2012, huracán Jan
Tuve una segunda cirugía de hombro, y pensé pasar un par de semanas tirada, en pleno ataque de recuperación. ¿Qué pasa en esos casos? Aparecen viejos amigos que ya viven en otro país a pasar una semana en nuestro dormitorio de visitantes, una hija que viene a ayudar por un par de días, y una amiga que solía vivir a una cuadra de acá, pero por razones de trabajo se mudó a Brooklyn. Y de inmediato, vino el huracán Sandy.
Esa amiga iba a dormir acá enfrente, en la casa de su amiga del college y venir por aquí por un rato, en teoría para ayudarme por mi hombro operado y el brazo derecho encajonado. Lamentablemente, entró corriendo y de puro atropellada, se tiró encima de un pie una cosa pesada que cayó del freezer, se le hinchó, tuvo que ir a una emergencia y decidió quedarse entonces en casa por 4 días – huracán mediante con aeropuertos cerrados en la costa este y un desbarajuste total-, acampando en el living para no tener que subir la escalera al dormitorio de las visitas. Manuel le armó el sofá con almohadones de modo que la pierna le quedara levantada. Todo en orden.
Es de las que 'tocan'. Supongo que todos conocemos gente así. Son tan amigos que llegan y sin preguntar, tocan todo lo que encuentran. Este es el país de los aparatos. En los tales aparatos hay ciclos, pero hay que tocar los botones correspondientes, en un cierto orden. Si no, la programación se va al cuerno y hay que rehacer todo.
Primero nos dejó sin teléfono por toda una tarde, porque lo usó y lo dejó en una mesa, sin apagar. Manuel trató de llamarnos muchas veces y se preocupó porque no había respuesta. Al otro día decidió apretar el botón de escuchar desde la pared, lo que provoca ciertas complicaciones, de modo que vuelta a desinstalar y reprogramar.
De ahí, pasó al televisor. Al carajo. No había manera de recuperar los canales favoritos, ni lograr que no aparecieran canales que nunca miramos. Y trancó el DVD, por apretar algo inconveniente, al mismo tiempo que otro botón. Insólito. Para eso hay que tener una habilidad muy peculiar.
Unos días después, decidió que quería lavarse la ropa y allí se fue a tocar los botones del lavarropas, tratando de conseguir (sin preguntarme) el lavado suave, para ropa fina. Nunca en la vida lo usé, por falta de ropa tan delicada como para merecer ese tratamiento. Tuve que reprogramar todo dos veces (no soy ningún genio) para lograr que volviera a la normalidad.
Y encima, Manuel, pobre, volvía del trabajo y tenía que hacernos de comer a las dos y a sí mismo... y encargarse de todo.
Además a mi amiga le gusta comer en el living, y se llevaba los platos, el café, todo, a los sillones. En su casa, tiene todo el derecho del mundo, pero en la mía, grrrrr.
A cada rato le tenía que decir que cerrara la heladera, que ese no es buen lugar para meditación. Me olvidé que en la casa de ella abren la heladera antes de preparar la comida y no la cierran hasta que no está todo pronto en la mesa. Cuando le dije que no hiciera eso, me dijo que ¡para qué la iba a cerrar si enseguida la tendría que abrir otra vez! Y no me creyó que la temperatura tenía que mantenerse fría, y que con esa puerta abierta estaba poniendo en peligro todo lo de adentro. Dijo que jamás le pasó nada, cosa totalmente razonable.
Bueno, al fin abrió LaGuardia, la pusimos en un taxi, y acaba de llamar por teléfono desde N.York, a decirme que pasó muy bien, que fue una linda vacación, que ella descansó mucho y que todo estaba fenómeno. Y terminó diciendo "me alegro que gracias a que los aeropuertos cerraron por el huracán, pude quedarme 4 días y ayudarte un poco". A Manuel casi le da un ataque. No entendió ese tipo de ayuda.
Pero, hete aquí que esas visitas apuraron mi recuperación, porque tuve que hacer cosas, pensar en comidas, poner toallas a disposición de los huéspedes, y la verdad es que aunque estemos lejos, tenemos amigos de carne y hueso que vienen a casa, familia que existe, y tengo la real suerte de no poder descansar después de una cirugía.
Friday, December 14, 2012
Miedo, amígdala y elecciones
2012 post-elecciones
Acabo de escuchar en la TV algo maravilloso. Una profesora de psicología contando que sus pacientes republicanos la llaman por teléfono, angustiados. Pero no solamente angustiados emocionalmente, sino físicamente. Con vómitos y diarreas. Ellas les explica que tienen que relajarse, y que ya van a ver cómo el que Obama haya ganado, no es el fin del mundo.
Y ahí siguió, hablando de un estudio que se hizo del cerebro de los votantes. Que el de los republicanos tiene la amígdala más agrandada que el de los demócratas, y ahí es precisamente donde reside el miedo. Que los republicanos tienen terror a algo y que no lo pueden evitar.
El periodista le preguntó sobre la importancia de la falta de paranoia de los demócratas, y ella insistió en que el tamaño de la amígdala es lo que influencia ese sentimiento opuesto, por lo que claramente, los demócratas la tienen más chica (la amígdala, por supuesto).
No dijo que ‘la gente nace así’, pero es lo que ella cree. Digamos, no como la homosexualidad. Esa se puede curar, dicen muchos republicanos, pero el miedo que sienten por Obama, no. Eso no.
Acabo de escuchar en la TV algo maravilloso. Una profesora de psicología contando que sus pacientes republicanos la llaman por teléfono, angustiados. Pero no solamente angustiados emocionalmente, sino físicamente. Con vómitos y diarreas. Ellas les explica que tienen que relajarse, y que ya van a ver cómo el que Obama haya ganado, no es el fin del mundo.
Y ahí siguió, hablando de un estudio que se hizo del cerebro de los votantes. Que el de los republicanos tiene la amígdala más agrandada que el de los demócratas, y ahí es precisamente donde reside el miedo. Que los republicanos tienen terror a algo y que no lo pueden evitar.
El periodista le preguntó sobre la importancia de la falta de paranoia de los demócratas, y ella insistió en que el tamaño de la amígdala es lo que influencia ese sentimiento opuesto, por lo que claramente, los demócratas la tienen más chica (la amígdala, por supuesto).
No dijo que ‘la gente nace así’, pero es lo que ella cree. Digamos, no como la homosexualidad. Esa se puede curar, dicen muchos republicanos, pero el miedo que sienten por Obama, no. Eso no.
Despiadados
2012, diciembre huracán Sandy.
Me impresiona lo despiadados que somos los seres humanos. Como el huracán no nos tocó ni le tocó a nadie conocido, chau. Nos damos vuelta y jugamos al Scrabble. Es que parece haber un límite para la compasión, o morimos en la demanda. Vemos las fotos y no hacemos nada más que decir ‘pero qué cosa’. De acuerdo, aunque quisiéramos realmente hacer algo más que mandarle un poco de plata a la Cruz Roja, no hay cómo ni lo qué hacer. La zona por donde pasó el huracán es un campo de batalla, pelada, sin agua, sin casas, sin electricidad, sin lugares donde la gente pueda ir. Lo que extraña es que hubo solamente 88 muertos (tal vez aparezcan algunos más, pero para tal desastre, la cifra es bajísima). Mañana llega otra tormenta y la temperatura baja de noche a 0 grados. Y nosotros vamos a seguir jugando al Scrabble.
Me hizo acordar a los primeros meses que pasamos en Buenos Aires en el 76. Oíamos explosiones, mirábamos alrededor, no veíamos nada cerca y seguíamos la vida como si nada hubiera pasado. Cuando al fin conseguimos un apartamentito (con trampas, por la inmobiliaria), menos nos preocupamos. El apto. medía 3 x 4 y la ventana daba a un pozo de aire, abierto del otro lado, o sea que veíamos un cachito de calle, y nuestra distancia emocional a los problemas concretos, aumentó. Durante uno de los viajes de Manuel a Mdeo. para terminar de dar los exámenes de medicina, me quedé sola. A las 3am, flor de explosión. Recuerdo haberme levantado (dormíamos en el suelo por falta de cama. Usábamos unos almohadones chiquitos, en las partes más blandas), miré por la ventana, no vi nada y me volví a dormir. Al otro día me enteré que habían puesto una bomba en la comisaría de a la vuelta y había más de 20 muertos. Eso fue todo. El barrio siguió moviéndose como si nada. Y empezaron a pasar los autos con ametralladoras afuera, y encapuchados adentro. Pero el Scrabble, nunca se detuvo.
-------
Y hoy ya estamos a fin de diciembre y todavía no había subido el mensaje anterior, pero recién, en Connecticut, un muchacho de 24 años, repleto de pistolas y balas, mató a su hermano en N.Jersey y manejó 80 millas hasta la escuela donde la madre trabajaba. La mató a ella y a 18 niños de 5 a 10 años de edad. Hay también otros 10 adultos muertos. Cada vez hay acceso más fácil a Glocks y rollos de balas. Hoy habrá que jugar dos partidos de Scrabble. Y el mundo sigue andando.
Me impresiona lo despiadados que somos los seres humanos. Como el huracán no nos tocó ni le tocó a nadie conocido, chau. Nos damos vuelta y jugamos al Scrabble. Es que parece haber un límite para la compasión, o morimos en la demanda. Vemos las fotos y no hacemos nada más que decir ‘pero qué cosa’. De acuerdo, aunque quisiéramos realmente hacer algo más que mandarle un poco de plata a la Cruz Roja, no hay cómo ni lo qué hacer. La zona por donde pasó el huracán es un campo de batalla, pelada, sin agua, sin casas, sin electricidad, sin lugares donde la gente pueda ir. Lo que extraña es que hubo solamente 88 muertos (tal vez aparezcan algunos más, pero para tal desastre, la cifra es bajísima). Mañana llega otra tormenta y la temperatura baja de noche a 0 grados. Y nosotros vamos a seguir jugando al Scrabble.
Me hizo acordar a los primeros meses que pasamos en Buenos Aires en el 76. Oíamos explosiones, mirábamos alrededor, no veíamos nada cerca y seguíamos la vida como si nada hubiera pasado. Cuando al fin conseguimos un apartamentito (con trampas, por la inmobiliaria), menos nos preocupamos. El apto. medía 3 x 4 y la ventana daba a un pozo de aire, abierto del otro lado, o sea que veíamos un cachito de calle, y nuestra distancia emocional a los problemas concretos, aumentó. Durante uno de los viajes de Manuel a Mdeo. para terminar de dar los exámenes de medicina, me quedé sola. A las 3am, flor de explosión. Recuerdo haberme levantado (dormíamos en el suelo por falta de cama. Usábamos unos almohadones chiquitos, en las partes más blandas), miré por la ventana, no vi nada y me volví a dormir. Al otro día me enteré que habían puesto una bomba en la comisaría de a la vuelta y había más de 20 muertos. Eso fue todo. El barrio siguió moviéndose como si nada. Y empezaron a pasar los autos con ametralladoras afuera, y encapuchados adentro. Pero el Scrabble, nunca se detuvo.
-------
Y hoy ya estamos a fin de diciembre y todavía no había subido el mensaje anterior, pero recién, en Connecticut, un muchacho de 24 años, repleto de pistolas y balas, mató a su hermano en N.Jersey y manejó 80 millas hasta la escuela donde la madre trabajaba. La mató a ella y a 18 niños de 5 a 10 años de edad. Hay también otros 10 adultos muertos. Cada vez hay acceso más fácil a Glocks y rollos de balas. Hoy habrá que jugar dos partidos de Scrabble. Y el mundo sigue andando.
Saturday, September 8, 2012
Me desperté a carcajadas, que hasta despertaron a Malalo.
Yo estaba en la azotea de mi casa (?) saltando a la cuerda (?). Solía tener una linda vista al Parque de los Aliados (?), que quedaba cruzando la manzana, mirando hacia atrás. Pero, del otro lado de la manzana habían terminado de construir un enorme edificio que tapaba casi toda la vista, menos un filito a la izquierda. Ese edificio no tenía ventanas hacia mi lado, ni a los costados, pero veo un letrerito en la pared trasera, por allá arriba, que no logro leer. Parecía un letrerito como los de 'Prohibido fumar', chiquito y tenía claramente dos palabras, pero no las puedo descifrar. Hago de todo, pero no hay caso, no lo leo. Con cuerda y todo, me trepo a un cubo (probablemente el altillo de mi casa, porque quedaba sobre 'nuestro' terreno). Desde ahi, poniéndome la mano en un ojo tipo telescopio, logro leer lo que decía el tal cartelito:
TODAVÍA NADA.
Yo estaba en la azotea de mi casa (?) saltando a la cuerda (?). Solía tener una linda vista al Parque de los Aliados (?), que quedaba cruzando la manzana, mirando hacia atrás. Pero, del otro lado de la manzana habían terminado de construir un enorme edificio que tapaba casi toda la vista, menos un filito a la izquierda. Ese edificio no tenía ventanas hacia mi lado, ni a los costados, pero veo un letrerito en la pared trasera, por allá arriba, que no logro leer. Parecía un letrerito como los de 'Prohibido fumar', chiquito y tenía claramente dos palabras, pero no las puedo descifrar. Hago de todo, pero no hay caso, no lo leo. Con cuerda y todo, me trepo a un cubo (probablemente el altillo de mi casa, porque quedaba sobre 'nuestro' terreno). Desde ahi, poniéndome la mano en un ojo tipo telescopio, logro leer lo que decía el tal cartelito:
TODAVÍA NADA.
Wednesday, June 27, 2012
psik, más moderno
2012 Psiquiatra. La historia con el narigón de N.York es bastante más divertida. A ver.
Por supuesto, con mi depresión bajo control, medicada, claro. Y ahí le cuento de mi hijo Gastón y el desastre que fue (ahora el niño está en Brasil en un curso de Economía, en abril tiene que dar dos seminarios, uno en Oxford y otro en Barcelona, y mandó las solicitudes de admisión al doctorado en las dos universidades. No lo puedo creer. Sentó cabeza, o sea 'puso la cabeza en el lugar del culo', ya que no le veo otra interpretación al dicho).
Y Flora, mi hija, que anduvo con otro ataque de chifladura (sale a la madre) y no salía de la casa más que para ir a comprar comida de vez en cuando, pero ahora me cuenta que un día tenía hambre, la casa estaba pelada, y se hizo una sopa de agua con kétchup, porque no podía ni vestirse para bajar al supermercado... En fin. O sea 'najes fun kinder' (alegrías que dan los hijos. No puedo traducir bien 'najes'). Y el psiquiatra que la atiende en N.York le dijo que aparentemente tenía ADD (attention deficit disorder) y yo creo que no es eso sino todo lo contrario (!!!), pero a ella le pareció bien el diagnóstico y toma una cierta medicación (por lo que llegó a pesar 42 kilos)...
Mi psiquiatra, que obviamente NO conoce a Flora y todo lo que sabe es a través de mi interpretación de lo que ella me contó - o sea que no tiene que creer en absolutamente nada - , me dijo muy preocupado -“pero el psiquiatra de ella se equivocó! Flora no tiene ADD!”- y lo miré medio riendo y le dije que -¿cómo sabe?- que esa era mi opinión, pero que me la guardaba en el bolsillo porque no puedo saber si es verdad y no puedo decirle a otra persona – y sobre todo a una hija- que su psiquiatra no ‘me’ sirve y que se tiene que buscar uno nuevo. Y para explicárselo, agregué -“Ah, sí, y Ud. ¿se animaría a decirle a alguna de sus propias hijas que tiene que cambiar de psiquiatra? ¿Y piensa que ella le haría caso?”- Y ahí pensé que el ejemplo era malo, porque tal vez los hijos de él, dado que el propio padre era psiquiatra, en estas cuestiones le darían algo más de pelota que los míos a mí.
Pero él no entendió mi 'Ud. se animaría a decirle a su hija ...algo?' y reaccionó de manera extraña, con un -“No, yo no tengo hijos. Todavía”-. Lo miré con un 'y a mí qué me importa'. No le pregunté más nada, pero él igual reaccionó diciendo "Pero estamos tratando de quedar embarazados". Le contesté "Felicitaciones y adelante!" con tono totalmente irónico, (hasta en inglés) y él creyó entender vaya a saber qué y me dice 'Ah, no, es que mi esposa es mucho más joven que yo!' (nunca se me habia ocurrido ni siquiera pensar en qué edad tendría él, ni sabía si estaba casado, ni me importa en absoluto).
Como lo veo una vez c/4 meses (para rellenar la medicación y nada más, porque ya desde hace 7 años que no caigo en pozos ni en ataques de rabia ni me preocupan demasiado las cosas que fallan, ni lo que hacen mis hijos cuando la cosa no pasa por mí), la vez siguiente me olvidé, y como 12 meses después, delicadamente, le pregunté si le había servido de algo el régimen de 'estamos tratando de quedar embarazados', y muy contento dijo que sí, y que ya tenían una niña de 3 meses, que la mujer había quedado embarazada enseguida, cosa que lo sorprendió mucho y alivió a ambos... y que ahora comprende un poco mejor a los pacientes que vienen y se quejan de que no pueden más con un bebé en la casa. Tanto detalle me dio un ataque de risa, y le volví a recalcar, delicadamente, que poco me importaba, pero me reí tanto que debió haber pensado que sí, ya que un par de sesiones más adelante, me alegró la vida explicándome que ya estaba el segundo en camino.
Y ahora tiene dos niñas y se duerme durante las sesiones. Los pacientes nos lo tenemos merecido.
Por supuesto, con mi depresión bajo control, medicada, claro. Y ahí le cuento de mi hijo Gastón y el desastre que fue (ahora el niño está en Brasil en un curso de Economía, en abril tiene que dar dos seminarios, uno en Oxford y otro en Barcelona, y mandó las solicitudes de admisión al doctorado en las dos universidades. No lo puedo creer. Sentó cabeza, o sea 'puso la cabeza en el lugar del culo', ya que no le veo otra interpretación al dicho).
Y Flora, mi hija, que anduvo con otro ataque de chifladura (sale a la madre) y no salía de la casa más que para ir a comprar comida de vez en cuando, pero ahora me cuenta que un día tenía hambre, la casa estaba pelada, y se hizo una sopa de agua con kétchup, porque no podía ni vestirse para bajar al supermercado... En fin. O sea 'najes fun kinder' (alegrías que dan los hijos. No puedo traducir bien 'najes'). Y el psiquiatra que la atiende en N.York le dijo que aparentemente tenía ADD (attention deficit disorder) y yo creo que no es eso sino todo lo contrario (!!!), pero a ella le pareció bien el diagnóstico y toma una cierta medicación (por lo que llegó a pesar 42 kilos)...
Mi psiquiatra, que obviamente NO conoce a Flora y todo lo que sabe es a través de mi interpretación de lo que ella me contó - o sea que no tiene que creer en absolutamente nada - , me dijo muy preocupado -“pero el psiquiatra de ella se equivocó! Flora no tiene ADD!”- y lo miré medio riendo y le dije que -¿cómo sabe?- que esa era mi opinión, pero que me la guardaba en el bolsillo porque no puedo saber si es verdad y no puedo decirle a otra persona – y sobre todo a una hija- que su psiquiatra no ‘me’ sirve y que se tiene que buscar uno nuevo. Y para explicárselo, agregué -“Ah, sí, y Ud. ¿se animaría a decirle a alguna de sus propias hijas que tiene que cambiar de psiquiatra? ¿Y piensa que ella le haría caso?”- Y ahí pensé que el ejemplo era malo, porque tal vez los hijos de él, dado que el propio padre era psiquiatra, en estas cuestiones le darían algo más de pelota que los míos a mí.
Pero él no entendió mi 'Ud. se animaría a decirle a su hija ...algo?' y reaccionó de manera extraña, con un -“No, yo no tengo hijos. Todavía”-. Lo miré con un 'y a mí qué me importa'. No le pregunté más nada, pero él igual reaccionó diciendo "Pero estamos tratando de quedar embarazados". Le contesté "Felicitaciones y adelante!" con tono totalmente irónico, (hasta en inglés) y él creyó entender vaya a saber qué y me dice 'Ah, no, es que mi esposa es mucho más joven que yo!' (nunca se me habia ocurrido ni siquiera pensar en qué edad tendría él, ni sabía si estaba casado, ni me importa en absoluto).
Como lo veo una vez c/4 meses (para rellenar la medicación y nada más, porque ya desde hace 7 años que no caigo en pozos ni en ataques de rabia ni me preocupan demasiado las cosas que fallan, ni lo que hacen mis hijos cuando la cosa no pasa por mí), la vez siguiente me olvidé, y como 12 meses después, delicadamente, le pregunté si le había servido de algo el régimen de 'estamos tratando de quedar embarazados', y muy contento dijo que sí, y que ya tenían una niña de 3 meses, que la mujer había quedado embarazada enseguida, cosa que lo sorprendió mucho y alivió a ambos... y que ahora comprende un poco mejor a los pacientes que vienen y se quejan de que no pueden más con un bebé en la casa. Tanto detalle me dio un ataque de risa, y le volví a recalcar, delicadamente, que poco me importaba, pero me reí tanto que debió haber pensado que sí, ya que un par de sesiones más adelante, me alegró la vida explicándome que ya estaba el segundo en camino.
Y ahora tiene dos niñas y se duerme durante las sesiones. Los pacientes nos lo tenemos merecido.
Monday, June 25, 2012
Duda de elección de pareja
Duda. Cómo elegir y mantener pareja, mezclado con el racismo y otros -ismos.
En una sociedad, ser parte de una minoría, ¿te convierte automáticamente en una persona menos racista/sectaria/intolerante (¿hay alguna palabra en español que signifique todo eso junto?)? Como buena inocente, yo pensaba que sí. Un judío no puede ser racista. ¡Ja! Ahora ya me resigné a que, por supuesto, puede. Es parte del ser humano el mirar con cara rara al ‘otro’ (dijeran los antropólogos) y pertenecer a un grupo perseguido, no te salva. A ver… Traté de analizar cómo me funcionaba la cabeza, a partir de un detalle como el que sigue:
Hace unos años me preocupaba que mi hijo fuera homosexual por lo difícil que sería para él conseguir pareja que realmente funcione bien – sin un ‘me tengo que conformar’, o ‘no debo ser tan exigente’. Dentro de la población general los homosexuales tienen menos oportunidades de encontrar pareja interesante dado que los porcentajes no los favorecen. Supongamos que la cantidad de homosexuales sea el 10% de la población – que es lo que ellos sugieren (cifra no verificada). Los heterosexuales son el 90%. Un hombre heterosexual tiene para elegir una entre todas las heterosexuales del sexo opuesto (eliminemos las de edad no propicia, más las ya en pareja o las simplemente desinteresadas). De todos modos, la cifra es bastante alta.
Pero entre ese 10% de homosexuales (5% hombres, 5% mujeres), a mi hijo le queda formar pareja con alguien de solamente ese 5% de la población. Como además tiene que encontrarlo entre la gente que conoce, que no es tanta, no es un resultado alentador.
Pero me puse a pensar si la cifra de ‘muchos’ entre heterosexuales es realmente correcta. Para los hombres, la respuesta es fácil: cualquiera que tenga tetas, sirve. Para las mujeres es más complicado – no nos guiamos por bultos a la vista. Y para mí, aunque sin pretensiones objetivas exageradas pero bastante constreñidas en lo social, podría ser más difícil aún. Ahí empecé a preguntarme cuántos de los porcentualmente aceptables, me servirían como pareja. Al plantearme esa pregunta, y responderla, dejé de entender cómo me pude casar aunque fuera una sola vez. Soy insoportable.
Claramente, nadie puede considerar como pareja probable a todo el mundo del sexo opuesto y en condición de libertad. Tal vez no todos acepten esto, pero yo sí. No quiero aparecer presumida, sino sincera. Hay que decantar. ¿Dónde empiezo con las eliminatorias? Política, religión, clase social, etc.
1) Bueno, personalmente empiezo por la política - tema sobre el cual, sin discusión, no veo posibilidad de aparearme con un ajeno. No podría tener nada en común con alguien de derecha. Punto. No me imagino ni dos minutos la vida con un reaccionario que pueda estar de acuerdo con golpes militares, que crea que las guerras organizadas por los EEUU en el mundo sean legítimas, o que piense que los gobiernos deban desentenderse de los pobres (me parece que en esta bolsa meto a los anarquistas también, pero es cosa de discutir). La derecha, afuera. O sea que ya eliminé por lo menos a la mitad de los posibles.
2) Vayamos a la izquierda. ¿Pero qué izquierda? Ultras, no. No puedo definir qué es ser ‘ultra’, pero los reconozco cuando los veo (como el famoso dicho sobre la pornografía). No me imagino vivir con alguien que cree que por el hecho de que al fin él se dio cuenta de las desigualdades sociales, su sola intervención va a hacer que ese tema se resuelva mañana de mañana. No hay hombre (ni mujer, por supuesto, pero como soy mujer, hablo de los hombres) que me pueda convencer que con esas ideas, puede ser pareja para mí. En mi modo de pensar, para todo lo que sea cambiar el mundo hay que romperse durante muchos años. Y en plural, no en singular. En masa. Magia no hay.
Bueno, eliminé la ultra izquierda. Quedan los del medio. Los livianamente llamados troskos, bolches, socialatas, anarco-sindicalistas… No me meto a definirlos, porque no sé demasiado bien qué diferencias reales tienen ahora. Pero por ahí hay gente aceptable. O sea que todavía hay bastante entre quienes elegir. Pero… ¿terminó aquí mi problema? No, por supuesto que no.
3) Entonces sigamos: la religión. ¿Puedo enamorarme de alguien que cree que algo volando por ahí crea y dicta nuestra vida? No, de ninguna manera. No puedo ni imaginarme en convivir con un religioso, sea de la religión que sea, y escuchar constantemente las paparruchadas y supersticiones de los creyentes. Y por suerte, me estoy volviendo cada vez más intolerante. No puedo terminar de entender a alguien que crea que el mundo es tan complicado que no pudo evolucionar naturalmente y que entonces sea razonable pensar que ‘algo’ lo haya fabricado. Y que ese ‘algo’ tiene control sobre lo que cada uno de nosotros hace. Imposible.
Tengo amigos religiosos, pero también me falla bastante el respeto total hacia ellos. Uno es un buen amigo, cura católico, que vive en una reserva indígena en Montana. Estudiamos maya yucateca intensivo, juntos, en una clase de 3 personas, varias veces por semana, horas y horas por día, todo un año. Y pasamos muchas dificultades personales, ayudándonos en lo posible (lo hice ir a AA), pero me gustaría entenderlo más y no puedo. Llego hasta ahí y nada más. Decidimos no hablar sobre religión porque en menos de diez minutos, dejaríamos de ser amigos. O sea que ni siquiera damos nuestras opiniones. Soy su única amiga, judía, atea y boca sucia, lo que le resultó muy gracioso a su madre.
4) Bueno, liquidé a la derecha, la ultra-izquierda y la religión. ¿Entonces qué me queda? Un cierto grupo de izquierda, ni muy de un lado ni muy del otro, y recién ahí empieza la sub-selección. Digamos, me quedo con la gente que pertenece – o al menos es de ideología cercana - al grupo político en el cual yo creo. ¿Pero me sirven todos los humanos del sexo masculino de ese grupo?
5) Llego a algo molesto, como la clase social, o al menos cultural. Si no quiero ser falsa conmigo misma, tengo que admitir que no puede ser demasiado diferente de la mía (ojo, dije ‘demasiado’ y no ‘un poco’). No me imagino mantener conversaciones diarias con alguien de clase muy alta, ni de clase muy baja (y esto me disgusta de mí, pero prometí no mentirme. ¿Seré tan presumida?). Tal vez, pero creo que la explicación es bastante simple: sucede que no conozco gente fuera de mis grupos de contacto. Y mis grupos están integrados por personas que tienen algo en común conmigo. Parece obvio. Tengo amigos de todo nivel, por supuesto, pero para pareja, ya es distinto. En realidad, admito que tenemos que tener un nivel sociocultural bastante parecido.
6) Y así, eliminando y eliminando, igual parecía que quedaba aún un sólido grupo propicio. Pero si agrego: ‘debe ser judío’- por eso de compartir códigos- ahí hay un sub-grupo dentro de los judíos con quienes sé que no puedo estar de acuerdo. Simplemente, no puedo entenderme con los sionistas. Y mucho menos, vivir con uno.
Para tener una base en común y el humor compartido durante más de 30 años de colectividad, los únicos que aparentemente me quedaban eran los miembros del Zhitlovsky, institución a la que fui desde nacida (e incluso antes). Por haber nacido dentro de esa colectividad, nunca me hizo falta buscar amigos afuera. Nací ya con amigos. No estoy segura si esto nos benefició o fue lo contrario. De chica, eso fue bueno. De adulta, ya no tanto. Hay mucha gente en el mundo exterior. Sin embargo, mis amigos de la infancia se casaron entre sí. Casi todos armaron pareja con alguien a quien conocían desde niños. Alguna razón habrá.
¿Entonces, como pareja, tenía que ser sólo alguien del Zhitlovsky? ¿Será cierto? Obviamente no, porque recién ahí empezaban las diferencias personales, los gustos, el humor, la manera de actuar y al fin (o no tan al fin), lo físico. Y eso tan vago que se llama ‘amor’.
Y entonces empecé a casarme. Mi primer marido tenía las cualidades necesarias, aunque no era uruguayo (cosa que aparentemente no es una prohibición) sino argentino. El segundo, aparentemente, las tenía todas, inclusive pertenecer al Zhitlovsky, pero la pareja tampoco fue duradera. La época del golpe en Uruguay destrozó muchas parejas razonables.
Y entonces, ¿no había más nadie ‘aceptable’ entre mis conocidos? Siempre fui parte de otros grupos interesantes, sobretodo en épocas de estudiar arquitectura, pero no había caso, eso no me llamaba la atención.
No nos atrae cualquier amigo, por más cercano que sea ni por más que ‘pensemos igual’.
(Esto me lleva a una dudosa anécdota personal, relacionada a Varlotta/Levrero. Un día, estando yo de visita en su casa, aparece un amigo que aparentemente venía a hablar con Jorge. Todo el mundo, cuando tenía líos interiores o exteriores, problemas de pareja, angustias existenciales, chifladuras de todo tipo, iba a la casa de él a soltarlos. Era una casa de locos, dirigida por el loco mayor, que era el mismo Jorge. El amigo entra y Jorge me lo presenta con un "y éste es Manuel D., el mejor escritor del mundo, pero el muy imbécil se dedica a la biología". Yo estaba, sin saber por qué, de pantalón amarillo ajustado y camiseta naranja, con un escote más allá del puritanismo. El tal Manuel D., a punto de irse a Brasil a trabajar, decidió mostrarme un libro que llevaba encima, con unas feroces arañas peludas – no me vengan con interpretaciones tontas. Eran realmente arañas – y yo puse cara de interés. Un tiempito después, Jorge recibía una carta de él desde Brasil diciendo que “aún recordaba la pechuga de la snob y botarate Elisa S.” Textualmente, ‘snob y botarate’. Me fascinó que alguien recordara mi pechuga – casi inexistente por cierto - y no mi largamente elogiado cerebro juvenil (y todo porque sacaba buenas calificaciones en los estudios y nada más que eso. Ser “la mejor de la clase” no es sinónimo de ser ‘inteligente’. No sé definir “inteligencia”, de todos modos. Si alguien lo sabe, por favor, avísenme).
Cuando vi a ese amigo la vez siguiente, meses más tarde, y ya ambos aparentemente en plena búsqueda –aunque yo seguía sin darme cuenta- y con intención de charlar, fuimos a un café. Y ahí dije inmediatamente algo, totalmente fuera de contexto que, si él hubiera sido sensato, me tendría que haber descartado sin más: -“Sí, soy amiga de Jorge, pero mirá que yo pienso como vos-“.
¿Qué otra idiota diría ‘yo pienso como vos’, para sugerir línea política, años de estudio y demás? Evidentemente, la tontera me sentaba bien. Y lo de ‘botarate’ era muy generoso en comparación con la realidad.
Muchos años después, ese amigo y yo, ya casados desde hace 36 años y con hijos, y toda una vida juntos que tuvimos hasta ahora, nos reímos al recordar esas primeras conversaciones. El hecho es que, aparentemente, Manuel tenía todas las cualidades que lo hacían digno. Todas, menos ser judío. Claramente, eso para mí no tuvo ni la menor importancia. No digo que no me lo planteé como problema, pero lo descarté en menos de 30 segundos.
Estas disquisiciones me empezaron a convencer que soy rígida, intolerante y feroz, y que no debería haber sido posible para mí conseguir ni un solo marido, ni mucho menos los tres razonables que me tocaron en suerte.
El resultado del proceso me lleva a pensar que, en realidad, mi hijo no está en peor situación que la mía ni de la de cualquiera de nosotros. Seguramente, al tener menos población elegible, la tolerancia es mucho mayor y ni siquiera la siente como tolerancia. A él no le molestaría pasar la vida con alguien que fuera religioso – y tal vez él mismo tiene una veta espiritual- , e incluso que no fuera realmente politizado. Veo que nada de eso entra en sus cálculos. Las cualidades que él busca en una pareja no se parecen en nada a las mías. Y de hecho, su homosexualidad lo hace más interesante como persona. ¿Será posible? ¿Todo termina en una balancita y acomodamos los platillos tanto como sea necesario?
Y en cuanto al racismo, seguimos sintiendo que hay gente diferente a nosotros, que no todos somos iguales, pero que tenemos que abrirnos un poco de ese camino demasiado marcado por el Zhitlovsky. Tal vez tengamos que dar un pasito por día, ¡pero darlo!
Lo que más me interesa de mi vida en los EEUU fue haber podido encontrar tantos inmigrantes, gente de todo el globo, de culturas tan dispares que ni se nos pasan por la imaginación y que, como solía decir una vecina amiga, hindú, con matrimonio arreglado por su padres, ‘todas las personas tienen algo por lo cual podemos quererlas’.
En una sociedad, ser parte de una minoría, ¿te convierte automáticamente en una persona menos racista/sectaria/intolerante (¿hay alguna palabra en español que signifique todo eso junto?)? Como buena inocente, yo pensaba que sí. Un judío no puede ser racista. ¡Ja! Ahora ya me resigné a que, por supuesto, puede. Es parte del ser humano el mirar con cara rara al ‘otro’ (dijeran los antropólogos) y pertenecer a un grupo perseguido, no te salva. A ver… Traté de analizar cómo me funcionaba la cabeza, a partir de un detalle como el que sigue:
Hace unos años me preocupaba que mi hijo fuera homosexual por lo difícil que sería para él conseguir pareja que realmente funcione bien – sin un ‘me tengo que conformar’, o ‘no debo ser tan exigente’. Dentro de la población general los homosexuales tienen menos oportunidades de encontrar pareja interesante dado que los porcentajes no los favorecen. Supongamos que la cantidad de homosexuales sea el 10% de la población – que es lo que ellos sugieren (cifra no verificada). Los heterosexuales son el 90%. Un hombre heterosexual tiene para elegir una entre todas las heterosexuales del sexo opuesto (eliminemos las de edad no propicia, más las ya en pareja o las simplemente desinteresadas). De todos modos, la cifra es bastante alta.
Pero entre ese 10% de homosexuales (5% hombres, 5% mujeres), a mi hijo le queda formar pareja con alguien de solamente ese 5% de la población. Como además tiene que encontrarlo entre la gente que conoce, que no es tanta, no es un resultado alentador.
Pero me puse a pensar si la cifra de ‘muchos’ entre heterosexuales es realmente correcta. Para los hombres, la respuesta es fácil: cualquiera que tenga tetas, sirve. Para las mujeres es más complicado – no nos guiamos por bultos a la vista. Y para mí, aunque sin pretensiones objetivas exageradas pero bastante constreñidas en lo social, podría ser más difícil aún. Ahí empecé a preguntarme cuántos de los porcentualmente aceptables, me servirían como pareja. Al plantearme esa pregunta, y responderla, dejé de entender cómo me pude casar aunque fuera una sola vez. Soy insoportable.
Claramente, nadie puede considerar como pareja probable a todo el mundo del sexo opuesto y en condición de libertad. Tal vez no todos acepten esto, pero yo sí. No quiero aparecer presumida, sino sincera. Hay que decantar. ¿Dónde empiezo con las eliminatorias? Política, religión, clase social, etc.
1) Bueno, personalmente empiezo por la política - tema sobre el cual, sin discusión, no veo posibilidad de aparearme con un ajeno. No podría tener nada en común con alguien de derecha. Punto. No me imagino ni dos minutos la vida con un reaccionario que pueda estar de acuerdo con golpes militares, que crea que las guerras organizadas por los EEUU en el mundo sean legítimas, o que piense que los gobiernos deban desentenderse de los pobres (me parece que en esta bolsa meto a los anarquistas también, pero es cosa de discutir). La derecha, afuera. O sea que ya eliminé por lo menos a la mitad de los posibles.
2) Vayamos a la izquierda. ¿Pero qué izquierda? Ultras, no. No puedo definir qué es ser ‘ultra’, pero los reconozco cuando los veo (como el famoso dicho sobre la pornografía). No me imagino vivir con alguien que cree que por el hecho de que al fin él se dio cuenta de las desigualdades sociales, su sola intervención va a hacer que ese tema se resuelva mañana de mañana. No hay hombre (ni mujer, por supuesto, pero como soy mujer, hablo de los hombres) que me pueda convencer que con esas ideas, puede ser pareja para mí. En mi modo de pensar, para todo lo que sea cambiar el mundo hay que romperse durante muchos años. Y en plural, no en singular. En masa. Magia no hay.
Bueno, eliminé la ultra izquierda. Quedan los del medio. Los livianamente llamados troskos, bolches, socialatas, anarco-sindicalistas… No me meto a definirlos, porque no sé demasiado bien qué diferencias reales tienen ahora. Pero por ahí hay gente aceptable. O sea que todavía hay bastante entre quienes elegir. Pero… ¿terminó aquí mi problema? No, por supuesto que no.
3) Entonces sigamos: la religión. ¿Puedo enamorarme de alguien que cree que algo volando por ahí crea y dicta nuestra vida? No, de ninguna manera. No puedo ni imaginarme en convivir con un religioso, sea de la religión que sea, y escuchar constantemente las paparruchadas y supersticiones de los creyentes. Y por suerte, me estoy volviendo cada vez más intolerante. No puedo terminar de entender a alguien que crea que el mundo es tan complicado que no pudo evolucionar naturalmente y que entonces sea razonable pensar que ‘algo’ lo haya fabricado. Y que ese ‘algo’ tiene control sobre lo que cada uno de nosotros hace. Imposible.
Tengo amigos religiosos, pero también me falla bastante el respeto total hacia ellos. Uno es un buen amigo, cura católico, que vive en una reserva indígena en Montana. Estudiamos maya yucateca intensivo, juntos, en una clase de 3 personas, varias veces por semana, horas y horas por día, todo un año. Y pasamos muchas dificultades personales, ayudándonos en lo posible (lo hice ir a AA), pero me gustaría entenderlo más y no puedo. Llego hasta ahí y nada más. Decidimos no hablar sobre religión porque en menos de diez minutos, dejaríamos de ser amigos. O sea que ni siquiera damos nuestras opiniones. Soy su única amiga, judía, atea y boca sucia, lo que le resultó muy gracioso a su madre.
4) Bueno, liquidé a la derecha, la ultra-izquierda y la religión. ¿Entonces qué me queda? Un cierto grupo de izquierda, ni muy de un lado ni muy del otro, y recién ahí empieza la sub-selección. Digamos, me quedo con la gente que pertenece – o al menos es de ideología cercana - al grupo político en el cual yo creo. ¿Pero me sirven todos los humanos del sexo masculino de ese grupo?
5) Llego a algo molesto, como la clase social, o al menos cultural. Si no quiero ser falsa conmigo misma, tengo que admitir que no puede ser demasiado diferente de la mía (ojo, dije ‘demasiado’ y no ‘un poco’). No me imagino mantener conversaciones diarias con alguien de clase muy alta, ni de clase muy baja (y esto me disgusta de mí, pero prometí no mentirme. ¿Seré tan presumida?). Tal vez, pero creo que la explicación es bastante simple: sucede que no conozco gente fuera de mis grupos de contacto. Y mis grupos están integrados por personas que tienen algo en común conmigo. Parece obvio. Tengo amigos de todo nivel, por supuesto, pero para pareja, ya es distinto. En realidad, admito que tenemos que tener un nivel sociocultural bastante parecido.
6) Y así, eliminando y eliminando, igual parecía que quedaba aún un sólido grupo propicio. Pero si agrego: ‘debe ser judío’- por eso de compartir códigos- ahí hay un sub-grupo dentro de los judíos con quienes sé que no puedo estar de acuerdo. Simplemente, no puedo entenderme con los sionistas. Y mucho menos, vivir con uno.
Para tener una base en común y el humor compartido durante más de 30 años de colectividad, los únicos que aparentemente me quedaban eran los miembros del Zhitlovsky, institución a la que fui desde nacida (e incluso antes). Por haber nacido dentro de esa colectividad, nunca me hizo falta buscar amigos afuera. Nací ya con amigos. No estoy segura si esto nos benefició o fue lo contrario. De chica, eso fue bueno. De adulta, ya no tanto. Hay mucha gente en el mundo exterior. Sin embargo, mis amigos de la infancia se casaron entre sí. Casi todos armaron pareja con alguien a quien conocían desde niños. Alguna razón habrá.
¿Entonces, como pareja, tenía que ser sólo alguien del Zhitlovsky? ¿Será cierto? Obviamente no, porque recién ahí empezaban las diferencias personales, los gustos, el humor, la manera de actuar y al fin (o no tan al fin), lo físico. Y eso tan vago que se llama ‘amor’.
Y entonces empecé a casarme. Mi primer marido tenía las cualidades necesarias, aunque no era uruguayo (cosa que aparentemente no es una prohibición) sino argentino. El segundo, aparentemente, las tenía todas, inclusive pertenecer al Zhitlovsky, pero la pareja tampoco fue duradera. La época del golpe en Uruguay destrozó muchas parejas razonables.
Y entonces, ¿no había más nadie ‘aceptable’ entre mis conocidos? Siempre fui parte de otros grupos interesantes, sobretodo en épocas de estudiar arquitectura, pero no había caso, eso no me llamaba la atención.
No nos atrae cualquier amigo, por más cercano que sea ni por más que ‘pensemos igual’.
(Esto me lleva a una dudosa anécdota personal, relacionada a Varlotta/Levrero. Un día, estando yo de visita en su casa, aparece un amigo que aparentemente venía a hablar con Jorge. Todo el mundo, cuando tenía líos interiores o exteriores, problemas de pareja, angustias existenciales, chifladuras de todo tipo, iba a la casa de él a soltarlos. Era una casa de locos, dirigida por el loco mayor, que era el mismo Jorge. El amigo entra y Jorge me lo presenta con un "y éste es Manuel D., el mejor escritor del mundo, pero el muy imbécil se dedica a la biología". Yo estaba, sin saber por qué, de pantalón amarillo ajustado y camiseta naranja, con un escote más allá del puritanismo. El tal Manuel D., a punto de irse a Brasil a trabajar, decidió mostrarme un libro que llevaba encima, con unas feroces arañas peludas – no me vengan con interpretaciones tontas. Eran realmente arañas – y yo puse cara de interés. Un tiempito después, Jorge recibía una carta de él desde Brasil diciendo que “aún recordaba la pechuga de la snob y botarate Elisa S.” Textualmente, ‘snob y botarate’. Me fascinó que alguien recordara mi pechuga – casi inexistente por cierto - y no mi largamente elogiado cerebro juvenil (y todo porque sacaba buenas calificaciones en los estudios y nada más que eso. Ser “la mejor de la clase” no es sinónimo de ser ‘inteligente’. No sé definir “inteligencia”, de todos modos. Si alguien lo sabe, por favor, avísenme).
Cuando vi a ese amigo la vez siguiente, meses más tarde, y ya ambos aparentemente en plena búsqueda –aunque yo seguía sin darme cuenta- y con intención de charlar, fuimos a un café. Y ahí dije inmediatamente algo, totalmente fuera de contexto que, si él hubiera sido sensato, me tendría que haber descartado sin más: -“Sí, soy amiga de Jorge, pero mirá que yo pienso como vos-“.
¿Qué otra idiota diría ‘yo pienso como vos’, para sugerir línea política, años de estudio y demás? Evidentemente, la tontera me sentaba bien. Y lo de ‘botarate’ era muy generoso en comparación con la realidad.
Muchos años después, ese amigo y yo, ya casados desde hace 36 años y con hijos, y toda una vida juntos que tuvimos hasta ahora, nos reímos al recordar esas primeras conversaciones. El hecho es que, aparentemente, Manuel tenía todas las cualidades que lo hacían digno. Todas, menos ser judío. Claramente, eso para mí no tuvo ni la menor importancia. No digo que no me lo planteé como problema, pero lo descarté en menos de 30 segundos.
Estas disquisiciones me empezaron a convencer que soy rígida, intolerante y feroz, y que no debería haber sido posible para mí conseguir ni un solo marido, ni mucho menos los tres razonables que me tocaron en suerte.
El resultado del proceso me lleva a pensar que, en realidad, mi hijo no está en peor situación que la mía ni de la de cualquiera de nosotros. Seguramente, al tener menos población elegible, la tolerancia es mucho mayor y ni siquiera la siente como tolerancia. A él no le molestaría pasar la vida con alguien que fuera religioso – y tal vez él mismo tiene una veta espiritual- , e incluso que no fuera realmente politizado. Veo que nada de eso entra en sus cálculos. Las cualidades que él busca en una pareja no se parecen en nada a las mías. Y de hecho, su homosexualidad lo hace más interesante como persona. ¿Será posible? ¿Todo termina en una balancita y acomodamos los platillos tanto como sea necesario?
Y en cuanto al racismo, seguimos sintiendo que hay gente diferente a nosotros, que no todos somos iguales, pero que tenemos que abrirnos un poco de ese camino demasiado marcado por el Zhitlovsky. Tal vez tengamos que dar un pasito por día, ¡pero darlo!
Lo que más me interesa de mi vida en los EEUU fue haber podido encontrar tantos inmigrantes, gente de todo el globo, de culturas tan dispares que ni se nos pasan por la imaginación y que, como solía decir una vecina amiga, hindú, con matrimonio arreglado por su padres, ‘todas las personas tienen algo por lo cual podemos quererlas’.
Multiculturas en los EEUU
Multiculturas en los EEUU.
Una de las cosas más fascinantes para mí en este país es la multitud de grupos étnicos diferentes que aparentemente conviven, con o sin problemas.
Ayer en el gimnasio, donde mi vecina (que cumple 80 años en diciembre) y yo tenemos a medias un entrenador personal, había un hombre con cara furiosa levantando pesas y se le veía en el brazo un tatuaje de letras en el alfabeto hebreo/idish. Mi vecina se moría por saber qué decía, y yo vi las letras pero ni idea de la palabra total en hebreo. Lo que vi fue ‘d v d’. No pensé que fuera publicidad gratuita de películas para televisión, por lo que simplemente me acerqué y le pregunté. El tipo, que tenía aspecto fiero cuando tenía las pesas en el aire, resultó un buen muchacho que enseguida me preguntó si conozco ese alfabeto. Le dije que sí y me dijo que el tatuaje decía ‘dovid’, que era el nombre de su padre. Ah, bueno. Enseguida le pregunté de dónde era él. Esa pregunta es terriblemente común en los EEUU, pero casi desconocida en Uruguay, donde todo el mundo es de Montevideo, parece…
Me dijo que él era cruza (todos decimos lo mismo) porque su padre era húngaro israelí, su madre mexicana, él nació en – no puedo recordar el país, pero era lejos y nada relacionado a su familia – y su esposa es polaca pero cristiana. Difícil declarar ‘yo soy xx’.
Por supuesto me preguntó de dónde soy yo, y la cantinela es ‘nací en Uruguay, padres polacos judíos que emigraron en los años 20, y marido mitá español, mitá italiano, pero no judío’. Como ven, cuando alguien me pregunta de dónde soy, tampoco tengo una respuesta corta. Realmente, la mezcla de etnicidades, idiomas, culturas, da resultados interesantes.
Desde el gimnasio salí a dar un tour de arquitectura, cosa que suelo hacer los viernes. Como ese día me salvé porque había menos gente, ya que estaba en el centro decidí ‘ir de compras’.
El resultado es siempre el mismo: entro a muchísimas tiendas, me pruebo de todo y no compro nada, porque ni necesito ni me queda bien. Recuerden que aquí todos los lugares son sin empleados, - vos mismo buscás lo que querés y vas a los probadores, así que no jorobo a nadie con mi indecisión.
Y llego a un lugar interesante, donde venden todas las cosas de marca que, por falta de talles, no pudieron vender en la tienda pituca central. Como de costumbre estaba lleno de gente, con cola para entrar al vestidor. Hay además, grandes espejos por todos lados y ahí me veo a una musulmana, vestida con su armadura total, con una ranura a la altura de los ojos por la cual podía mirar. Estaba en la zona de vestidos de fiesta, y muy tranquilamente los agarraba de a uno, plateados, sin espalda ni tiradores, y se lo probaba delante del espejo. No pude entender si pensaba comprar y usar algo así (tendría que llamar a la policía para defenderse porque su familia la mataría de pura vergüenza), si lo usaría encima del atuendo negro, o tal vez debajo, para atraer a su marido con métodos bastante comerciales. Lo cierto es que no sabemos lo suficiente de otras culturas en el mundo.
Al volver, cerca de una esquina tengo delante a dos buenas señoras, una que apenas caminaba y la otra con un bastón para poder moverse. Las paso y enseguida escucho desde atrás unos gritos. Una de las señoras que se estaba cayendo hacia atrás (en una caída más bien lenta, tratando de no romperse la crisma), tenía encima un hombre, que estaba también cayendo con ella.
Desde el suelo, el hombre levantó los brazos al aire para que se viera que no trataba de hacer nada, y que todos los que llegamos corriendo a ayudar a ‘que un negro no le robara a una anciana blanca la cartera’, estábamos totalmente equivocados.
La señora desde el suelo se puso a gritar que todo estaba bien, que lo que había sucedido fue que al caer se le levantó el bastón y con el mango curvo enganchó la pierna de un señor – de edad mediana, negro – que estaba en la parada del ómnibus. Así enganchado se cayó, directamente encima de la señora. Me dio mucha vergüenza haber sido parte de la patota que lo primero que pensamos era lo tradicionalmente esperado. Negro ladrón, viejita blanca buena. Es que uno en este país aprende a ser racista.
Una de las cosas más fascinantes para mí en este país es la multitud de grupos étnicos diferentes que aparentemente conviven, con o sin problemas.
Ayer en el gimnasio, donde mi vecina (que cumple 80 años en diciembre) y yo tenemos a medias un entrenador personal, había un hombre con cara furiosa levantando pesas y se le veía en el brazo un tatuaje de letras en el alfabeto hebreo/idish. Mi vecina se moría por saber qué decía, y yo vi las letras pero ni idea de la palabra total en hebreo. Lo que vi fue ‘d v d’. No pensé que fuera publicidad gratuita de películas para televisión, por lo que simplemente me acerqué y le pregunté. El tipo, que tenía aspecto fiero cuando tenía las pesas en el aire, resultó un buen muchacho que enseguida me preguntó si conozco ese alfabeto. Le dije que sí y me dijo que el tatuaje decía ‘dovid’, que era el nombre de su padre. Ah, bueno. Enseguida le pregunté de dónde era él. Esa pregunta es terriblemente común en los EEUU, pero casi desconocida en Uruguay, donde todo el mundo es de Montevideo, parece…
Me dijo que él era cruza (todos decimos lo mismo) porque su padre era húngaro israelí, su madre mexicana, él nació en – no puedo recordar el país, pero era lejos y nada relacionado a su familia – y su esposa es polaca pero cristiana. Difícil declarar ‘yo soy xx’.
Por supuesto me preguntó de dónde soy yo, y la cantinela es ‘nací en Uruguay, padres polacos judíos que emigraron en los años 20, y marido mitá español, mitá italiano, pero no judío’. Como ven, cuando alguien me pregunta de dónde soy, tampoco tengo una respuesta corta. Realmente, la mezcla de etnicidades, idiomas, culturas, da resultados interesantes.
Desde el gimnasio salí a dar un tour de arquitectura, cosa que suelo hacer los viernes. Como ese día me salvé porque había menos gente, ya que estaba en el centro decidí ‘ir de compras’.
El resultado es siempre el mismo: entro a muchísimas tiendas, me pruebo de todo y no compro nada, porque ni necesito ni me queda bien. Recuerden que aquí todos los lugares son sin empleados, - vos mismo buscás lo que querés y vas a los probadores, así que no jorobo a nadie con mi indecisión.
Y llego a un lugar interesante, donde venden todas las cosas de marca que, por falta de talles, no pudieron vender en la tienda pituca central. Como de costumbre estaba lleno de gente, con cola para entrar al vestidor. Hay además, grandes espejos por todos lados y ahí me veo a una musulmana, vestida con su armadura total, con una ranura a la altura de los ojos por la cual podía mirar. Estaba en la zona de vestidos de fiesta, y muy tranquilamente los agarraba de a uno, plateados, sin espalda ni tiradores, y se lo probaba delante del espejo. No pude entender si pensaba comprar y usar algo así (tendría que llamar a la policía para defenderse porque su familia la mataría de pura vergüenza), si lo usaría encima del atuendo negro, o tal vez debajo, para atraer a su marido con métodos bastante comerciales. Lo cierto es que no sabemos lo suficiente de otras culturas en el mundo.
Al volver, cerca de una esquina tengo delante a dos buenas señoras, una que apenas caminaba y la otra con un bastón para poder moverse. Las paso y enseguida escucho desde atrás unos gritos. Una de las señoras que se estaba cayendo hacia atrás (en una caída más bien lenta, tratando de no romperse la crisma), tenía encima un hombre, que estaba también cayendo con ella.
Desde el suelo, el hombre levantó los brazos al aire para que se viera que no trataba de hacer nada, y que todos los que llegamos corriendo a ayudar a ‘que un negro no le robara a una anciana blanca la cartera’, estábamos totalmente equivocados.
La señora desde el suelo se puso a gritar que todo estaba bien, que lo que había sucedido fue que al caer se le levantó el bastón y con el mango curvo enganchó la pierna de un señor – de edad mediana, negro – que estaba en la parada del ómnibus. Así enganchado se cayó, directamente encima de la señora. Me dio mucha vergüenza haber sido parte de la patota que lo primero que pensamos era lo tradicionalmente esperado. Negro ladrón, viejita blanca buena. Es que uno en este país aprende a ser racista.
Subscribe to:
Posts (Atom)