Saturday, July 8, 2017

Duchas con pierna rota

Duchas con una pierna rota.
Parece simple pero me exigió un gran entrenamiento y varias acciones para corregir el asunto. Nada, que con la pata rota, darse una ducha en una bañera obliga a una coordinación que suelo no tener.
1) Poner banquito en bañera seca, entrar con un pie pelado y el otro con la bota puesta, sacarme la bota ya dentro de la bañera, ponerla al costado, abrir el agua y maldecir por todo. Pensar en otras opciones.
2) Sentarme en el water/inodoro/taza/como-se-llame, pasar el traste lateralmente al borde de la bañera con el cuerpo plegado a la altura de la cintura, entrar la pierna sana, quedar a horcajadas con terror sin saber cómo seguir y al fin, con un pas de chat onda Lago de los Cisnes o hasta un vulgar plié pero sin mover los tobillos (eso es grave), levantar las piernas y el culo, cuerpo al aire, y en un único movimiento aterrizar en el banquillo de plástico que ya había metido en la bañera antes de siquiera intentar entrar. Pero recién ahí abrir el agua. Gran error.
3) Entrar y sentarse. Abrir la canilla, de espaldas, hasta que el agua salga por abajo aceptablemente caliente. Levantar el piripicho para que salga por la ducha y recibir en plena nuca el chorro helado del agua que queda entre la canilla de abajo y el duchero. Putear.
4) Reconocer el error, sacarme la bota afuera, quedarme parada en un pie, abrir la canilla, luego la ducha, conseguir que todo esté bien y cerrar todas las canillas. Recién ahí concretar el salto descrito previamente, para sentarme, abrir las llaves y lograr el agua calentita chorreando por todos lados. La vida es buena.
Salir no es más fácil. Digamos, es igual pero resbaloso.

Tuesday, June 20, 2017

Curandera

Curandera

Este es uno de los temas que me produjo una curiosidad malsana, de esas que te hacen buscar las causas, sin darme cuenta de que no hay que pensar tanto. Digamos, como en meditación, pensar y de inmediato borrarlo de la cabeza y concentrarse en la respiración.

Mi hermana (casi 15 años mayor que yo) tuvo un hijo cuando yo tenía 11 años y vivíamos todos en la misma casa. Grande sí, pero igual éramos muchos. En esa época, al menos en mi flia. los bebés tenían la obligación de irse a dormir todos los días, antes de caer el sol. Mi sobrinito era imposible. Comía bien, pero dormir, no, ni qué hablar. Todas las noches, a las 7, mi hermana entraba con él al dormitorio, lo alzaba y se empezaba a pasearse con él en brazos, canturreando por más de una hora. Ahí llegaba el relevo. Mi hermana salía cansada, con los ojos rojos de tanta oscuridad y entraba mi mamá, para repetir toda esta historia, noche tras noche.
“¡Qué horrible! El nene no se duerme antes de las 9!”

Yo, con mis 11 años y las pretensiones de sábelotodo propias de esa edad (en fin, me siguen hasta ahora), pregunté muy livianamente: “¿Y por qué no lo entran a acostar después de las 9 de la noche?” Recibí una mirada de odio profundo, ya que a los 11 años nadie debe tener razón ni lógica. Y seguían y seguían.

De repente, una noche en que mi sobrino estaba particularmente rompecocos, mi hermana y mi mamá lo emponchan y salen, no sé a donde. Y vuelven con el nene plácidamente dormido.

No entendí bien pero unos días después lo vuelven a hacer. Y ahí me animo a preguntar dónde carajo se van y la respuesta me dejó dura: “a la curandera”. Yo no podía creerlo: judíos, ateos, de izquierda… y creen en esas cosas.
Pregunté poco porque el horno no estaba como para bollos. Me miraban con cara de ‘si abrís la boca vuela una cachetada’.

El asunto empezó a suceder varias veces al mes. El nene, más una bolsa bajo el brazo con un pollo recién muerto (a veces era una bolsa de verduras, otra de carne - las curanderas no aceptan plata, pero comida está bien) y una caminata de 5 cuadras, para volver al ratito con el niño dormido como un ángel.

Ahí sí pregunté que cómo sabían cuándo llevarlo y la respuesta me aplastó más todavía: “Es cuando tiene el mal de ojo”. Me pareció imposible. Y encima me explicaron quién le echa ese mal de ojo al nene, pero con la condición de no decírselo a nadie. “Es la otra abuela”, dijeron. “Pero no por maldad, pero viene a ver al nene y lo ve tan divino, tan divino, que sin querer piensa cosas maravillosas y ahí ¡Zas! Lo ojea. Pero que ni se te ocurra decirle algo al padre del niño, porque si siente que acusan a su madre de algo así, nos mata”.

Parte de la religión/tradición judía es que nunca nos debemos alegrar ni quejarnos demasiado. Si nos alegramos, es fácil: Dios nos manda alguna desgracia. Si nos quejamos, nos va a mandar algo muchísimo peor, pa’que se enduquen. Como ven, ser judío no es fácil. Ni modo de ganarla.

La otra abuela era algo religiosa y cada vez que alguien decía algo bueno, ella hacía ‘pu, pu, pu’, escupiendo lateralmente para evitar esos desastres. Para todo hay métodos.

¡Pero mi familia no podía creer en esas cosas! Tanto ateísmo, totalmente al cuete. Mi papá estaba furioso con esas idas a la curandera pero se hacía el bobo. Pelear contra mi madre y mi hermana juntas, imposible. El viejo era un pragmático.

Mi teoría (si, llena de teorías a los 11 años) era que en el camino de vuelta, tanto mi madre como mi hermana se tranquilizaban y con la ayuda de esa buena señora del Conventillo Medio Mundo, que le hacía al nene la señal de la cruz y lo salpicaba con vaya a saber qué agua bendita, se calmaban tanto que al final el nene se dormía al no tener a dos mujeres contracturadas tratando de hacerlo dormir a prepo.

Mi problema era que esa señora era al menos, cristiana. O macumbera, pero más probablemente hasta se creía católica. Y ahí dejé de entender. ¿Qué hacían en el shtetl en Polonia? ¿Llevaban a los nenes a una goie polaca y cristiana? ¿Qué se sabe de esto?
Las relaciones entre judíos y polacos no era exactamente amigables, pero … Le hice esa pregunta a mi mamá y recibí una de esas miradas de congelador que me hacían cerrar la boca e irme a jugar con las muñecas. Nunca me contestó.

Alguna vez mi hermana me gritó: “Callate, ya vas a ver cuando tengas hijos, a ver si vas o no vas. Te puedo asegurar que vas a creer en el mal de ojo, el empacho, como tirar el cuerito y varias cosas más”. Como mis hijos nacieron lejos de Uruguay, nunca más escuché lo del mal de ojo mezclado con el poco dormir. Ni se me ocurrió que eso tenía siquiera una base de algún estilo explicable - salvo eso de tranquilizar a los padres.

Anduve intrigada muchos años pero busqué y no encontré nunca información acerca de esto. Creo que ni ahora Google la tiene. O al menos, no la busqué más.

Hace pocos años, apareció por Chicago a dar una charla un historiador israelí que se dedicaba a analizar esa relación en la Europa pre-guerra, entre judíos y los que los rodeaban (polacos, rusos, húngaros, rumanos, etc). Después de la charla, me animé a preguntarle si sabía algo de curanderismo y madres llevando bebés y me contestó que por lo que él estudió, había de todo. Que eso no debía sorprenderme, que era complicado y que si compraba su libro no encontraría la respuesta a esto pero sí otros temas que a él le parecían importantes.
Me sonó a charlatanería, lo mandé a la mierda y no compré el libro.


Huelga aclarar que nunca tuve necesidad de curanderas.

Monday, June 19, 2017

Mutualista, médicos y pacientes.

Mutualista, medicos y pacientes.

Por razones desconocidas, enfermarse daba como una especie de superioridad moral. Es que al fin uno se transformaba en alguien de quien había que preocuparse. Y todo el grupo al que mis padres y yo pertenecíamos iba a la Mutualista Israelita del Uruguay. Un lugar que empezó chico y se convirtió en una mutualista casi normal.

El edificio de esa Mutualista era ideal para las relaciones sociales de la colectividad. Quedaba en Goes, en ‘Joséleterra’ como llamábamos a esa calle. Se entraba por una escalera hasta llegar a lo que posiblemente fuera la taquilla de un antiguo teatro. Una media docena de empleadas, (entre ellas mi hermana) tenía como tarea mantener eso con un simulacro de organización. Esas empleadas, un grupo muy cerrado donde eran amigas y se divertían de lo lindo, lo único que tenían que tener como preparación era un notable conocimiento del idish, ya que lo debían usar con los pacientes que no siempre hablaban un español inteligible.

Siempre había muchísima gente porque era un sistema a dos pasos. Después de haber pedido lugar por teléfono, había que ir temprano. Las empleadas gritaban: ¡Para el doctor XX! Y un pelotón de gente corría para apilarse y recibir un número, supuestamente de acuerdo al orden que estaba en los cuadernos que dependía del momento en el que habían llamado por teléfono. Ese era el primer paso, pero no el último.
Ya en un estilo tipo lotería, las empleadas iban cantando los nombres de la lista, y recién ahí entregaban los números por orden de llegada para varios médicos, simultáneamente, y al fin, papelito en mano, había que ir a esperar al salón siguiente.

Medio piso para arriba encontrábamos una enorme habitación central, casi redonda, posiblemente la vieja platea, piso polvoriento de madera, donde se juntaban todos los enfermos, esperando la llamada para entrar a los compartimientos de los respectivos doctores. Esos compartimientos, llamados eufemísticamente ‘consultorios’ estaban al borde de esa sala, separados entre sí  por tabiques sin la menor aislación acústica, lo que generaba una sensación de pertenencia a una sociedad totalmente inesperada. Como no había necesidad de mantener males en secreto, esa configuración era ideal porque ahorraba el tiempo de dar explicaciones. Se escuchaba todo. A la vuelta había algunas habitaciones más, posiblemente los cambiadores para los viejos actores que pudieron haber pasado por allí alguna vez, ocupadas con máquinas de rayos X y algunos laboratorios intrigantes.

Los cuchitriles de consulta tenían puertas que abrían directamente a esa pieza central (nada de pasillos ni privacidad, por supuesto). Había todo tipo de médicos, pero que te pasaran a un especialista ya aumentaba tu nivel de importancia dentro de la comunidad, supongo que por lo que dije en el primer párrafo.

Los pacientes solían ser solidarios y mantenerse con un mismo médico al que adoraban. Los médicos, aunque quisieran sacarse a algún paciente de encima, no tenían mucha suerte. Difícil luchar contra la tenacidad. La única opción era pasarlos a un especialista, y no era tarea fácil.

Había médicos judíos y ‘uruguayos’ (no era elegante decir ‘goy/goyim’ y ‘uruguayo’ era el término genérico).
Como los nombres que no eran judíos no eran fáciles de recordar, la gente los había transformado en algo más mnemónico. O sea que entre Kalejshtein, Sisin, y Kogan, había otros que según documentos en realidad se llamaban Suárez Meléndez, Marizcurrena y Queirolo. ¿Pero quién puede pronunciar eso? Lo normal resultó: Mendl Svarez, Marcos Cureñe y Caroile. (Por favor, pronunciar esto con esa r gutural que tiene alguna zona del francés. No todos los que hablan idish la usan, pero sí la mayoría. Y para los que no saben idish, “Mendl” es un nombre muy común, así como todos los demás).

Mendl Svárez era el cirujano y cuando ya alguien tenía pase para él, ese paciente desbordaba de orgullo. ¡Había que aceptar que estaba realmente enfermo! Todos los pacientes lo abrazaban.
Marcos Cureñe también tenía una legión de admiradores que juraban que era ‘el que más sabía’.
Caroile - no recuerdo su especialidad - tenía como virtud ser tío de Germán (hola Germán Queirolo) y en su vida cometió un error: se hizo una casa en el Balneario La Tuna, a tres cuadras de la playa, sobre una calle que era el único acceso a la tal playa. Demasiados pacientes tenían casita en el mismo balneario y los fines de semana, ya que estábamos, todo el mundo le iba a romper los huevos. Culpa suya porque decía que una cañadita que cruzaba la playa y entraba al río ancho como mar, contenía yodo. Había que caminar por esa cañada hasta que los pies quedaran bien amarillos, y esa era la cura general, y ni los médicos ni las curanderas podían compararse a la tal. Y ahí íbamos, a teñirnos los pies. Lamentablemente, años más tarde, nos dimos cuenta que eso no era yodo sino simplemente óxido de hierro, con poca capacidad curativa. Pero el mito atrajo a demasiados socios a ese balneario.

Recuerdo una de mis consultas obligatorias de los domingos de mañana, en el chalet de Caroile. Mi mamá me llevó porque yo, milagrosamente, tenía diarrea. Digamos que eso me sucedía semanalmente desde que nací hasta el día de hoy, pero mi mamá no iba a dejar pasar una consulta gratis en medio del balneario. El Dr. Caroile escuchó pacientemente las explicaciones algo exhaustivas que mi madre le daba: cantidad, consistencia, color, aroma, etc. y le dijo: -Mire, le voy a dar el mejor remedio contra la diarrea. Compre una Salus, (interrupción de mi madre: “¿Puede ser Matutina? Es más barata”. “Si señora, y hasta Sirte si quiere”).  Ábrala y que ella (o sea yo) inmediatamente tome directo de la botella, con todas las burbujas que estén acumuladas-  ¿Se imaginan lo harto que debía estar ese buen hombre para darle a una nenita con diarrea una dosis de gas de botella que solamente empeoraría la situación? Todavía me río de ese recuerdo.

Hay cientos de anécdotas de Mutualista, y me gustaría que algunos de Uds. las contaran acá. Yo recuerdo vagamente algo como, en medio del apilamiento de gente para sacar número, se oye una rotunda voz de señora que le decía al marido: “Jeremías, ténme la cartera que voy a orinar”. Se escuchó hasta en Gral. Flores, a una cuadra de allí. (Gracias Leonardo, por ésta).
Otra vez, un paciente tenía que traer una muestra de feces. Entró con una cajita, la abrió en el mostrador rodeado de gente y preguntó:¿ “Así está bien”? Las empleadas tuvieron que salir corriendo por la risa que les dio el enorme sorete que contenía la cajita.

Una vez me encontré con un personaje querible, cuyo español era lamentablemente de lo peorcito. Cuando me vio, me dijo: “Hoy foy a ver a mi hija y salí a tomar un ómnibus. Tonces me caí, y vine acá per un riñón, pero no se hace”. Yo lo miré preocupada y le dije “Qué es eso del riñón? Se lastimó?”
Y me contestó: “No seas idiota. Te dije. Foy a ver a mi hija, subí a un ómnibus y vengo acá per un riñón pero no se hace!”. Tampoco entendí y le dije: “Moishe, qué le pasó en el riñón? Le duele? Le sangra?” y ahí escuché: “Vos nunca entendés nada. Vine aquí per un riñón de la comisión directiva pero no se hace!”

Hermosas épocas.






Friday, June 2, 2017

Una extraña historia de mi papá.

Los que lo conocieron, saben qué clase de personaje fue. Historias a granel. Entre ellas, alguien a quien quiero mucho (vieron esos amigos/as electrónicos con quienes hay ‘filin’ y aunque nuevos son amigos de siempre?). Bua, que me recordaron que una vez les conté algo bastante complicado, por no decir dudoso.

Mi papá, como buen relojero, tenía la mesita frente a la ventana en la calle Río Branco y estaba rodeado de relojes. De pulsera en armaritos, carrillones apoyados en las paredes y relojes cucú donde pudiera tenerlos (esto es una historia aparte).

Un día se abre la puerta del negocio y entra un hombre, hablando con mal acento en español, y dice que le dijeron que mi papá era el único que podría arreglarle el reloj (necesitaba piezas ya inexistentes que había que hacerlas a mano). Saca del bolsillo un enorme reloj, totalmente de oro macizo sostenido por una cadena gruesa, también de oro.

Mi papá mira al hombre y siente que le viene un chucho por la espalda y un temblor en todo el cuerpo. Reconoció a Mengele por las fotos. Parecía imposible, pero allí estaba. (Hay que imaginarse la alegría de Mengele - si realmente era él - cuando le dijeron que el único que podría arreglarle ese reloj era un tal Steinberg).

Casi sin poder respirar, empezó a pensar cómo hacer para que todo eso desapareciera y cómo negarse a un requerimiento de ese naturaleza. Empezó a sudar y todo lo que se le ocurrió fue decir: “Mire, no puedo tomar un reloj tan valioso sin saber si realmente es suyo o si es robado. Por favor, muéstreme su cédula de identidad”.  Mientras lo iba diciendo, se dio cuenta que eso era ridículo porque en la cédula no podría decir: Cabello: rubio. Ojos: azules. Reloj: oro. Pero fue todo lo que se le ocurrió.

Dice que el hombre lo miró con mala cara, agarró su reloj y se fue dando un portazo. Mi papá se sentó y ya no pudo seguir trabajando esa tarde. No sabía si creerse a sí mismo o no. Dudó ligeramente de su salud mental.


Al día siguiente el canillita trajo a casa “El Plata” que llegaba todas las mañanas casi junto con el “Unzer Fraint”. El titular de “El Plata” rezaba: MENGELE EN MONTEVIDEO.

Sunday, April 16, 2017

2017 tax-march

Un sábado en Chicago, de lo político tirando a lo surrealista.
El 15 de abril es el día que vence el pago de los impuestos a todo lo que alguien ganó en el año. Día temible que viene después de horas de juntar papeles, ver cuánto se puede descontar y hacerlo. Pero este es el año de Trump.
Por razones ininteligibles, todos los presidentes desde 1970 muestran los últimos 5 años de pago de impuestos. Se supone que esto demuestra ‘transparencia’. Bua, que Trump no es un presidente común, por lo tanto no mostró nada. Se sospecha que es porque en realidad no pagó nada, gracias a las manganetas que hace con sus negocios inmobiliarios, que le permiten demostrar que en realidad perdió plata por lo que no ganó nada que genere impuestos. Él declaró que eso demuestra su inteligencia. No se le puede negar.

Se había organizado desde hace unas semanas la ‘tax-march’ (marcha de los impuestos) en todas las ciudades grandes de los eeuu. El hecho de que esta misma semana Trump, de apuro, despachó 59 misiles a Siria y ‘la madre de todas las bombas’ inesperadas, no borró la razón de la marcha aunque aminoró un tanto su efecto de shock.

En Chicago, a las 11am, estaba citada la marcha en la plaza Daley (lugar normal de reuniones políticas). Había entre 2000 y 4000 personas (magnífico conteo del Chicago Tribune). Llegamos, vimos a los eternos viejos anarquistas vestidos como les parecía que mejor se burlaban de Trump, pero también mucha juventud, cosa que nos levanta el ánimo. Las pancartas que llevaba la gente eran todas hechas en casa, y denotaban el gran espíritu de magnanimidad y emoción que se siente.. Muchas decían simplemente “Fuck Trump”.

Anduvimos un rato buscando gente conocida (a veces sucede), hablaron muchos oradores y al mediodía se largó la manifestación, con total orden, policías amigables y música de tamboriles, que nos trae ciertos recuerdos.

Por supuesto me dio hambre y nos fuimos a comer a un lugar relativamente nuevo llamado ‘Latinicity’. El nombre no indica qué se come sino quién cocina en los diversos kioskos étnicos que ocupan todo un piso enfrente de la Plaza donde se realizó el acto. La comida se supone que es de todo el mundo, pero los que cocinan y atienden son absolutamente todos mexicanos (tal vez me equivoco y pueda haber algún venezolano, pero no importa).

Entramos y mientras yo me lanzaba al mostrador de comida china, Manuel se fue al de sushi. Por supuesto, no es necesario hablar en inglés. Ni una palabra. Lo intentamos pero ni ellos nos entendían ni nosotros a ellos. Mi mexicano de turno era dicharachero y divertido y el de Manuel también.

El mío no tardó nada en presentarme el pedido y avisarme que lo pusiera en la escudilla, para ir a buscar cubiertos y condimentos a una mesa que estaba por ahí. El de Manuel demoró más, por lo que fui, con escudilla y todo (supuse que era una ‘bandeja’ y creo que le emboqué) a reunirme con él. El mexicano de Manuel me saludó y al irnos me dijo: “Buen provecho, madre”. Casi se nos caen las escudillas.

Tuesday, October 18, 2016

Amigos de todo el mundo

Poca novedad, pero lo puse en Facebook.


Entre las varias chifladuras generadas por haber visto una sarta de Feliz Cumpleaños, tanto en FB público, como en mensajes privados, correos y llamadas telefónicas, se encuentra el poco original descubrimiento de cuánta gente diferente podemos conocer y querer en una vida bastante larga. Los firmantes no parecen tener absolutamente nada en común, y sin embargo…


Supongo que entre una de las ventajas de haber cambiado varias veces de marido, país y carrera, se encuentra la fauna amistosa que se va creando y agregando, por esos caminos del mundo.


La gente, cronológicamente: amigos del Zhitlovsky de antes y de siempre, compañera de banco de la escuela pública, amiguísimos de la etapa de liceo y Preparatorios de Ciencias Económicas, grupo de argentinos de mi primera estadía por allá - similares a los del Zhitlovsky y unos años de Facultad de Arquitectura de Buenos Aires, vuelta al Uruguay, recontra-amigos de Arquitectura en Montevideo, segunda tanda de amigos argentinos, viaje a los EEUU y allí/aquí, extranjeros que aparecen de todos lados.


Esto último me hizo conocer lo que nunca hubiera podido conseguir por el sur. No solamente amigos de Lingüística sino gente de todo el globo que fue a Chicago a estudiar eso mismo, vaya uno a saber por qué. No parece sensato, pero los hay y muchísimos.


Así, al barrer: amiga de Burundi (sí, casi puedo explicar algo de la diferencia entre Hutus y Tutzis), montones de chinos y japoneses, seguidos por hindúes de distintas castas (en realidad, no tan distintas. Los más pobres no llegan a los EEUU), paquistaníes (y la lucha entre India y Pakistán), latinos variopintos (puertorriqueña, guatemalteco, chilenos, mexicanos y varios españoles sueltos que seguramente no se consideran ‘latinos’), brasileros (idem), canadienses, europeos de todo calibre (de la ex-Yugoslavia que pasaron de trabajar en pronombres genéricos a especificar pronombres serbios, croatas y eslovenos, cosa que no puedo distinguir ni aunque me maten), checos, griegos, rusos, grupo de españoles que adoro, gente de Papua/New Guinea, esquimales, sordos y su idioma de signos y hasta nativos quasi normales de EEUU!


Entre estos nativos, debo reconocer a los muy cercanos: un cura católico que vive en una reserva de indígenas por el norte, una agente del FBI (mujer sensacional), algunos militantes políticos de países diferentes, y la emocionante reaparición, gracias a FB, de una tanda de gente de mi infancia viviendo en lugares delirantes (Australia, Israel, Japón, etc.).


No llego a ninguna conclusión interesante salvo el asombro de haber conocido a tantos geniales personajes y la alegría de haber aprendido algo de ellos (o eso espero).

Ahora, la eterna sensación. Una vez que me miro los pies y están en el suelo, podrían estar en cualquier lugar del mundo y serían esos mismos tan poco exóticos pies. Iguales a los pies de todos.

Monday, September 12, 2016

Holocausto y otras yerbas (otra vez pensando)

Dado que ayer fue Setiembre 11 (Allende en Chile en 1973, las torres gemelas en el 2001, Benghazi en el 2012) los diarios no nos permiten olvidar que ese día pasaron ‘cosas’.

Se me combinó con un artículo que leí hace poco, de alguien que recordaba lo que era en su casa el tema del Holocausto (O ‘der jurbn’, pero no ‘shoah’ ya que el hebreo moderno no había sido reinventado aún mientras sucedía).
¿Nuestros padres, hablaban de esto? ¿Cómo lo recordamos? Los padres y las madres lo hablaban igual o diferente?

Como es razonable, nuestros padres tenían visiones distintas de lo que habían vivido y de lo que debían contarle a sus hijos. Yo realmente no recuerdo a mi papá hablando de eso. Ya de más grande, me contó que la razón por la que tuve tíos y tías solamente de parte de mi mamá, es que TODA la familia de él había sido muerta en las cámaras de gas de un campo de concentración. Y también recuerdo que me dijo que estaba contento porque una primita mía de 7 años había muerto unos días antes de sarampión, por lo que se salvó del gas. Se lo dijo ‘un paisano’ de Brezne, que había sobrevivido ese campo y logró llegar a Uruguay. La culpa del sobreviviente no debe ser cosa fácil de llevar y hay que aferrarse a las alegrías que se puedan tener.

Mi mamá, en cambio, llegó a Uruguay con todos sus hermanos y hermanas (en un plazo de dos años habían logrado llegar los cinco). Tal vez eso la ayudó a sentirlo menos y a explicar más de lo necesario. Tampoco hablaba demasiado del tema, pero no le hacía ascos. ¿Cómo se le explica a una nueva generación lo que pasó en esos tiempos? ¿Cómo? Para mi, la guerra, siempre estuvo muy presente. El pesimismo siempre triunfa.

Digamos que en el Zhitlovsky tampoco recuerdo que se insistiera tanto en el tema (o lo borré). El Levantamiento del Ghetto de Varsovia del 19 de abril, eso sí porque era muestra de heroísmo. Me temo que los que construyeron el club no se sentían muy heroicos, precisamente por haber sobrevivido. Nunca digerí bien ese asunto. Seguramente algunos de los que lean esto, lo recordarán.

Las canciones de la ‘escuela idish’ (donde lo único que no necesitábamos aprender era idish, ya que eso se hablaba en las casas y lo teníamos como otro idioma nativo) nunca olvidaban el Himno de los Partisanos - que yo aparentemente siglos después se lo cantaba a mis hijos como canción de cuna, o al menos así lo recuerdan ellos, junto con el Himno a la Unidad Popular de Chile, vaya a saber por qué. El hecho es que mis hijos saben la música de los dos y dudo que sea por haberlo soñado. Gran madre, pobres...
En el coro del club también cantåbamos otras canciones más tenebrosas (¿alguien se acuerda de ‘Vintn’? Esa donde los ranchos de lata dejaban pasar el frío ruso y los niños pedían a coro ‘mamá, mamá, pan”?  Esa canción fue mi castigo. Mi mamá me la recordaba cada vez, diciendo “¿Ves, no te das cuenta que los niños pasaban hambre y vos no querés comer la comida tan rica que yo te cocino?”. Eso de que la comida fuera realmente rica, es tema de discusión. La respuesta era simplemente ‘no’. Es que esas palabras solían seguir con  “ Mi mamá se murió cuando yo era chiquita. Ojalá yo me muera pronto así sabés lo que es perder una madre tan buena como yo”.

Lo que sí recuerdo es el amor que mi papá sentía por Uruguay, y cómo me decía que, pasara lo que pasara, en Uruguay jamás sucedería lo que sucedió en Europa. No sé por qué lo tenía tan claro, pero me parece que no eran solamente palabras, que era directamente del corazón. Mi papá amaba al Uruguay.

Mi mamá, en cambio … en fin. Yo, en la escuela, ya en 5º año, como buena lora, era la abanderada. Y llegó no sé si el 18 de julio o el 25 de agosto (pleno invierno) y hubo celebración, como todos los años. La bandera pesaba un quintal. Sin que yo supiera, la maestra había hablado con mi mamá para felicitarla por mi abanderamiento y para invitarla a asomarse por la puertita para ver el enorme patio abierto donde se realizaría el acto. A los padres no se los invitaba porque se supone que tenían que trabajar, pero las madres eran unas vagas con tiempo libre. En mi casa trabajaban los dos a la par, por supuesto.

Mi mamá, furiosa. Y me chilló a mí, como correspondía. “¡¿Qué?! ¿Te creés que no tengo nada mejor que hacer que cerrar la joyería para ir a la escuela a ver como levantás un trapo sucio?”

Curiosamente, me dolió, aunque fuera un ritual vacío de contenido y que la bandera de mi escuela realmente no estaba inmaculada. Pero no me gustó - era parte de la personalidad de ella y de tomar lo positivo siempre para el lado de los tomates. Si pensás en lo negativo, nunca te vas a desilusionar. Yo aprendí de ella.

No recuerdo antisemitismo real. Mi papá siempre me decía: “En Uruguay puede haber antisemitas, pero no hay antisemitismo”. Yo era demasiado chica para entender la diferencia. Siempre estuve segura que Hitler aparecería en algún momento y que yo no debía preocuparme tanto por el futuro, porque sería bien cortito. La idea de la muerte cercana e inevitable.

Una vez, un compañero de clase (en realidad, un buen chico - aún recuerdo su nombre) se enojó por algo y me gritó “Judía de mierda”. Lo recuerdo como la única vez que alguien me dijo algo así y por supuesto, largué el moco. De ahí al gaseo, un solo paso. Traté de contårselo a la maestra (como siempre, yo, la lora) que me exigió que repitiera lo que me habían dicho. Sobándome los mocos me negué, diciendo que mi mamá no me dejaba usar esas palabras. La maestra entonces dijo “Bua, si no me lo decís, no te dijeron nada” y ahí quedó. Pensé que era cruel pero ahora me parece una buena aplicación de Makarenko. Si no se dice, no existe.

Volví a mi casa llorando y no me animé a contarle eso a nadie. Mala noche. Al día siguiente miré a ver si habían empezado a construir, por la calle Maldonado, algún edificio grande que pudiera semejarse a mi idea de un campo de concentración. Las 11 líneas de tranvías que pasaban por la calle no dejaban ver mucho, pero no, no había edificios grandes en construcción.

Fui a la escuela, temblando, pero al entrar a la clase, estaba mi compañera de banco María Isabel Palombo, con una sonrisa, ya sentada esperando. Y Susana Grela con dos chicles Bazooka en la boca, a repartir, ya masticados, entre cuatro de nosotras. La madre tenía kiosko y le había dicho que no podía llevarse paquetes sin abrir pero que ella podría comer lo que quisiera. Susana solucionó el problema a costa de destruirse la mandíbula. Todo se me curó en el momento y creo que no volví a tenerle miedo al Uruguay.