopio, logro leer lo que decía el tal cartelito:
TODAVÍA NADA.
Yo estaba en la azotea de mi casa (?) saltando a la cuerda (?). Solía tener una linda vista al Parque de los Aliados (?), que quedaba cruzando la manzana, mirando hacia atrás. Pero, del otro lado de la manzana habían terminado de construir un enorme edificio que tapaba casi toda la vista, menos un filito a la izquierda. Ese edificio no tenía ventanas hacia mi lado, ni a los costados, pero veo un letrerito en la pared trasera, por allá arriba, que no logro leer. Parecía un letrerito como los de 'Prohibido fumar', chiquito y tenía claramente dos palabras, pero no las puedo descifrar. Hago de todo, pero no hay caso, no lo leo. Con cuerda y todo, me trepo a un cubo (probablemente el altillo de mi casa, porque quedaba sobre 'nuestro' terreno). Desde ahi, poniéndome la mano en un ojo tipo telescopio, logro leer lo que decía el tal cartelito:
TODAVÍA NADA.
Wednesday, June 27, 2012
psik, más moderno
2012 Psiquiatra. La historia con el narigón de N.York es bastante más divertida. A ver.
Por supuesto, con mi depresión bajo control, medicada, claro. Y ahí le cuento de mi hijo Gastón y el desastre que fue (ahora el niño está en Brasil en un curso de Economía, en abril tiene que dar dos seminarios, uno en Oxford y otro en Barcelona, y mandó las solicitudes de admisión al doctorado en las dos universidades. No lo puedo creer. Sentó cabeza, o sea 'puso la cabeza en el lugar del culo', ya que no le veo otra interpretación al dicho).
Y Flora, mi hija, que anduvo con otro ataque de chifladura (sale a la madre) y no salía de la casa más que para ir a comprar comida de vez en cuando, pero ahora me cuenta que un día tenía hambre, la casa estaba pelada, y se hizo una sopa de agua con kétchup, porque no podía ni vestirse para bajar al supermercado... En fin. O sea 'najes fun kinder' (alegrías que dan los hijos. No puedo traducir bien 'najes'). Y el psiquiatra que la atiende en N.York le dijo que aparentemente tenía ADD (attention deficit disorder) y yo creo que no es eso sino todo lo contrario (!!!), pero a ella le pareció bien el diagnóstico y toma una cierta medicación (por lo que llegó a pesar 42 kilos)...
Mi psiquiatra, que obviamente NO conoce a Flora y todo lo que sabe es a través de mi interpretación de lo que ella me contó - o sea que no tiene que creer en absolutamente nada - , me dijo muy preocupado -“pero el psiquiatra de ella se equivocó! Flora no tiene ADD!”- y lo miré medio riendo y le dije que -¿cómo sabe?- que esa era mi opinión, pero que me la guardaba en el bolsillo porque no puedo saber si es verdad y no puedo decirle a otra persona – y sobre todo a una hija- que su psiquiatra no ‘me’ sirve y que se tiene que buscar uno nuevo. Y para explicárselo, agregué -“Ah, sí, y Ud. ¿se animaría a decirle a alguna de sus propias hijas que tiene que cambiar de psiquiatra? ¿Y piensa que ella le haría caso?”- Y ahí pensé que el ejemplo era malo, porque tal vez los hijos de él, dado que el propio padre era psiquiatra, en estas cuestiones le darían algo más de pelota que los míos a mí.
Pero él no entendió mi 'Ud. se animaría a decirle a su hija ...algo?' y reaccionó de manera extraña, con un -“No, yo no tengo hijos. Todavía”-. Lo miré con un 'y a mí qué me importa'. No le pregunté más nada, pero él igual reaccionó diciendo "Pero estamos tratando de quedar embarazados". Le contesté "Felicitaciones y adelante!" con tono totalmente irónico, (hasta en inglés) y él creyó entender vaya a saber qué y me dice 'Ah, no, es que mi esposa es mucho más joven que yo!' (nunca se me habia ocurrido ni siquiera pensar en qué edad tendría él, ni sabía si estaba casado, ni me importa en absoluto).
Como lo veo una vez c/4 meses (para rellenar la medicación y nada más, porque ya desde hace 7 años que no caigo en pozos ni en ataques de rabia ni me preocupan demasiado las cosas que fallan, ni lo que hacen mis hijos cuando la cosa no pasa por mí), la vez siguiente me olvidé, y como 12 meses después, delicadamente, le pregunté si le había servido de algo el régimen de 'estamos tratando de quedar embarazados', y muy contento dijo que sí, y que ya tenían una niña de 3 meses, que la mujer había quedado embarazada enseguida, cosa que lo sorprendió mucho y alivió a ambos... y que ahora comprende un poco mejor a los pacientes que vienen y se quejan de que no pueden más con un bebé en la casa. Tanto detalle me dio un ataque de risa, y le volví a recalcar, delicadamente, que poco me importaba, pero me reí tanto que debió haber pensado que sí, ya que un par de sesiones más adelante, me alegró la vida explicándome que ya estaba el segundo en camino.
Y ahora tiene dos niñas y se duerme durante las sesiones. Los pacientes nos lo tenemos merecido.
Por supuesto, con mi depresión bajo control, medicada, claro. Y ahí le cuento de mi hijo Gastón y el desastre que fue (ahora el niño está en Brasil en un curso de Economía, en abril tiene que dar dos seminarios, uno en Oxford y otro en Barcelona, y mandó las solicitudes de admisión al doctorado en las dos universidades. No lo puedo creer. Sentó cabeza, o sea 'puso la cabeza en el lugar del culo', ya que no le veo otra interpretación al dicho).
Y Flora, mi hija, que anduvo con otro ataque de chifladura (sale a la madre) y no salía de la casa más que para ir a comprar comida de vez en cuando, pero ahora me cuenta que un día tenía hambre, la casa estaba pelada, y se hizo una sopa de agua con kétchup, porque no podía ni vestirse para bajar al supermercado... En fin. O sea 'najes fun kinder' (alegrías que dan los hijos. No puedo traducir bien 'najes'). Y el psiquiatra que la atiende en N.York le dijo que aparentemente tenía ADD (attention deficit disorder) y yo creo que no es eso sino todo lo contrario (!!!), pero a ella le pareció bien el diagnóstico y toma una cierta medicación (por lo que llegó a pesar 42 kilos)...
Mi psiquiatra, que obviamente NO conoce a Flora y todo lo que sabe es a través de mi interpretación de lo que ella me contó - o sea que no tiene que creer en absolutamente nada - , me dijo muy preocupado -“pero el psiquiatra de ella se equivocó! Flora no tiene ADD!”- y lo miré medio riendo y le dije que -¿cómo sabe?- que esa era mi opinión, pero que me la guardaba en el bolsillo porque no puedo saber si es verdad y no puedo decirle a otra persona – y sobre todo a una hija- que su psiquiatra no ‘me’ sirve y que se tiene que buscar uno nuevo. Y para explicárselo, agregué -“Ah, sí, y Ud. ¿se animaría a decirle a alguna de sus propias hijas que tiene que cambiar de psiquiatra? ¿Y piensa que ella le haría caso?”- Y ahí pensé que el ejemplo era malo, porque tal vez los hijos de él, dado que el propio padre era psiquiatra, en estas cuestiones le darían algo más de pelota que los míos a mí.
Pero él no entendió mi 'Ud. se animaría a decirle a su hija ...algo?' y reaccionó de manera extraña, con un -“No, yo no tengo hijos. Todavía”-. Lo miré con un 'y a mí qué me importa'. No le pregunté más nada, pero él igual reaccionó diciendo "Pero estamos tratando de quedar embarazados". Le contesté "Felicitaciones y adelante!" con tono totalmente irónico, (hasta en inglés) y él creyó entender vaya a saber qué y me dice 'Ah, no, es que mi esposa es mucho más joven que yo!' (nunca se me habia ocurrido ni siquiera pensar en qué edad tendría él, ni sabía si estaba casado, ni me importa en absoluto).
Como lo veo una vez c/4 meses (para rellenar la medicación y nada más, porque ya desde hace 7 años que no caigo en pozos ni en ataques de rabia ni me preocupan demasiado las cosas que fallan, ni lo que hacen mis hijos cuando la cosa no pasa por mí), la vez siguiente me olvidé, y como 12 meses después, delicadamente, le pregunté si le había servido de algo el régimen de 'estamos tratando de quedar embarazados', y muy contento dijo que sí, y que ya tenían una niña de 3 meses, que la mujer había quedado embarazada enseguida, cosa que lo sorprendió mucho y alivió a ambos... y que ahora comprende un poco mejor a los pacientes que vienen y se quejan de que no pueden más con un bebé en la casa. Tanto detalle me dio un ataque de risa, y le volví a recalcar, delicadamente, que poco me importaba, pero me reí tanto que debió haber pensado que sí, ya que un par de sesiones más adelante, me alegró la vida explicándome que ya estaba el segundo en camino.
Y ahora tiene dos niñas y se duerme durante las sesiones. Los pacientes nos lo tenemos merecido.
Monday, June 25, 2012
Duda de elección de pareja
Duda. Cómo elegir y mantener pareja, mezclado con el racismo y otros -ismos.
En una sociedad, ser parte de una minoría, ¿te convierte automáticamente en una persona menos racista/sectaria/intolerante (¿hay alguna palabra en español que signifique todo eso junto?)? Como buena inocente, yo pensaba que sí. Un judío no puede ser racista. ¡Ja! Ahora ya me resigné a que, por supuesto, puede. Es parte del ser humano el mirar con cara rara al ‘otro’ (dijeran los antropólogos) y pertenecer a un grupo perseguido, no te salva. A ver… Traté de analizar cómo me funcionaba la cabeza, a partir de un detalle como el que sigue:
Hace unos años me preocupaba que mi hijo fuera homosexual por lo difícil que sería para él conseguir pareja que realmente funcione bien – sin un ‘me tengo que conformar’, o ‘no debo ser tan exigente’. Dentro de la población general los homosexuales tienen menos oportunidades de encontrar pareja interesante dado que los porcentajes no los favorecen. Supongamos que la cantidad de homosexuales sea el 10% de la población – que es lo que ellos sugieren (cifra no verificada). Los heterosexuales son el 90%. Un hombre heterosexual tiene para elegir una entre todas las heterosexuales del sexo opuesto (eliminemos las de edad no propicia, más las ya en pareja o las simplemente desinteresadas). De todos modos, la cifra es bastante alta.
Pero entre ese 10% de homosexuales (5% hombres, 5% mujeres), a mi hijo le queda formar pareja con alguien de solamente ese 5% de la población. Como además tiene que encontrarlo entre la gente que conoce, que no es tanta, no es un resultado alentador.
Pero me puse a pensar si la cifra de ‘muchos’ entre heterosexuales es realmente correcta. Para los hombres, la respuesta es fácil: cualquiera que tenga tetas, sirve. Para las mujeres es más complicado – no nos guiamos por bultos a la vista. Y para mí, aunque sin pretensiones objetivas exageradas pero bastante constreñidas en lo social, podría ser más difícil aún. Ahí empecé a preguntarme cuántos de los porcentualmente aceptables, me servirían como pareja. Al plantearme esa pregunta, y responderla, dejé de entender cómo me pude casar aunque fuera una sola vez. Soy insoportable.
Claramente, nadie puede considerar como pareja probable a todo el mundo del sexo opuesto y en condición de libertad. Tal vez no todos acepten esto, pero yo sí. No quiero aparecer presumida, sino sincera. Hay que decantar. ¿Dónde empiezo con las eliminatorias? Política, religión, clase social, etc.
1) Bueno, personalmente empiezo por la política - tema sobre el cual, sin discusión, no veo posibilidad de aparearme con un ajeno. No podría tener nada en común con alguien de derecha. Punto. No me imagino ni dos minutos la vida con un reaccionario que pueda estar de acuerdo con golpes militares, que crea que las guerras organizadas por los EEUU en el mundo sean legítimas, o que piense que los gobiernos deban desentenderse de los pobres (me parece que en esta bolsa meto a los anarquistas también, pero es cosa de discutir). La derecha, afuera. O sea que ya eliminé por lo menos a la mitad de los posibles.
2) Vayamos a la izquierda. ¿Pero qué izquierda? Ultras, no. No puedo definir qué es ser ‘ultra’, pero los reconozco cuando los veo (como el famoso dicho sobre la pornografía). No me imagino vivir con alguien que cree que por el hecho de que al fin él se dio cuenta de las desigualdades sociales, su sola intervención va a hacer que ese tema se resuelva mañana de mañana. No hay hombre (ni mujer, por supuesto, pero como soy mujer, hablo de los hombres) que me pueda convencer que con esas ideas, puede ser pareja para mí. En mi modo de pensar, para todo lo que sea cambiar el mundo hay que romperse durante muchos años. Y en plural, no en singular. En masa. Magia no hay.
Bueno, eliminé la ultra izquierda. Quedan los del medio. Los livianamente llamados troskos, bolches, socialatas, anarco-sindicalistas… No me meto a definirlos, porque no sé demasiado bien qué diferencias reales tienen ahora. Pero por ahí hay gente aceptable. O sea que todavía hay bastante entre quienes elegir. Pero… ¿terminó aquí mi problema? No, por supuesto que no.
3) Entonces sigamos: la religión. ¿Puedo enamorarme de alguien que cree que algo volando por ahí crea y dicta nuestra vida? No, de ninguna manera. No puedo ni imaginarme en convivir con un religioso, sea de la religión que sea, y escuchar constantemente las paparruchadas y supersticiones de los creyentes. Y por suerte, me estoy volviendo cada vez más intolerante. No puedo terminar de entender a alguien que crea que el mundo es tan complicado que no pudo evolucionar naturalmente y que entonces sea razonable pensar que ‘algo’ lo haya fabricado. Y que ese ‘algo’ tiene control sobre lo que cada uno de nosotros hace. Imposible.
Tengo amigos religiosos, pero también me falla bastante el respeto total hacia ellos. Uno es un buen amigo, cura católico, que vive en una reserva indígena en Montana. Estudiamos maya yucateca intensivo, juntos, en una clase de 3 personas, varias veces por semana, horas y horas por día, todo un año. Y pasamos muchas dificultades personales, ayudándonos en lo posible (lo hice ir a AA), pero me gustaría entenderlo más y no puedo. Llego hasta ahí y nada más. Decidimos no hablar sobre religión porque en menos de diez minutos, dejaríamos de ser amigos. O sea que ni siquiera damos nuestras opiniones. Soy su única amiga, judía, atea y boca sucia, lo que le resultó muy gracioso a su madre.
4) Bueno, liquidé a la derecha, la ultra-izquierda y la religión. ¿Entonces qué me queda? Un cierto grupo de izquierda, ni muy de un lado ni muy del otro, y recién ahí empieza la sub-selección. Digamos, me quedo con la gente que pertenece – o al menos es de ideología cercana - al grupo político en el cual yo creo. ¿Pero me sirven todos los humanos del sexo masculino de ese grupo?
5) Llego a algo molesto, como la clase social, o al menos cultural. Si no quiero ser falsa conmigo misma, tengo que admitir que no puede ser demasiado diferente de la mía (ojo, dije ‘demasiado’ y no ‘un poco’). No me imagino mantener conversaciones diarias con alguien de clase muy alta, ni de clase muy baja (y esto me disgusta de mí, pero prometí no mentirme. ¿Seré tan presumida?). Tal vez, pero creo que la explicación es bastante simple: sucede que no conozco gente fuera de mis grupos de contacto. Y mis grupos están integrados por personas que tienen algo en común conmigo. Parece obvio. Tengo amigos de todo nivel, por supuesto, pero para pareja, ya es distinto. En realidad, admito que tenemos que tener un nivel sociocultural bastante parecido.
6) Y así, eliminando y eliminando, igual parecía que quedaba aún un sólido grupo propicio. Pero si agrego: ‘debe ser judío’- por eso de compartir códigos- ahí hay un sub-grupo dentro de los judíos con quienes sé que no puedo estar de acuerdo. Simplemente, no puedo entenderme con los sionistas. Y mucho menos, vivir con uno.
Para tener una base en común y el humor compartido durante más de 30 años de colectividad, los únicos que aparentemente me quedaban eran los miembros del Zhitlovsky, institución a la que fui desde nacida (e incluso antes). Por haber nacido dentro de esa colectividad, nunca me hizo falta buscar amigos afuera. Nací ya con amigos. No estoy segura si esto nos benefició o fue lo contrario. De chica, eso fue bueno. De adulta, ya no tanto. Hay mucha gente en el mundo exterior. Sin embargo, mis amigos de la infancia se casaron entre sí. Casi todos armaron pareja con alguien a quien conocían desde niños. Alguna razón habrá.
¿Entonces, como pareja, tenía que ser sólo alguien del Zhitlovsky? ¿Será cierto? Obviamente no, porque recién ahí empezaban las diferencias personales, los gustos, el humor, la manera de actuar y al fin (o no tan al fin), lo físico. Y eso tan vago que se llama ‘amor’.
Y entonces empecé a casarme. Mi primer marido tenía las cualidades necesarias, aunque no era uruguayo (cosa que aparentemente no es una prohibición) sino argentino. El segundo, aparentemente, las tenía todas, inclusive pertenecer al Zhitlovsky, pero la pareja tampoco fue duradera. La época del golpe en Uruguay destrozó muchas parejas razonables.
Y entonces, ¿no había más nadie ‘aceptable’ entre mis conocidos? Siempre fui parte de otros grupos interesantes, sobretodo en épocas de estudiar arquitectura, pero no había caso, eso no me llamaba la atención.
No nos atrae cualquier amigo, por más cercano que sea ni por más que ‘pensemos igual’.
(Esto me lleva a una dudosa anécdota personal, relacionada a Varlotta/Levrero. Un día, estando yo de visita en su casa, aparece un amigo que aparentemente venía a hablar con Jorge. Todo el mundo, cuando tenía líos interiores o exteriores, problemas de pareja, angustias existenciales, chifladuras de todo tipo, iba a la casa de él a soltarlos. Era una casa de locos, dirigida por el loco mayor, que era el mismo Jorge. El amigo entra y Jorge me lo presenta con un "y éste es Manuel D., el mejor escritor del mundo, pero el muy imbécil se dedica a la biología". Yo estaba, sin saber por qué, de pantalón amarillo ajustado y camiseta naranja, con un escote más allá del puritanismo. El tal Manuel D., a punto de irse a Brasil a trabajar, decidió mostrarme un libro que llevaba encima, con unas feroces arañas peludas – no me vengan con interpretaciones tontas. Eran realmente arañas – y yo puse cara de interés. Un tiempito después, Jorge recibía una carta de él desde Brasil diciendo que “aún recordaba la pechuga de la snob y botarate Elisa S.” Textualmente, ‘snob y botarate’. Me fascinó que alguien recordara mi pechuga – casi inexistente por cierto - y no mi largamente elogiado cerebro juvenil (y todo porque sacaba buenas calificaciones en los estudios y nada más que eso. Ser “la mejor de la clase” no es sinónimo de ser ‘inteligente’. No sé definir “inteligencia”, de todos modos. Si alguien lo sabe, por favor, avísenme).
Cuando vi a ese amigo la vez siguiente, meses más tarde, y ya ambos aparentemente en plena búsqueda –aunque yo seguía sin darme cuenta- y con intención de charlar, fuimos a un café. Y ahí dije inmediatamente algo, totalmente fuera de contexto que, si él hubiera sido sensato, me tendría que haber descartado sin más: -“Sí, soy amiga de Jorge, pero mirá que yo pienso como vos-“.
¿Qué otra idiota diría ‘yo pienso como vos’, para sugerir línea política, años de estudio y demás? Evidentemente, la tontera me sentaba bien. Y lo de ‘botarate’ era muy generoso en comparación con la realidad.
Muchos años después, ese amigo y yo, ya casados desde hace 36 años y con hijos, y toda una vida juntos que tuvimos hasta ahora, nos reímos al recordar esas primeras conversaciones. El hecho es que, aparentemente, Manuel tenía todas las cualidades que lo hacían digno. Todas, menos ser judío. Claramente, eso para mí no tuvo ni la menor importancia. No digo que no me lo planteé como problema, pero lo descarté en menos de 30 segundos.
Estas disquisiciones me empezaron a convencer que soy rígida, intolerante y feroz, y que no debería haber sido posible para mí conseguir ni un solo marido, ni mucho menos los tres razonables que me tocaron en suerte.
El resultado del proceso me lleva a pensar que, en realidad, mi hijo no está en peor situación que la mía ni de la de cualquiera de nosotros. Seguramente, al tener menos población elegible, la tolerancia es mucho mayor y ni siquiera la siente como tolerancia. A él no le molestaría pasar la vida con alguien que fuera religioso – y tal vez él mismo tiene una veta espiritual- , e incluso que no fuera realmente politizado. Veo que nada de eso entra en sus cálculos. Las cualidades que él busca en una pareja no se parecen en nada a las mías. Y de hecho, su homosexualidad lo hace más interesante como persona. ¿Será posible? ¿Todo termina en una balancita y acomodamos los platillos tanto como sea necesario?
Y en cuanto al racismo, seguimos sintiendo que hay gente diferente a nosotros, que no todos somos iguales, pero que tenemos que abrirnos un poco de ese camino demasiado marcado por el Zhitlovsky. Tal vez tengamos que dar un pasito por día, ¡pero darlo!
Lo que más me interesa de mi vida en los EEUU fue haber podido encontrar tantos inmigrantes, gente de todo el globo, de culturas tan dispares que ni se nos pasan por la imaginación y que, como solía decir una vecina amiga, hindú, con matrimonio arreglado por su padres, ‘todas las personas tienen algo por lo cual podemos quererlas’.
En una sociedad, ser parte de una minoría, ¿te convierte automáticamente en una persona menos racista/sectaria/intolerante (¿hay alguna palabra en español que signifique todo eso junto?)? Como buena inocente, yo pensaba que sí. Un judío no puede ser racista. ¡Ja! Ahora ya me resigné a que, por supuesto, puede. Es parte del ser humano el mirar con cara rara al ‘otro’ (dijeran los antropólogos) y pertenecer a un grupo perseguido, no te salva. A ver… Traté de analizar cómo me funcionaba la cabeza, a partir de un detalle como el que sigue:
Hace unos años me preocupaba que mi hijo fuera homosexual por lo difícil que sería para él conseguir pareja que realmente funcione bien – sin un ‘me tengo que conformar’, o ‘no debo ser tan exigente’. Dentro de la población general los homosexuales tienen menos oportunidades de encontrar pareja interesante dado que los porcentajes no los favorecen. Supongamos que la cantidad de homosexuales sea el 10% de la población – que es lo que ellos sugieren (cifra no verificada). Los heterosexuales son el 90%. Un hombre heterosexual tiene para elegir una entre todas las heterosexuales del sexo opuesto (eliminemos las de edad no propicia, más las ya en pareja o las simplemente desinteresadas). De todos modos, la cifra es bastante alta.
Pero entre ese 10% de homosexuales (5% hombres, 5% mujeres), a mi hijo le queda formar pareja con alguien de solamente ese 5% de la población. Como además tiene que encontrarlo entre la gente que conoce, que no es tanta, no es un resultado alentador.
Pero me puse a pensar si la cifra de ‘muchos’ entre heterosexuales es realmente correcta. Para los hombres, la respuesta es fácil: cualquiera que tenga tetas, sirve. Para las mujeres es más complicado – no nos guiamos por bultos a la vista. Y para mí, aunque sin pretensiones objetivas exageradas pero bastante constreñidas en lo social, podría ser más difícil aún. Ahí empecé a preguntarme cuántos de los porcentualmente aceptables, me servirían como pareja. Al plantearme esa pregunta, y responderla, dejé de entender cómo me pude casar aunque fuera una sola vez. Soy insoportable.
Claramente, nadie puede considerar como pareja probable a todo el mundo del sexo opuesto y en condición de libertad. Tal vez no todos acepten esto, pero yo sí. No quiero aparecer presumida, sino sincera. Hay que decantar. ¿Dónde empiezo con las eliminatorias? Política, religión, clase social, etc.
1) Bueno, personalmente empiezo por la política - tema sobre el cual, sin discusión, no veo posibilidad de aparearme con un ajeno. No podría tener nada en común con alguien de derecha. Punto. No me imagino ni dos minutos la vida con un reaccionario que pueda estar de acuerdo con golpes militares, que crea que las guerras organizadas por los EEUU en el mundo sean legítimas, o que piense que los gobiernos deban desentenderse de los pobres (me parece que en esta bolsa meto a los anarquistas también, pero es cosa de discutir). La derecha, afuera. O sea que ya eliminé por lo menos a la mitad de los posibles.
2) Vayamos a la izquierda. ¿Pero qué izquierda? Ultras, no. No puedo definir qué es ser ‘ultra’, pero los reconozco cuando los veo (como el famoso dicho sobre la pornografía). No me imagino vivir con alguien que cree que por el hecho de que al fin él se dio cuenta de las desigualdades sociales, su sola intervención va a hacer que ese tema se resuelva mañana de mañana. No hay hombre (ni mujer, por supuesto, pero como soy mujer, hablo de los hombres) que me pueda convencer que con esas ideas, puede ser pareja para mí. En mi modo de pensar, para todo lo que sea cambiar el mundo hay que romperse durante muchos años. Y en plural, no en singular. En masa. Magia no hay.
Bueno, eliminé la ultra izquierda. Quedan los del medio. Los livianamente llamados troskos, bolches, socialatas, anarco-sindicalistas… No me meto a definirlos, porque no sé demasiado bien qué diferencias reales tienen ahora. Pero por ahí hay gente aceptable. O sea que todavía hay bastante entre quienes elegir. Pero… ¿terminó aquí mi problema? No, por supuesto que no.
3) Entonces sigamos: la religión. ¿Puedo enamorarme de alguien que cree que algo volando por ahí crea y dicta nuestra vida? No, de ninguna manera. No puedo ni imaginarme en convivir con un religioso, sea de la religión que sea, y escuchar constantemente las paparruchadas y supersticiones de los creyentes. Y por suerte, me estoy volviendo cada vez más intolerante. No puedo terminar de entender a alguien que crea que el mundo es tan complicado que no pudo evolucionar naturalmente y que entonces sea razonable pensar que ‘algo’ lo haya fabricado. Y que ese ‘algo’ tiene control sobre lo que cada uno de nosotros hace. Imposible.
Tengo amigos religiosos, pero también me falla bastante el respeto total hacia ellos. Uno es un buen amigo, cura católico, que vive en una reserva indígena en Montana. Estudiamos maya yucateca intensivo, juntos, en una clase de 3 personas, varias veces por semana, horas y horas por día, todo un año. Y pasamos muchas dificultades personales, ayudándonos en lo posible (lo hice ir a AA), pero me gustaría entenderlo más y no puedo. Llego hasta ahí y nada más. Decidimos no hablar sobre religión porque en menos de diez minutos, dejaríamos de ser amigos. O sea que ni siquiera damos nuestras opiniones. Soy su única amiga, judía, atea y boca sucia, lo que le resultó muy gracioso a su madre.
4) Bueno, liquidé a la derecha, la ultra-izquierda y la religión. ¿Entonces qué me queda? Un cierto grupo de izquierda, ni muy de un lado ni muy del otro, y recién ahí empieza la sub-selección. Digamos, me quedo con la gente que pertenece – o al menos es de ideología cercana - al grupo político en el cual yo creo. ¿Pero me sirven todos los humanos del sexo masculino de ese grupo?
5) Llego a algo molesto, como la clase social, o al menos cultural. Si no quiero ser falsa conmigo misma, tengo que admitir que no puede ser demasiado diferente de la mía (ojo, dije ‘demasiado’ y no ‘un poco’). No me imagino mantener conversaciones diarias con alguien de clase muy alta, ni de clase muy baja (y esto me disgusta de mí, pero prometí no mentirme. ¿Seré tan presumida?). Tal vez, pero creo que la explicación es bastante simple: sucede que no conozco gente fuera de mis grupos de contacto. Y mis grupos están integrados por personas que tienen algo en común conmigo. Parece obvio. Tengo amigos de todo nivel, por supuesto, pero para pareja, ya es distinto. En realidad, admito que tenemos que tener un nivel sociocultural bastante parecido.
6) Y así, eliminando y eliminando, igual parecía que quedaba aún un sólido grupo propicio. Pero si agrego: ‘debe ser judío’- por eso de compartir códigos- ahí hay un sub-grupo dentro de los judíos con quienes sé que no puedo estar de acuerdo. Simplemente, no puedo entenderme con los sionistas. Y mucho menos, vivir con uno.
Para tener una base en común y el humor compartido durante más de 30 años de colectividad, los únicos que aparentemente me quedaban eran los miembros del Zhitlovsky, institución a la que fui desde nacida (e incluso antes). Por haber nacido dentro de esa colectividad, nunca me hizo falta buscar amigos afuera. Nací ya con amigos. No estoy segura si esto nos benefició o fue lo contrario. De chica, eso fue bueno. De adulta, ya no tanto. Hay mucha gente en el mundo exterior. Sin embargo, mis amigos de la infancia se casaron entre sí. Casi todos armaron pareja con alguien a quien conocían desde niños. Alguna razón habrá.
¿Entonces, como pareja, tenía que ser sólo alguien del Zhitlovsky? ¿Será cierto? Obviamente no, porque recién ahí empezaban las diferencias personales, los gustos, el humor, la manera de actuar y al fin (o no tan al fin), lo físico. Y eso tan vago que se llama ‘amor’.
Y entonces empecé a casarme. Mi primer marido tenía las cualidades necesarias, aunque no era uruguayo (cosa que aparentemente no es una prohibición) sino argentino. El segundo, aparentemente, las tenía todas, inclusive pertenecer al Zhitlovsky, pero la pareja tampoco fue duradera. La época del golpe en Uruguay destrozó muchas parejas razonables.
Y entonces, ¿no había más nadie ‘aceptable’ entre mis conocidos? Siempre fui parte de otros grupos interesantes, sobretodo en épocas de estudiar arquitectura, pero no había caso, eso no me llamaba la atención.
No nos atrae cualquier amigo, por más cercano que sea ni por más que ‘pensemos igual’.
(Esto me lleva a una dudosa anécdota personal, relacionada a Varlotta/Levrero. Un día, estando yo de visita en su casa, aparece un amigo que aparentemente venía a hablar con Jorge. Todo el mundo, cuando tenía líos interiores o exteriores, problemas de pareja, angustias existenciales, chifladuras de todo tipo, iba a la casa de él a soltarlos. Era una casa de locos, dirigida por el loco mayor, que era el mismo Jorge. El amigo entra y Jorge me lo presenta con un "y éste es Manuel D., el mejor escritor del mundo, pero el muy imbécil se dedica a la biología". Yo estaba, sin saber por qué, de pantalón amarillo ajustado y camiseta naranja, con un escote más allá del puritanismo. El tal Manuel D., a punto de irse a Brasil a trabajar, decidió mostrarme un libro que llevaba encima, con unas feroces arañas peludas – no me vengan con interpretaciones tontas. Eran realmente arañas – y yo puse cara de interés. Un tiempito después, Jorge recibía una carta de él desde Brasil diciendo que “aún recordaba la pechuga de la snob y botarate Elisa S.” Textualmente, ‘snob y botarate’. Me fascinó que alguien recordara mi pechuga – casi inexistente por cierto - y no mi largamente elogiado cerebro juvenil (y todo porque sacaba buenas calificaciones en los estudios y nada más que eso. Ser “la mejor de la clase” no es sinónimo de ser ‘inteligente’. No sé definir “inteligencia”, de todos modos. Si alguien lo sabe, por favor, avísenme).
Cuando vi a ese amigo la vez siguiente, meses más tarde, y ya ambos aparentemente en plena búsqueda –aunque yo seguía sin darme cuenta- y con intención de charlar, fuimos a un café. Y ahí dije inmediatamente algo, totalmente fuera de contexto que, si él hubiera sido sensato, me tendría que haber descartado sin más: -“Sí, soy amiga de Jorge, pero mirá que yo pienso como vos-“.
¿Qué otra idiota diría ‘yo pienso como vos’, para sugerir línea política, años de estudio y demás? Evidentemente, la tontera me sentaba bien. Y lo de ‘botarate’ era muy generoso en comparación con la realidad.
Muchos años después, ese amigo y yo, ya casados desde hace 36 años y con hijos, y toda una vida juntos que tuvimos hasta ahora, nos reímos al recordar esas primeras conversaciones. El hecho es que, aparentemente, Manuel tenía todas las cualidades que lo hacían digno. Todas, menos ser judío. Claramente, eso para mí no tuvo ni la menor importancia. No digo que no me lo planteé como problema, pero lo descarté en menos de 30 segundos.
Estas disquisiciones me empezaron a convencer que soy rígida, intolerante y feroz, y que no debería haber sido posible para mí conseguir ni un solo marido, ni mucho menos los tres razonables que me tocaron en suerte.
El resultado del proceso me lleva a pensar que, en realidad, mi hijo no está en peor situación que la mía ni de la de cualquiera de nosotros. Seguramente, al tener menos población elegible, la tolerancia es mucho mayor y ni siquiera la siente como tolerancia. A él no le molestaría pasar la vida con alguien que fuera religioso – y tal vez él mismo tiene una veta espiritual- , e incluso que no fuera realmente politizado. Veo que nada de eso entra en sus cálculos. Las cualidades que él busca en una pareja no se parecen en nada a las mías. Y de hecho, su homosexualidad lo hace más interesante como persona. ¿Será posible? ¿Todo termina en una balancita y acomodamos los platillos tanto como sea necesario?
Y en cuanto al racismo, seguimos sintiendo que hay gente diferente a nosotros, que no todos somos iguales, pero que tenemos que abrirnos un poco de ese camino demasiado marcado por el Zhitlovsky. Tal vez tengamos que dar un pasito por día, ¡pero darlo!
Lo que más me interesa de mi vida en los EEUU fue haber podido encontrar tantos inmigrantes, gente de todo el globo, de culturas tan dispares que ni se nos pasan por la imaginación y que, como solía decir una vecina amiga, hindú, con matrimonio arreglado por su padres, ‘todas las personas tienen algo por lo cual podemos quererlas’.
Multiculturas en los EEUU
Multiculturas en los EEUU.
Una de las cosas más fascinantes para mí en este país es la multitud de grupos étnicos diferentes que aparentemente conviven, con o sin problemas.
Ayer en el gimnasio, donde mi vecina (que cumple 80 años en diciembre) y yo tenemos a medias un entrenador personal, había un hombre con cara furiosa levantando pesas y se le veía en el brazo un tatuaje de letras en el alfabeto hebreo/idish. Mi vecina se moría por saber qué decía, y yo vi las letras pero ni idea de la palabra total en hebreo. Lo que vi fue ‘d v d’. No pensé que fuera publicidad gratuita de películas para televisión, por lo que simplemente me acerqué y le pregunté. El tipo, que tenía aspecto fiero cuando tenía las pesas en el aire, resultó un buen muchacho que enseguida me preguntó si conozco ese alfabeto. Le dije que sí y me dijo que el tatuaje decía ‘dovid’, que era el nombre de su padre. Ah, bueno. Enseguida le pregunté de dónde era él. Esa pregunta es terriblemente común en los EEUU, pero casi desconocida en Uruguay, donde todo el mundo es de Montevideo, parece…
Me dijo que él era cruza (todos decimos lo mismo) porque su padre era húngaro israelí, su madre mexicana, él nació en – no puedo recordar el país, pero era lejos y nada relacionado a su familia – y su esposa es polaca pero cristiana. Difícil declarar ‘yo soy xx’.
Por supuesto me preguntó de dónde soy yo, y la cantinela es ‘nací en Uruguay, padres polacos judíos que emigraron en los años 20, y marido mitá español, mitá italiano, pero no judío’. Como ven, cuando alguien me pregunta de dónde soy, tampoco tengo una respuesta corta. Realmente, la mezcla de etnicidades, idiomas, culturas, da resultados interesantes.
Desde el gimnasio salí a dar un tour de arquitectura, cosa que suelo hacer los viernes. Como ese día me salvé porque había menos gente, ya que estaba en el centro decidí ‘ir de compras’.
El resultado es siempre el mismo: entro a muchísimas tiendas, me pruebo de todo y no compro nada, porque ni necesito ni me queda bien. Recuerden que aquí todos los lugares son sin empleados, - vos mismo buscás lo que querés y vas a los probadores, así que no jorobo a nadie con mi indecisión.
Y llego a un lugar interesante, donde venden todas las cosas de marca que, por falta de talles, no pudieron vender en la tienda pituca central. Como de costumbre estaba lleno de gente, con cola para entrar al vestidor. Hay además, grandes espejos por todos lados y ahí me veo a una musulmana, vestida con su armadura total, con una ranura a la altura de los ojos por la cual podía mirar. Estaba en la zona de vestidos de fiesta, y muy tranquilamente los agarraba de a uno, plateados, sin espalda ni tiradores, y se lo probaba delante del espejo. No pude entender si pensaba comprar y usar algo así (tendría que llamar a la policía para defenderse porque su familia la mataría de pura vergüenza), si lo usaría encima del atuendo negro, o tal vez debajo, para atraer a su marido con métodos bastante comerciales. Lo cierto es que no sabemos lo suficiente de otras culturas en el mundo.
Al volver, cerca de una esquina tengo delante a dos buenas señoras, una que apenas caminaba y la otra con un bastón para poder moverse. Las paso y enseguida escucho desde atrás unos gritos. Una de las señoras que se estaba cayendo hacia atrás (en una caída más bien lenta, tratando de no romperse la crisma), tenía encima un hombre, que estaba también cayendo con ella.
Desde el suelo, el hombre levantó los brazos al aire para que se viera que no trataba de hacer nada, y que todos los que llegamos corriendo a ayudar a ‘que un negro no le robara a una anciana blanca la cartera’, estábamos totalmente equivocados.
La señora desde el suelo se puso a gritar que todo estaba bien, que lo que había sucedido fue que al caer se le levantó el bastón y con el mango curvo enganchó la pierna de un señor – de edad mediana, negro – que estaba en la parada del ómnibus. Así enganchado se cayó, directamente encima de la señora. Me dio mucha vergüenza haber sido parte de la patota que lo primero que pensamos era lo tradicionalmente esperado. Negro ladrón, viejita blanca buena. Es que uno en este país aprende a ser racista.
Una de las cosas más fascinantes para mí en este país es la multitud de grupos étnicos diferentes que aparentemente conviven, con o sin problemas.
Ayer en el gimnasio, donde mi vecina (que cumple 80 años en diciembre) y yo tenemos a medias un entrenador personal, había un hombre con cara furiosa levantando pesas y se le veía en el brazo un tatuaje de letras en el alfabeto hebreo/idish. Mi vecina se moría por saber qué decía, y yo vi las letras pero ni idea de la palabra total en hebreo. Lo que vi fue ‘d v d’. No pensé que fuera publicidad gratuita de películas para televisión, por lo que simplemente me acerqué y le pregunté. El tipo, que tenía aspecto fiero cuando tenía las pesas en el aire, resultó un buen muchacho que enseguida me preguntó si conozco ese alfabeto. Le dije que sí y me dijo que el tatuaje decía ‘dovid’, que era el nombre de su padre. Ah, bueno. Enseguida le pregunté de dónde era él. Esa pregunta es terriblemente común en los EEUU, pero casi desconocida en Uruguay, donde todo el mundo es de Montevideo, parece…
Me dijo que él era cruza (todos decimos lo mismo) porque su padre era húngaro israelí, su madre mexicana, él nació en – no puedo recordar el país, pero era lejos y nada relacionado a su familia – y su esposa es polaca pero cristiana. Difícil declarar ‘yo soy xx’.
Por supuesto me preguntó de dónde soy yo, y la cantinela es ‘nací en Uruguay, padres polacos judíos que emigraron en los años 20, y marido mitá español, mitá italiano, pero no judío’. Como ven, cuando alguien me pregunta de dónde soy, tampoco tengo una respuesta corta. Realmente, la mezcla de etnicidades, idiomas, culturas, da resultados interesantes.
Desde el gimnasio salí a dar un tour de arquitectura, cosa que suelo hacer los viernes. Como ese día me salvé porque había menos gente, ya que estaba en el centro decidí ‘ir de compras’.
El resultado es siempre el mismo: entro a muchísimas tiendas, me pruebo de todo y no compro nada, porque ni necesito ni me queda bien. Recuerden que aquí todos los lugares son sin empleados, - vos mismo buscás lo que querés y vas a los probadores, así que no jorobo a nadie con mi indecisión.
Y llego a un lugar interesante, donde venden todas las cosas de marca que, por falta de talles, no pudieron vender en la tienda pituca central. Como de costumbre estaba lleno de gente, con cola para entrar al vestidor. Hay además, grandes espejos por todos lados y ahí me veo a una musulmana, vestida con su armadura total, con una ranura a la altura de los ojos por la cual podía mirar. Estaba en la zona de vestidos de fiesta, y muy tranquilamente los agarraba de a uno, plateados, sin espalda ni tiradores, y se lo probaba delante del espejo. No pude entender si pensaba comprar y usar algo así (tendría que llamar a la policía para defenderse porque su familia la mataría de pura vergüenza), si lo usaría encima del atuendo negro, o tal vez debajo, para atraer a su marido con métodos bastante comerciales. Lo cierto es que no sabemos lo suficiente de otras culturas en el mundo.
Al volver, cerca de una esquina tengo delante a dos buenas señoras, una que apenas caminaba y la otra con un bastón para poder moverse. Las paso y enseguida escucho desde atrás unos gritos. Una de las señoras que se estaba cayendo hacia atrás (en una caída más bien lenta, tratando de no romperse la crisma), tenía encima un hombre, que estaba también cayendo con ella.
Desde el suelo, el hombre levantó los brazos al aire para que se viera que no trataba de hacer nada, y que todos los que llegamos corriendo a ayudar a ‘que un negro no le robara a una anciana blanca la cartera’, estábamos totalmente equivocados.
La señora desde el suelo se puso a gritar que todo estaba bien, que lo que había sucedido fue que al caer se le levantó el bastón y con el mango curvo enganchó la pierna de un señor – de edad mediana, negro – que estaba en la parada del ómnibus. Así enganchado se cayó, directamente encima de la señora. Me dio mucha vergüenza haber sido parte de la patota que lo primero que pensamos era lo tradicionalmente esperado. Negro ladrón, viejita blanca buena. Es que uno en este país aprende a ser racista.
Tuesday, March 20, 2012
Peligros de los psik
Por qué los psik (cólogos/quiatras) tendrían que evitar locas como yo.
Creo que los que se dedican a tan remunerada tarea pero con tan pocos buenos resultados felices (nadie se cura. La cosa es aburrirse y dejar de ir), no tienen en cuenta los peligros que algunos pacientes, peculiarmente malvados, pueden proporcionarles.
Hubo una época, ya cerca de mis 30 años, en Uruguay, en la que sentí que necesitaba terapia. De lo que fuera. De lo que pudiera pagar. Por lo tanto, era terapia de grupo o terapia de grupo. Sin opciones. No había nada más barato.
Pretender armar un grupo en un lugar como Montevideo, es absurdo. Conseguir entre 6 a 8 personas que puedan congeniar y que NO se conozcan entre sí, es casi una utopía. Al final hay que aceptar los hechos. La gente se va a conocer entre sí, o van a tener algún amigo común o, peor aún, los mismos psicólogos van a pertenecer a grupos donde alguien va a conocer a la esposa, vecina o amante. Y todo se desparrama. Considerando que en general los pacientes suelen ser universitarios de clase media, mantener la más mínima anonimidad es tema casi imposible.
Después de un par de meses de espera (casi un año), me llamaron a avisar que había un grupo nuevo al cual me podría unir. Mi grupo consistía en 8 seres, 4 de ellos estudiantes de psicología (faltaba más), más un muchacho que no pegaba ni con engrudo, una buena señora abogada, una chica que necesitaba novio, y yo. Para peor, en lugar de un psicólogo, teníamos dos: el titular y el observador. Por alguna razón no me gustaba nada el titular y me apasionaba el observador, más gordo y con mejor humor, cuya tarea era escuchar sin meterse y hacer una especie de resumen al final de la sesión.
Por supuesto, todos teníamos ‘ansiedad’. Dado que estábamos en plena dictadura militar y éramos todos universitarios, era claro que cada uno hacía lo que podía en sus actividades diarias para cambiar la situación política, por lo que llegábamos a zona de peligro y la ansiedad no era gratuita. Todos participábamos en algo sobre lo cual no podíamos hablar. Pero cuando ese ‘algo’ era justamente los que nos provocaba la mayor ansiedad y ni podíamos comentarlo en la terapia, la cosa no daba como para resultados milagrosos. Pobres psicólogos. Se llevaban cada clavo…
El grupo no era muy divertido. Los estudiantes de psicología hablaban entre sí, como si supieran más que los demás. La abogada mayor que los otros y que ya llevaba 22 años de infructuosa terapia, nos aburría bastante. La chica sin novio fue la primera en desaparecer. Misión cumplida. Consiguió novio y ya no le hizo falta nada más. Uno de los muchachos tuvo que irse del país, sin decir por qué. Eso era cada vez más común. Uno de los estudiantes de psicología, recién recibido, tuvo la alegría de tener una paciente – su primera paciente, en realidad - que un día se suicidó. Y él pensaba que estaba haciendo un buen trabajo. Mal comienzo de carrera profesional. Quedó muy deprimido.
Una de las chicas quedó embarazada de alguien que no era su marido (aunque no estaba segura) y quería abortar pero su médico no la dejaba por no sé qué problemas de alta presión. Y contaba los amorosos encuentros con su novio y amante, en la caja de un camión (nunca supimos por qué).
Yo, más o menos, aguantaba. Expliqué algo de mis dudas con respecto a mis sentimientos amorosos, que andaban en pleno vaivén. Estaba casada en segundas nupcias, recordemos. Pero habían aparecido varios candidatos en el horizonte –todos de arquitectura- que querían dejar a sus novias y casarse conmigo. Los hombres son realmente fáciles. Consejo: si quieren convencer a una mujer de tener un affaire normal, no insistan en decir que en realidad se quieren casar y tener una vida apacible con alguien como yo. Mientan, si es necesario. Si algo podía realmente no interesarme, era otro casamiento.
Yo ni sabía por qué tenía esos no buscados éxitos, por lo que culpé a las feromonas y chau. Seguía siendo fiel a mi marido (el número 2). Decidí que la terapia me curaría de atraer candidatos innecesarios, o al menos sabría por qué aparecían en tanta cantidad.
Y de repente empiezo a soñar macanas. Un día llegué al lugar de la terapia y avisé que había soñado que todos los del grupo entrábamos al viejo ascensor del antiguo edificio en 18 de Julio y Tristán Narvaja, (donde curiosamente años más tarde vivió Mario Levrero/Jorge Varlotta) con intención de irnos, pero el ascensor no paraba en la Planta Baja, sino que seguía de largo, cada vez más hondo, hasta el infierno. Hacía mucho calor. La gente consideró eso muy aburrido.
Al irnos esa noche, zas, obvia comentar que al bajar como siempre con todo el grupo, el ascensor no paró, sino que siguió hacia abajo, lenta pero tenazmente, pasando de largo la planta baja y el sótano, descendiendo sin parar. No llegamos al infierno, claro, sino a los resortes, que retuvieron la carga después de un pequeño rebote. Pudimos salir trepando porque el viejo ascensor tenía puertas de rejilla y se abría a los tirones, por dentro también. Sanos y salvos. Bueno, al menos ‘salvos’. Y para peor, me tuve que aguantar que me dijeran que soy una bruja o cosa parecida.
Con el grupo, como ritual, siempre íbamos a comer pizza al boliche de enfrente, a pasar un rato después de la sesión y contarnos lo que realmente hubiéramos querido haber dicho, pero no nos habíamos animado. Ese día no quisieron que yo me uniera a ellos, por ser pájaro de mal agüero.
Desgraciadamente, a la semana siguiente, volví a soñar. Fue más grave. Le comuniqué al psicólogo normal (no al observador) que según mi sueño, se iba a morir. Inmediatamente la gente del grupo me gritó, y el buen hombre empezó a interpretar mis observaciones, con algo como ‘Elisa cree que habló demasiado y sabemos cosas de ella que no le gusta que se sepan, por lo que fantasea con el psicólogo muerto’. Los mandé a la mierda y aclaré que el señor tenía cara de culo. Y la piel verdosa. Ni que hablar que nadie me dio bola. Le dije que fuera al médico, por las dudas, pero siguieron interpretando. Ah, si me hubiera hecho caso…
A la semana, el observador llamó a todos los participantes a cancelar la sesión porque el psicólogo de cabecera estaba con gripe, pero se esmeró en aclararme que no jodiera, que eso era solamente gripe. ¡Ja! Cinco días más tarde Bedó volvió a llamar, porque García Rocco había muerto. No necesito explicar lo que mis compañeros de grupo me gritaron. Fuimos al velorio y en la calle estaban reunidos todos los psicólogos de Uruguay (era un grupo excesivamente extendido) y al pasar tuvimos que oír sus conversaciones en las que se entre-oía ‘¡Ufa, ahora nuestros pacientes van a elaborar nuestras propias muertes!’ Ese comentario me pareció de un cierto mal gusto, considerando que todos los pacientes estaban exactamente ahí, sufriendo.
A rey muerto, rey puesto, y el observador tomó por su cuenta el comando de la situación y fue el único encargado de nosotros por un tiempito más. Me fascinaba. Las sesiones eran una especie de demostraciones de inteligencia, donde nos mandábamos un tira y afloja de insinuar datos literarios, folklore y mitología griega, a ver si el otro lo entendía. Para mí, muy satisfactorio. El resto del grupo no entraba en el jueguito. Pero, por esa época apareció alguien en mi vida, y vi que era para líos en serio. No me imaginé que ése sería el marido que aún tengo desde hace 36 años.
Bueno, el gobierno militar se encargó de hacerme terminar con la terapia de grupo. De los ocho ya quedábamos solamente cinco y de los dos psicólogos, uno sólo. Cuando me tuve que ir, con los cuatro restantes, no pareció bueno seguir, por lo que todo el grupo se anuló. Me sentí muy culpable, pero no fue mi responsabilidad.
Es curioso cómo, cuando el peligro es real, no hay depresión ni ansiedad. El miedo aumenta la fuerza. Se hace lo que se debe y a no joder más. Es que no había otra solución. Y así fue que agarré el pelapapas, me fui a Buenos Aires, me separé de un marido y me fui a vivir con el actual, tuvimos un hijo y con una beca nos vinimos a los EEUU.
La maternidad no era cosa para la que yo estuviera preparada. No tenía ni idea de por qué la gente quiere tener hijos. Nunca pensé que fueran realmente necesarios. Pero al tenerlos, y sí, son lindos. Aunque eso no me aumentó el entusiasmo al ver bebés ajenos. Los bebés son más bien molestos.
Después de varios años, dos hijos, mudanza a Chicago, carrera en Lingüística, un trabajo de profesora en la misma universidad donde estudiaba, más todas las tareas domésticas de rigor (acá no hay ‘empleadas’ cuando no hay sueldos excesivos como para pagarlas), me deprimí. No fue un ataque cortito sino semanas y meses que se hicieron años, y cada vez más angustiada. Empecé a ver psicólogos y psiquiatras, que me medicaron como correspondía. Algunos medicamentos funcionaron de a ratos, otros no, y muchos tenían efectos secundarios demasiado serios. Pasé de 43 kilos a 70, y vuelta a los 43.
Los psiquiatras en el seguro de salud de la Universidad de Chicago, no duraban mucho. Se sentían poco respetados, y pasé por cinco, que se fueron a otra universidad apenas pudieron. Y con cada uno nuevo, tenía que empezar con mis historias desde el vamos. No fue una experiencia agradable. Algunos me cayeron bien, otros imbancables. Al fin, apareció uno, de Islandia, Ilpo Kaariainen, petiso, rubio, aliento a alcohol, buen tipo, familia agradable, tres hijas chicas, y me medicó hasta lograr algo que me sacara del pozo, al menos para poder viajar, cosa que hacía años que no hacía. Claro, esas porquerías engordan, pero a esa altura lo único que quería era sentirme menos deprimida. Y con 20 kilos agregados, había mucho más para desdeprimir.
Veía al psiquiatra cada dos semanas, pero no había mejoría real. Un día cualquiera empiezo a tener un síntoma extraño, de no poder respirar, agitarme, temblar, en fin, todo lo que uno se imagina en estos casos. Dije ‘uno se imagina’, pero yo no, porque nunca había tenido nada así. Me sentía tan mal, que fui a la urgencia de la Universidad, porque no me aguantaba ni yo misma. Me revisan y muy displicentemente me dicen que eso es un vulgar ataque de pánico y que esperara a que mi psiquiatra me volviera a ver. Que tal vez demorara un poquito, porque el buen señor en ese mismo momento estaba en cirugía, por un accidente de auto bastante grave, pero estaba vivo. Curioso que justo me diera el ataque durante su accidente de auto. Pregunté si podía tomar algún tranquilizante y dijeron que no se iban a meter, que yo estaba en manos de un médico y que tendría que esperar. Gran solidaridad.
Un par de semanas más tarde, Ilpo retomó la práctica. Lo vi llegar con una pierna dura, dibujando arcos horizontales a cada paso y se enojó porque en la emergencia no me habían dado nada para el ataque de pánico. Que no le gustaba que los pacientes se quedaran sin su ayuda, por lo que ya había comprado un teléfono celular exclusivo para asuntos de emergencia y me conminó a usarlo tanto como lo necesitara. Me da el número, y también el teléfono de su casa y la dirección de correo electrónico, todo para evitar la desconexión paciente/psiquiatra. Le pareció extraño que mi ataque de pánico hubiera sucedido exactamente el día de su accidente, pero bueno, ya nadie cree en brujas.
Ahí me cuenta la historia de su accidente y cómo él siempre practicó futbol/soccer, pero la pierna ahora no le servía y nunca más podría jugar. Y por supuesto, también me explicó que él mismo estaba en terapia para ver si podía controlar su angustia por la falta del fútbol. Como de costumbre, me preguntó mi opinión sobre SU terapia y juro que no me interesaba demasiado tener que consolarlo. Me recetó más Valium y chau. Y él también tomó los necesarios. Le dije que francamente él no lucía muy bien y que o se tranquilizara, o se iba a morir. Me miró algo sonriente y como todo el mundo, no me creyó. Ay, los idiotas.
De repente, empieza a faltar al trabajo. Me cancelaron una cita, él no contestó al teléfono, le mandé correos y no contestó, por lo que fui a buscar en la Internet a ver si le había pasado algo. Y encuentro bajo su nombre una historia muy curiosa, en la cual la mujer llamó a la policía diciendo que su marido no había vuelto, pero cuando la policía llega, lo encuentran tranquilamente durmiendo la mona en su auto, dentro del garaje. El artículo tenía un final dudoso, donde la esposa alegremente decía que entonces su marido realmente no había desaparecido. Pensé que ese hombre iba por mal camino.
A la semana recibí una carta de la universidad, diciendo que el buen doctor decidió comenzar una práctica privada y que ya no atendería más en el piso de psiquiatría. Y no solamente eso, sino que el Hospital de la Universidad de Chicago ya estaba harto de todo ese tema y simplemente, cerraban el servicio. Que no habría más sesiones, pero para los pacientes que estaban medicados, un médico cualquiera podría recetar la misma medicación por dos meses más, y que hiciéramos el favor y buscáramos un reemplazo lo antes posible. Para una depresión no es muy agradable recibir noticias así sin tener idea de dónde se podría encontrar otro psiquiatra que, además, aceptara el seguro de salud que yo tenía.
Nada, que una amiga me dio el nombre de uno cualquiera, fui, empecé con toda la historia otra vez, me medicó, no mejoré nada, pero logré convencerlo que me recetara lo mismo que en esa época le daban a mi hermana en Montevideo y que le había hecho bien. Dijo que no, que yo ya había demostrado que era inmune a los tricíclicos, que el hecho de que mi hermana hubiera respondido a esa medicación no era indicación de nada y que no jodiera más. Le dije ‘Humor me’, y me recetó la cosa. Si será viejo ese medicamento que costaba más barato que la aspirina. Y en dos semanas, me sentí fantásticamente mejor, y de eso ya hace siete años.
A los pocos meses me pregunté qué sería de Ilpo. Abro la internet con su nombre y veo un mensaje de apoyo a su hermana, por la muerte del hermano. Busco algo más, y sí, había muerto de convulsiones provocadas por la cirrosis. Eso le pasó por no darme pelota.
Con todo, maté solamente a dos psicólogos/psiquiatras, que considerando a todos los que vi, no es una proporción tan disparatada. Mi psiquiatra actual, un judío narigón de N.York, me pidió por favor que le avisara con tiempo, así preparaba su testamento. Le prometí cumplir. Y de inmediato, pasó a contarme su vida y sus problemas…
Creo que los que se dedican a tan remunerada tarea pero con tan pocos buenos resultados felices (nadie se cura. La cosa es aburrirse y dejar de ir), no tienen en cuenta los peligros que algunos pacientes, peculiarmente malvados, pueden proporcionarles.
Hubo una época, ya cerca de mis 30 años, en Uruguay, en la que sentí que necesitaba terapia. De lo que fuera. De lo que pudiera pagar. Por lo tanto, era terapia de grupo o terapia de grupo. Sin opciones. No había nada más barato.
Pretender armar un grupo en un lugar como Montevideo, es absurdo. Conseguir entre 6 a 8 personas que puedan congeniar y que NO se conozcan entre sí, es casi una utopía. Al final hay que aceptar los hechos. La gente se va a conocer entre sí, o van a tener algún amigo común o, peor aún, los mismos psicólogos van a pertenecer a grupos donde alguien va a conocer a la esposa, vecina o amante. Y todo se desparrama. Considerando que en general los pacientes suelen ser universitarios de clase media, mantener la más mínima anonimidad es tema casi imposible.
Después de un par de meses de espera (casi un año), me llamaron a avisar que había un grupo nuevo al cual me podría unir. Mi grupo consistía en 8 seres, 4 de ellos estudiantes de psicología (faltaba más), más un muchacho que no pegaba ni con engrudo, una buena señora abogada, una chica que necesitaba novio, y yo. Para peor, en lugar de un psicólogo, teníamos dos: el titular y el observador. Por alguna razón no me gustaba nada el titular y me apasionaba el observador, más gordo y con mejor humor, cuya tarea era escuchar sin meterse y hacer una especie de resumen al final de la sesión.
Por supuesto, todos teníamos ‘ansiedad’. Dado que estábamos en plena dictadura militar y éramos todos universitarios, era claro que cada uno hacía lo que podía en sus actividades diarias para cambiar la situación política, por lo que llegábamos a zona de peligro y la ansiedad no era gratuita. Todos participábamos en algo sobre lo cual no podíamos hablar. Pero cuando ese ‘algo’ era justamente los que nos provocaba la mayor ansiedad y ni podíamos comentarlo en la terapia, la cosa no daba como para resultados milagrosos. Pobres psicólogos. Se llevaban cada clavo…
El grupo no era muy divertido. Los estudiantes de psicología hablaban entre sí, como si supieran más que los demás. La abogada mayor que los otros y que ya llevaba 22 años de infructuosa terapia, nos aburría bastante. La chica sin novio fue la primera en desaparecer. Misión cumplida. Consiguió novio y ya no le hizo falta nada más. Uno de los muchachos tuvo que irse del país, sin decir por qué. Eso era cada vez más común. Uno de los estudiantes de psicología, recién recibido, tuvo la alegría de tener una paciente – su primera paciente, en realidad - que un día se suicidó. Y él pensaba que estaba haciendo un buen trabajo. Mal comienzo de carrera profesional. Quedó muy deprimido.
Una de las chicas quedó embarazada de alguien que no era su marido (aunque no estaba segura) y quería abortar pero su médico no la dejaba por no sé qué problemas de alta presión. Y contaba los amorosos encuentros con su novio y amante, en la caja de un camión (nunca supimos por qué).
Yo, más o menos, aguantaba. Expliqué algo de mis dudas con respecto a mis sentimientos amorosos, que andaban en pleno vaivén. Estaba casada en segundas nupcias, recordemos. Pero habían aparecido varios candidatos en el horizonte –todos de arquitectura- que querían dejar a sus novias y casarse conmigo. Los hombres son realmente fáciles. Consejo: si quieren convencer a una mujer de tener un affaire normal, no insistan en decir que en realidad se quieren casar y tener una vida apacible con alguien como yo. Mientan, si es necesario. Si algo podía realmente no interesarme, era otro casamiento.
Yo ni sabía por qué tenía esos no buscados éxitos, por lo que culpé a las feromonas y chau. Seguía siendo fiel a mi marido (el número 2). Decidí que la terapia me curaría de atraer candidatos innecesarios, o al menos sabría por qué aparecían en tanta cantidad.
Y de repente empiezo a soñar macanas. Un día llegué al lugar de la terapia y avisé que había soñado que todos los del grupo entrábamos al viejo ascensor del antiguo edificio en 18 de Julio y Tristán Narvaja, (donde curiosamente años más tarde vivió Mario Levrero/Jorge Varlotta) con intención de irnos, pero el ascensor no paraba en la Planta Baja, sino que seguía de largo, cada vez más hondo, hasta el infierno. Hacía mucho calor. La gente consideró eso muy aburrido.
Al irnos esa noche, zas, obvia comentar que al bajar como siempre con todo el grupo, el ascensor no paró, sino que siguió hacia abajo, lenta pero tenazmente, pasando de largo la planta baja y el sótano, descendiendo sin parar. No llegamos al infierno, claro, sino a los resortes, que retuvieron la carga después de un pequeño rebote. Pudimos salir trepando porque el viejo ascensor tenía puertas de rejilla y se abría a los tirones, por dentro también. Sanos y salvos. Bueno, al menos ‘salvos’. Y para peor, me tuve que aguantar que me dijeran que soy una bruja o cosa parecida.
Con el grupo, como ritual, siempre íbamos a comer pizza al boliche de enfrente, a pasar un rato después de la sesión y contarnos lo que realmente hubiéramos querido haber dicho, pero no nos habíamos animado. Ese día no quisieron que yo me uniera a ellos, por ser pájaro de mal agüero.
Desgraciadamente, a la semana siguiente, volví a soñar. Fue más grave. Le comuniqué al psicólogo normal (no al observador) que según mi sueño, se iba a morir. Inmediatamente la gente del grupo me gritó, y el buen hombre empezó a interpretar mis observaciones, con algo como ‘Elisa cree que habló demasiado y sabemos cosas de ella que no le gusta que se sepan, por lo que fantasea con el psicólogo muerto’. Los mandé a la mierda y aclaré que el señor tenía cara de culo. Y la piel verdosa. Ni que hablar que nadie me dio bola. Le dije que fuera al médico, por las dudas, pero siguieron interpretando. Ah, si me hubiera hecho caso…
A la semana, el observador llamó a todos los participantes a cancelar la sesión porque el psicólogo de cabecera estaba con gripe, pero se esmeró en aclararme que no jodiera, que eso era solamente gripe. ¡Ja! Cinco días más tarde Bedó volvió a llamar, porque García Rocco había muerto. No necesito explicar lo que mis compañeros de grupo me gritaron. Fuimos al velorio y en la calle estaban reunidos todos los psicólogos de Uruguay (era un grupo excesivamente extendido) y al pasar tuvimos que oír sus conversaciones en las que se entre-oía ‘¡Ufa, ahora nuestros pacientes van a elaborar nuestras propias muertes!’ Ese comentario me pareció de un cierto mal gusto, considerando que todos los pacientes estaban exactamente ahí, sufriendo.
A rey muerto, rey puesto, y el observador tomó por su cuenta el comando de la situación y fue el único encargado de nosotros por un tiempito más. Me fascinaba. Las sesiones eran una especie de demostraciones de inteligencia, donde nos mandábamos un tira y afloja de insinuar datos literarios, folklore y mitología griega, a ver si el otro lo entendía. Para mí, muy satisfactorio. El resto del grupo no entraba en el jueguito. Pero, por esa época apareció alguien en mi vida, y vi que era para líos en serio. No me imaginé que ése sería el marido que aún tengo desde hace 36 años.
Bueno, el gobierno militar se encargó de hacerme terminar con la terapia de grupo. De los ocho ya quedábamos solamente cinco y de los dos psicólogos, uno sólo. Cuando me tuve que ir, con los cuatro restantes, no pareció bueno seguir, por lo que todo el grupo se anuló. Me sentí muy culpable, pero no fue mi responsabilidad.
Es curioso cómo, cuando el peligro es real, no hay depresión ni ansiedad. El miedo aumenta la fuerza. Se hace lo que se debe y a no joder más. Es que no había otra solución. Y así fue que agarré el pelapapas, me fui a Buenos Aires, me separé de un marido y me fui a vivir con el actual, tuvimos un hijo y con una beca nos vinimos a los EEUU.
La maternidad no era cosa para la que yo estuviera preparada. No tenía ni idea de por qué la gente quiere tener hijos. Nunca pensé que fueran realmente necesarios. Pero al tenerlos, y sí, son lindos. Aunque eso no me aumentó el entusiasmo al ver bebés ajenos. Los bebés son más bien molestos.
Después de varios años, dos hijos, mudanza a Chicago, carrera en Lingüística, un trabajo de profesora en la misma universidad donde estudiaba, más todas las tareas domésticas de rigor (acá no hay ‘empleadas’ cuando no hay sueldos excesivos como para pagarlas), me deprimí. No fue un ataque cortito sino semanas y meses que se hicieron años, y cada vez más angustiada. Empecé a ver psicólogos y psiquiatras, que me medicaron como correspondía. Algunos medicamentos funcionaron de a ratos, otros no, y muchos tenían efectos secundarios demasiado serios. Pasé de 43 kilos a 70, y vuelta a los 43.
Los psiquiatras en el seguro de salud de la Universidad de Chicago, no duraban mucho. Se sentían poco respetados, y pasé por cinco, que se fueron a otra universidad apenas pudieron. Y con cada uno nuevo, tenía que empezar con mis historias desde el vamos. No fue una experiencia agradable. Algunos me cayeron bien, otros imbancables. Al fin, apareció uno, de Islandia, Ilpo Kaariainen, petiso, rubio, aliento a alcohol, buen tipo, familia agradable, tres hijas chicas, y me medicó hasta lograr algo que me sacara del pozo, al menos para poder viajar, cosa que hacía años que no hacía. Claro, esas porquerías engordan, pero a esa altura lo único que quería era sentirme menos deprimida. Y con 20 kilos agregados, había mucho más para desdeprimir.
Veía al psiquiatra cada dos semanas, pero no había mejoría real. Un día cualquiera empiezo a tener un síntoma extraño, de no poder respirar, agitarme, temblar, en fin, todo lo que uno se imagina en estos casos. Dije ‘uno se imagina’, pero yo no, porque nunca había tenido nada así. Me sentía tan mal, que fui a la urgencia de la Universidad, porque no me aguantaba ni yo misma. Me revisan y muy displicentemente me dicen que eso es un vulgar ataque de pánico y que esperara a que mi psiquiatra me volviera a ver. Que tal vez demorara un poquito, porque el buen señor en ese mismo momento estaba en cirugía, por un accidente de auto bastante grave, pero estaba vivo. Curioso que justo me diera el ataque durante su accidente de auto. Pregunté si podía tomar algún tranquilizante y dijeron que no se iban a meter, que yo estaba en manos de un médico y que tendría que esperar. Gran solidaridad.
Un par de semanas más tarde, Ilpo retomó la práctica. Lo vi llegar con una pierna dura, dibujando arcos horizontales a cada paso y se enojó porque en la emergencia no me habían dado nada para el ataque de pánico. Que no le gustaba que los pacientes se quedaran sin su ayuda, por lo que ya había comprado un teléfono celular exclusivo para asuntos de emergencia y me conminó a usarlo tanto como lo necesitara. Me da el número, y también el teléfono de su casa y la dirección de correo electrónico, todo para evitar la desconexión paciente/psiquiatra. Le pareció extraño que mi ataque de pánico hubiera sucedido exactamente el día de su accidente, pero bueno, ya nadie cree en brujas.
Ahí me cuenta la historia de su accidente y cómo él siempre practicó futbol/soccer, pero la pierna ahora no le servía y nunca más podría jugar. Y por supuesto, también me explicó que él mismo estaba en terapia para ver si podía controlar su angustia por la falta del fútbol. Como de costumbre, me preguntó mi opinión sobre SU terapia y juro que no me interesaba demasiado tener que consolarlo. Me recetó más Valium y chau. Y él también tomó los necesarios. Le dije que francamente él no lucía muy bien y que o se tranquilizara, o se iba a morir. Me miró algo sonriente y como todo el mundo, no me creyó. Ay, los idiotas.
De repente, empieza a faltar al trabajo. Me cancelaron una cita, él no contestó al teléfono, le mandé correos y no contestó, por lo que fui a buscar en la Internet a ver si le había pasado algo. Y encuentro bajo su nombre una historia muy curiosa, en la cual la mujer llamó a la policía diciendo que su marido no había vuelto, pero cuando la policía llega, lo encuentran tranquilamente durmiendo la mona en su auto, dentro del garaje. El artículo tenía un final dudoso, donde la esposa alegremente decía que entonces su marido realmente no había desaparecido. Pensé que ese hombre iba por mal camino.
A la semana recibí una carta de la universidad, diciendo que el buen doctor decidió comenzar una práctica privada y que ya no atendería más en el piso de psiquiatría. Y no solamente eso, sino que el Hospital de la Universidad de Chicago ya estaba harto de todo ese tema y simplemente, cerraban el servicio. Que no habría más sesiones, pero para los pacientes que estaban medicados, un médico cualquiera podría recetar la misma medicación por dos meses más, y que hiciéramos el favor y buscáramos un reemplazo lo antes posible. Para una depresión no es muy agradable recibir noticias así sin tener idea de dónde se podría encontrar otro psiquiatra que, además, aceptara el seguro de salud que yo tenía.
Nada, que una amiga me dio el nombre de uno cualquiera, fui, empecé con toda la historia otra vez, me medicó, no mejoré nada, pero logré convencerlo que me recetara lo mismo que en esa época le daban a mi hermana en Montevideo y que le había hecho bien. Dijo que no, que yo ya había demostrado que era inmune a los tricíclicos, que el hecho de que mi hermana hubiera respondido a esa medicación no era indicación de nada y que no jodiera más. Le dije ‘Humor me’, y me recetó la cosa. Si será viejo ese medicamento que costaba más barato que la aspirina. Y en dos semanas, me sentí fantásticamente mejor, y de eso ya hace siete años.
A los pocos meses me pregunté qué sería de Ilpo. Abro la internet con su nombre y veo un mensaje de apoyo a su hermana, por la muerte del hermano. Busco algo más, y sí, había muerto de convulsiones provocadas por la cirrosis. Eso le pasó por no darme pelota.
Con todo, maté solamente a dos psicólogos/psiquiatras, que considerando a todos los que vi, no es una proporción tan disparatada. Mi psiquiatra actual, un judío narigón de N.York, me pidió por favor que le avisara con tiempo, así preparaba su testamento. Le prometí cumplir. Y de inmediato, pasó a contarme su vida y sus problemas…
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