Tuesday, March 20, 2012

Peligros de los psik

Por qué los psik (cólogos/quiatras) tendrían que evitar locas como yo.

Creo que los que se dedican a tan remunerada tarea pero con tan pocos buenos resultados felices (nadie se cura. La cosa es aburrirse y dejar de ir), no tienen en cuenta los peligros que algunos pacientes, peculiarmente malvados, pueden proporcionarles.

Hubo una época, ya cerca de mis 30 años, en Uruguay, en la que sentí que necesitaba terapia. De lo que fuera. De lo que pudiera pagar. Por lo tanto, era terapia de grupo o terapia de grupo. Sin opciones. No había nada más barato.
Pretender armar un grupo en un lugar como Montevideo, es absurdo. Conseguir entre 6 a 8 personas que puedan congeniar y que NO se conozcan entre sí, es casi una utopía. Al final hay que aceptar los hechos. La gente se va a conocer entre sí, o van a tener algún amigo común o, peor aún, los mismos psicólogos van a pertenecer a grupos donde alguien va a conocer a la esposa, vecina o amante. Y todo se desparrama. Considerando que en general los pacientes suelen ser universitarios de clase media, mantener la más mínima anonimidad es tema casi imposible.

Después de un par de meses de espera (casi un año), me llamaron a avisar que había un grupo nuevo al cual me podría unir. Mi grupo consistía en 8 seres, 4 de ellos estudiantes de psicología (faltaba más), más un muchacho que no pegaba ni con engrudo, una buena señora abogada, una chica que necesitaba novio, y yo. Para peor, en lugar de un psicólogo, teníamos dos: el titular y el observador. Por alguna razón no me gustaba nada el titular y me apasionaba el observador, más gordo y con mejor humor, cuya tarea era escuchar sin meterse y hacer una especie de resumen al final de la sesión.

Por supuesto, todos teníamos ‘ansiedad’. Dado que estábamos en plena dictadura militar y éramos todos universitarios, era claro que cada uno hacía lo que podía en sus actividades diarias para cambiar la situación política, por lo que llegábamos a zona de peligro y la ansiedad no era gratuita. Todos participábamos en algo sobre lo cual no podíamos hablar. Pero cuando ese ‘algo’ era justamente los que nos provocaba la mayor ansiedad y ni podíamos comentarlo en la terapia, la cosa no daba como para resultados milagrosos. Pobres psicólogos. Se llevaban cada clavo…

El grupo no era muy divertido. Los estudiantes de psicología hablaban entre sí, como si supieran más que los demás. La abogada mayor que los otros y que ya llevaba 22 años de infructuosa terapia, nos aburría bastante. La chica sin novio fue la primera en desaparecer. Misión cumplida. Consiguió novio y ya no le hizo falta nada más. Uno de los muchachos tuvo que irse del país, sin decir por qué. Eso era cada vez más común. Uno de los estudiantes de psicología, recién recibido, tuvo la alegría de tener una paciente – su primera paciente, en realidad - que un día se suicidó. Y él pensaba que estaba haciendo un buen trabajo. Mal comienzo de carrera profesional. Quedó muy deprimido.

Una de las chicas quedó embarazada de alguien que no era su marido (aunque no estaba segura) y quería abortar pero su médico no la dejaba por no sé qué problemas de alta presión. Y contaba los amorosos encuentros con su novio y amante, en la caja de un camión (nunca supimos por qué).

Yo, más o menos, aguantaba. Expliqué algo de mis dudas con respecto a mis sentimientos amorosos, que andaban en pleno vaivén. Estaba casada en segundas nupcias, recordemos. Pero habían aparecido varios candidatos en el horizonte –todos de arquitectura- que querían dejar a sus novias y casarse conmigo. Los hombres son realmente fáciles. Consejo: si quieren convencer a una mujer de tener un affaire normal, no insistan en decir que en realidad se quieren casar y tener una vida apacible con alguien como yo. Mientan, si es necesario. Si algo podía realmente no interesarme, era otro casamiento.

Yo ni sabía por qué tenía esos no buscados éxitos, por lo que culpé a las feromonas y chau. Seguía siendo fiel a mi marido (el número 2). Decidí que la terapia me curaría de atraer candidatos innecesarios, o al menos sabría por qué aparecían en tanta cantidad.

Y de repente empiezo a soñar macanas. Un día llegué al lugar de la terapia y avisé que había soñado que todos los del grupo entrábamos al viejo ascensor del antiguo edificio en 18 de Julio y Tristán Narvaja, (donde curiosamente años más tarde vivió Mario Levrero/Jorge Varlotta) con intención de irnos, pero el ascensor no paraba en la Planta Baja, sino que seguía de largo, cada vez más hondo, hasta el infierno. Hacía mucho calor. La gente consideró eso muy aburrido.
 Al irnos esa noche, zas, obvia comentar que al bajar como siempre con todo el grupo, el ascensor no paró, sino que siguió hacia abajo, lenta pero tenazmente, pasando de largo la planta baja y el sótano, descendiendo sin parar. No llegamos al infierno, claro, sino a los resortes, que retuvieron la carga después de un pequeño rebote. Pudimos salir trepando porque el viejo ascensor tenía puertas de rejilla y se abría a los tirones, por dentro también. Sanos y salvos. Bueno, al menos ‘salvos’. Y para peor, me tuve que aguantar que me dijeran que soy una bruja o cosa parecida.

Con el grupo, como ritual, siempre íbamos a comer pizza al boliche de enfrente, a pasar un rato después de la sesión y contarnos lo que realmente hubiéramos querido haber dicho, pero no nos habíamos animado. Ese día no quisieron que yo me uniera a ellos, por ser pájaro de mal agüero.

Desgraciadamente, a la semana siguiente, volví a soñar. Fue más grave. Le comuniqué al psicólogo normal (no al observador) que según mi sueño, se iba a morir. Inmediatamente la gente del grupo me gritó, y el buen hombre empezó a interpretar mis observaciones, con algo como ‘Elisa cree que habló demasiado y sabemos cosas de ella que no le gusta que se sepan, por lo que fantasea con el psicólogo muerto’. Los mandé a la mierda y aclaré que el señor tenía cara de culo. Y la piel verdosa. Ni que hablar que nadie me dio bola. Le dije que fuera al médico, por las dudas, pero siguieron interpretando. Ah, si me hubiera hecho caso…

A la semana, el observador llamó a todos los participantes a cancelar la sesión porque el psicólogo de cabecera estaba con gripe, pero se esmeró en aclararme que no jodiera, que eso era solamente gripe. ¡Ja! Cinco días más tarde Bedó volvió a llamar, porque García Rocco había muerto. No necesito explicar lo que mis compañeros de grupo me gritaron. Fuimos al velorio y en la calle estaban reunidos todos los psicólogos de Uruguay (era un grupo excesivamente extendido) y al pasar tuvimos que oír sus conversaciones en las que se entre-oía ‘¡Ufa, ahora nuestros pacientes van a elaborar nuestras propias muertes!’ Ese comentario me pareció de un cierto mal gusto, considerando que todos los pacientes estaban exactamente ahí, sufriendo.

A rey muerto, rey puesto, y el observador tomó por su cuenta el comando de la situación y fue el único encargado de nosotros por un tiempito más. Me fascinaba. Las sesiones eran una especie de demostraciones de inteligencia, donde nos mandábamos un tira y afloja de insinuar datos literarios, folklore y mitología griega, a ver si el otro lo entendía. Para mí, muy satisfactorio. El resto del grupo no entraba en el jueguito. Pero, por esa época apareció alguien en mi vida, y vi que era para líos en serio. No me imaginé que ése sería el marido que aún tengo desde hace 36 años.

Bueno, el gobierno militar se encargó de hacerme terminar con la terapia de grupo. De los ocho ya quedábamos solamente cinco y de los dos psicólogos, uno sólo. Cuando me tuve que ir, con los cuatro restantes, no pareció bueno seguir, por lo que todo el grupo se anuló. Me sentí muy culpable, pero no fue mi responsabilidad.

Es curioso cómo, cuando el peligro es real, no hay depresión ni ansiedad. El miedo aumenta la fuerza. Se hace lo que se debe y a no joder más. Es que no había otra solución. Y así fue que agarré el pelapapas, me fui a Buenos Aires, me separé de un marido y me fui a vivir con el actual, tuvimos un hijo y con una beca nos vinimos a los EEUU.

La maternidad no era cosa para la que yo estuviera preparada. No tenía ni idea de por qué la gente quiere tener hijos. Nunca pensé que fueran realmente necesarios. Pero al tenerlos, y sí, son lindos. Aunque eso no me aumentó el entusiasmo al ver bebés ajenos. Los bebés son más bien molestos.
Después de varios años, dos hijos, mudanza a Chicago, carrera en Lingüística, un trabajo de profesora en la misma universidad donde estudiaba, más todas las tareas domésticas de rigor (acá no hay ‘empleadas’ cuando no hay sueldos excesivos como para pagarlas), me deprimí. No fue un ataque cortito sino semanas y meses que se hicieron años, y cada vez más angustiada. Empecé a ver psicólogos y psiquiatras, que me medicaron como correspondía. Algunos medicamentos funcionaron de a ratos, otros no, y muchos tenían efectos secundarios demasiado serios. Pasé de 43 kilos a 70, y vuelta a los 43.

Los psiquiatras en el seguro de salud de la Universidad de Chicago, no duraban mucho. Se sentían poco respetados, y pasé por cinco, que se fueron a otra universidad apenas pudieron. Y con cada uno nuevo, tenía que empezar con mis historias desde el vamos. No fue una experiencia agradable. Algunos me cayeron bien, otros imbancables. Al fin, apareció uno, de Islandia, Ilpo Kaariainen, petiso, rubio, aliento a alcohol, buen tipo, familia agradable, tres hijas chicas, y me medicó hasta lograr algo que me sacara del pozo, al menos para poder viajar, cosa que hacía años que no hacía. Claro, esas porquerías engordan, pero a esa altura lo único que quería era sentirme menos deprimida. Y con 20 kilos agregados, había mucho más para desdeprimir.

Veía al psiquiatra cada dos semanas, pero no había mejoría real. Un día cualquiera empiezo a tener un síntoma extraño, de no poder respirar, agitarme, temblar, en fin, todo lo que uno se imagina en estos casos. Dije ‘uno se imagina’, pero yo no, porque nunca había tenido nada así. Me sentía tan mal, que fui a la urgencia de la Universidad, porque no me aguantaba ni yo misma. Me revisan y muy displicentemente me dicen que eso es un vulgar ataque de pánico y que esperara a que mi psiquiatra me volviera a ver. Que tal vez demorara un poquito, porque el buen señor en ese mismo momento estaba en cirugía, por un accidente de auto bastante grave, pero estaba vivo. Curioso que justo me diera el ataque durante su accidente de auto. Pregunté si podía tomar algún tranquilizante y dijeron que no se iban a meter, que yo estaba en manos de un médico y que tendría que esperar. Gran solidaridad.

Un par de semanas más tarde, Ilpo retomó la práctica. Lo vi llegar con una pierna dura, dibujando arcos horizontales a cada paso y se enojó porque en la emergencia no me habían dado nada para el ataque de pánico. Que no le gustaba que los pacientes se quedaran sin su ayuda, por lo que ya había comprado un teléfono celular exclusivo para asuntos de emergencia y me conminó a usarlo tanto como lo necesitara. Me da el número, y también el teléfono de su casa y la dirección de correo electrónico, todo para evitar la desconexión paciente/psiquiatra. Le pareció extraño que mi ataque de pánico hubiera sucedido exactamente el día de su accidente, pero bueno, ya nadie cree en brujas.

Ahí me cuenta la historia de su accidente y cómo él siempre practicó futbol/soccer, pero la pierna ahora no le servía y nunca más podría jugar. Y por supuesto, también me explicó que él mismo estaba en terapia para ver si podía controlar su angustia por la falta del fútbol. Como de costumbre, me preguntó mi opinión sobre SU terapia y juro que no me interesaba demasiado tener que consolarlo. Me recetó más Valium y chau. Y él también tomó los necesarios. Le dije que francamente él no lucía muy bien y que o se tranquilizara, o se iba a morir. Me miró algo sonriente y como todo el mundo, no me creyó. Ay, los idiotas.

De repente, empieza a faltar al trabajo. Me cancelaron una cita, él no contestó al teléfono, le mandé correos y no contestó, por lo que fui a buscar en la Internet a ver si le había pasado algo. Y encuentro bajo su nombre una historia muy curiosa, en la cual la mujer llamó a la policía diciendo que su marido no había vuelto, pero cuando la policía llega, lo encuentran tranquilamente durmiendo la mona en su auto, dentro del garaje. El artículo tenía un final dudoso, donde la esposa alegremente decía que entonces su marido realmente no había desaparecido. Pensé que ese hombre iba por mal camino.

A la semana recibí una carta de la universidad, diciendo que el buen doctor decidió comenzar una práctica privada y que ya no atendería más en el piso de psiquiatría. Y no solamente eso, sino que el Hospital de la Universidad de Chicago ya estaba harto de todo ese tema y simplemente, cerraban el servicio. Que no habría más sesiones, pero para los pacientes que estaban medicados, un médico cualquiera podría recetar la misma medicación por dos meses más, y que hiciéramos el favor y buscáramos un reemplazo lo antes posible. Para una depresión no es muy agradable recibir noticias así sin tener idea de dónde se podría encontrar otro psiquiatra que, además, aceptara el seguro de salud que yo tenía.

Nada, que una amiga me dio el nombre de uno cualquiera, fui, empecé con toda la historia otra vez, me medicó, no mejoré nada, pero logré convencerlo que me recetara lo mismo que en esa época le daban a mi hermana en Montevideo y que le había hecho bien. Dijo que no, que yo ya había demostrado que era inmune a los tricíclicos, que el hecho de que mi hermana hubiera respondido a esa medicación no era indicación de nada y que no jodiera más. Le dije ‘Humor me’, y me recetó la cosa. Si será viejo ese medicamento que costaba más barato que la aspirina. Y en dos semanas, me sentí fantásticamente mejor, y de eso ya hace siete años.

A los pocos meses me pregunté qué sería de Ilpo. Abro la internet con su nombre y veo un mensaje de apoyo a su hermana, por la muerte del hermano. Busco algo más, y sí, había muerto de convulsiones provocadas por la cirrosis. Eso le pasó por no darme pelota.

Con todo, maté solamente a dos psicólogos/psiquiatras, que considerando a todos los que vi, no es una proporción tan disparatada. Mi psiquiatra actual, un judío narigón de N.York, me pidió por favor que le avisara con tiempo, así preparaba su testamento. Le prometí cumplir. Y de inmediato, pasó a contarme su vida y sus problemas…

Monday, January 16, 2012

Pumpkin en casa (2012)

El gato de Marcela, que se cree perro.

Monday, January 2, 2012

Ningún gato nuestro se va a ir a España.

Ningún gato nuestro se va a ir a España.

Me acordé de esto que pasó con una amiga argentina, cuyo ex-novio/ahora-marido es de Canarias. Marcela vive en Chicago y el Juano en Lanzarote. Y se comunican vía computadora.

Marcela tenía un gato, al que adoraba. Lo dejaba pasear por los pasillos del edificio donde ella vivía. Un día alguien dejó la puerta de calle abierta y el animalito quedó chato bajo un camión. Pasamos el duelo malamente y un tiempito después, el marido sugirió que se consiguiera otro gato. Ella se fue al ‘Cat House’ donde tienen gatos a patadas y te cobran solamente por las vacunas y la previa castración obligatoria. Volvió llorando a lágrima viva porque se enamoró de un gato gris, pero le hicieron la entrevista para saber si tenía experiencia con la especie gatuna y ahí... Ella explicó lo que había pasado y que quería gato nuevo porque se iba a Lanzarote a visitar al marido y quería ir con gato y todo. La echaron de allí, diciéndole que ‘Ud. es una mala madre’ (en inglés, claro). Y para peor, cuando llegó a la casa, encontró un mensaje en el teléfono donde decían ‘Ningún gato nuestro se va a ir a España’.

Por supuesto nos enojamos y planeamos la pesca de ese gato. Me vestí con un traje negro de lana, de esos que tal vez usé dos veces, pollera recta, bastante larga, y chaqueta seria. Camisa blanca, pero me pareció demasiado – ya me estaba pareciendo a Eva Braun - y me puse una de color. Medias de nylon y zapatos de taco alto (también usados dos veces en total).

Marcela me explicó exactamente el gato que quería, que era entrando, hacia la derecha, la cuarta jaula, gato gris, con letrerito que decía “Maxwell”. Imposible equivocarme. Le habían puesto ese nombre porque lo habían encontrado en la calle así llamada, con una pata destruida. Un cirujano veterinario le hizo un injerto con una cirugía fantástica, a la vista de muchos estudiantes de Veterinaria y la única secuela que le quedó al gato era que cuando se entusiasmaba, la pata derecha se le levantaba totalmente estirada, haciendo un perfecto saludo de Hitler. Por otra parte, ya estaba listo para la adopción.

Me hice la distraída al pasar por su jaula, pero volví enseguida y señalé diciendo: “Éste es el gato que quiero”. Lo miré fijo, él a mí - nos miramos cara a cara, y atacó el gris primero- y fue odio a primera vista. Saqué al desgraciado de la jaula, me senté, me lo puse en la falda, y el hijo de puta largó todas las garras, atravesándome pollera y medias. Lo agarré amorosamente del cuello, para que no me jodiera más y le dije a la voluntaria que me estaba atendiendo, ‘Look, we are bonding already’! Y largué el extraño diptongo inglés que se usa al babearse frente a un hermoso bebé, o sea ‘ouuuuu’… Y el gato contestó: j j j j j j ! Mierda, que ese gato era un villano.

Paso a la entrevista, y me empiezan a preguntar hasta lo que como.
De dónde soy? – de Uruguay (eso no les gustó).
Que cuántas horas voy a dejar al gato solo? –Ninguna, porque trabajo desde casa, en traducciones. (total mentira, pero les gustó)
Que dónde vivimos? – En un barrio aceptable. (El barrio más interesante de Chicago, pero algo peligroso, digamos).
Que si sé cuánto cuesta mantener a un gato, anualmente? – Sí, claro.
De qué trabaja mi marido? – Es médico (eso le encantó. Pidió datos concretos y se los di. Si me hubieran preguntado esto antes, no hubieran necesitado hacerme la pregunta anterior).

Todo parecía ir bien, hasta que me preguntaron qué experiencia tengo con gatos. Les dije que siempre tuve y que en ese momento tenía una gata de la cual estaba muy orgullosa. – ¿De qué edad? – Tiene 16 años. – “Ahhh, entonces no puede llevarse a Maxwell porque es muy joven. Tiene que llevarse algún gato más viejo, porque su gata no va a aceptar a un cachorro”. La puta que los parió.

La convencí de que eso no sería problema, que teníamos gatos que venían de visita y que nuestra gata los recibía contenta. (¿quién carajo va de visita con gatos a cuestas?)
Se fueron a cuchichear dos voluntarias, a decidir mi destino. Aceptaron darme a ese hijo de puta, con la condición de que dentro de dos semanas dejara venir a casa un inspector (¡¡!!) a ver cómo marchaba la cosa. Les dije que sí, por supuesto, ningún problema, y enormes sonrisas.

Salgo blandiendo la caja de cartón donde metieron al gato, derecho al auto de Marcela que estaba esperando en la esquina. Ella recuerda ese momento con gran cariño. Dice que le tiré la caja encima y dije: ¡ahí tenés a tu gato de mierda! Y vimos un hilito de sangre bajándome por las piernas.

Todo bien, y a la semana, Marcela se va con su gato a las Canarias y punto. No más gato en Chicago. Una semana más tarde, de repente, suena el teléfono. Es de la casa de los gatos, a fijar fecha de visita de inspección. Yo no sabía qué decir para que no meterme en más líos, y me salió una diarrea verbal con una historia totalmente disparatada (vieron como a veces decimos algo y nuestro otro yo nos mira, pensando ‘¿de dónde sacás tanto disparate?’). Me salió un cuento de lo maravillosa que era la situación, que los dos primeros días mantuve a los gatos separados, dejándolos oler trapos usados por el otro, y que mi gata vieja no se enojaba pero tampoco daba pelota, ‘hasta hace tres días’, que cuando llegó la hora de comer, mi gata no empezó porque el otro no estaba al lado. Y como el otro se demoró, ella empezó a maullar hasta que vino. Que no, no eran íntimos amigos, pero ella se portaba muy maternalmente.

La mujer del otro lado del teléfono quedó contentísima. “Ah, pero qué bien, las cosas están como se debe, entonces. Bueno, no le tenemos que mandar al inspector”. Le agradecí la preocupación demostrada y prometí ir a buscar más gatos cuando tuviera necesidad. Corté y respiré muy hondo, porque no se me ocurría qué carajo decirle a ese posible inspector si se hubiera aparecido por casa.

El talento culinario de Doña Regina.

El talento culinario de Doña Regina.

Mi mamá fue la madre judía más a trasmano de la tradición que uno pudo encontrar. Tenía muchas de las fallas y pocas de las virtudes. Por supuesto, su pasado en un shtetl de Polonia la marcó para siempre, pero todos los judíos pasaron por problemas similares pero salieron más, digamos, judíos normales.

Dos temas fundamentales: no quiso que sus hijas estudiaran y fue la cocinera más terrible que conocí. Sobre el primer tema, no había argumento plausible. Nunca escuché ninguno, salvo ‘no’.
Sobre el segundo, ella siempre decía: “No me gusta comer y por eso no me gusta cocinar”. Y ahí seguía: “Yo como, porque no tengo más remedio. Si fuera por mí, no comería nunca. Y claro, así me podría morir y mis hijas no tendrían madre”. Particularmente conmigo, seguía: “Pero, ¿por qué, si yo no tuve, vos tenés que tener una madre tan buena como yo?” (Astutamente, nunca le contesté).

A continuación, relataba la historia de su madre que murió en el parto de su sexto hijo, y cómo el shtetl casó de inmediato al padre con una mujer tan fea y mala que no había podido conseguir marido mejor. El nuevo marido llegaba ya provisto de cuatro hijas y un hijo, todos chiquitos. Y la mujer resultó ser alguien que, si es cierto, dejaba por el suelo a la madrastra de Cenicienta. Los trató a todos muy mal, no los alimentaba, tuvo una nena fresca con su nuevo marido y obligaba a las hijastras a cargarla en hombros todo el día. Sí, en los hombros, no en los brazos. O al menos así me lo contaba. Apenas el padre murió, los 5 hermanos se fueron de la casa, rumbo a Varsovia, y nunca más supieron de la madrastra ni de su hijita.

Lo de la cocina, es tema independiente. Como dijo una vez mi sobrina: “La abuela Regina es la única persona que conozco que puede matar una bolsa de fideos”. Gran verdad. Echaba los fideos en el agua y empezaba a revolver. Y seguía y seguía, hasta que la pasta se deshacía y quedaba en el fondo de la olla una montaña pegajosa, imposible de separar. A la hora de comer, venía a la mesa con la olla y un imprescindible cucharón y nos echaba en los platos una bola de masa informe y gelatinosa, sin siquiera grumos de los que agarrarse. Digamos que se podía definir por el ruido que hacía al servirla. Plop. Y conste que eso era lo mejor de la cena.

Peor eran los tucos. Siempre fue muy dada a comer saludable, lo que se tradujo como ‘nada de grasas’ ni nada de gustos. Una vez nos explicó que había conseguido una manera más sana de hacer salsa para pastas. Había eliminado totalmente el aceite y ‘doraba’ la cebolla en agua. Ahí, agregaba la zanahoria rallada en esa agua vagamente encebollada. Tal vez algún tomate, sin piel ni semillas, y de ser posible sin sal ni condimentos. El resultado era, obviamente, un asopáu de cebolla y zanahoria hervida. Esa combinación, volcada encima de la masa de los ex-fideos, hacía las delicias de mi familia. “¿Está rico mi tuquito, no?”, preguntó una vez. Mi papá y yo nos agarramos las manos bajo la mesa, para poder contestar a dúo ‘sí’, sin reírnos. Era de terror.

Otra brillantez eran sus milanesas. “Las milanesas de tu hermana son negras y crocantes, no blancas y blanditas como las mías”. Ni que hablar que cada vez que yo podía, me escapaba a comer buenas milanesas a casa de mi hermana.

No es por casualidad, que no aprendí a cocinar ni un huevo duro. La primera vez, a los 19 años y ya casada, que fui a hacer un churrasco, lo puse en plancha fría por no saber que había que calentarla primero. El humo me enseñó.

A veces envidiaba a mis amigas que iban contentas a sus casas porque la madre ese día había hecho algo especial. Aunque parezca mentira, mi madre no tuvo nunca recetas especiales de ningún tipo. Yo era un asco para comer y eso la sacaba de quicio. En el examen de salud obligatorio al que debíamos ir para un carnet de salud, antes de entrar a secundaria, me pusieron ‘síntomas de raquitismo’. Y por eso, mi mamá me chilló y chilló, durante un par de horas – y siguió acusándome durante muchos años, de la vergüenza que la había hecho pasar con esa nota en el carnet. La culpa era definitivamente, mía.

Lamento que ella ya no esté, porque tal vez si yo pudiera ir a comer a su casa de vez en cuando, no me costaría nada mantenerme en un peso más saludable que el que tengo ahora.

Tuesday, December 27, 2011

El cheshteimberg

El Che Shteinberg – de cómo mi papá pasó de Arn Shloyme a Iosl, y por qué todo el mundo le decía ‘Bérele’.

A veces los nombres de uno no son fáciles de mantener. Mi papá, en Brezne, el shtetl donde vivía, nació y fue Arn Shloyme (Arón Salomón) durante los primeros 18 años de su vida. Y desde ahí, el zafarrancho.

Para explicar esto tengo que ir hacia atrás en la historia y recordar que mi abuelo era el Melamed (maestro) del pueblo, lo que significaba un sueldo miserable y muchísimos alumnos en su casa. Enseñaba religión y todo lo demás, tipo escuela primaria. Es curioso que los maestros en todo el mundo y en toda época, hayan sido y sean los trabajadores peor pagos que se pueda imaginar.
¿Cómo explicar el nivel de pobreza? Tal vez alcanza con contar que entre los cuatro hermanos y una hermana, tenían un solo par de zapatos, que usaba quien necesitara ir a hacer algún trámite a Kiev.

Cuando los 5 hijos ya estuvieron en edad de empezar a buscar trabajo, mi abuelo les preguntó: ¿Uds. quieren enseñar o trabajar? Dada esa dicotomía, - aparentemente ‘enseñar’ no era un trabajo - todos eligieron ‘trabajar’. Uno juntó una bolsa con artículos de costura y salió a vender por ahí, otro entró de aprendiz de carpintero, y mi papá, de relojero. Lo mandaron a Kiev, donde tenía que trabajar durante tres años bajo el mando de un relojero de allí. El primer año, había que pagar. El segundo, ni pagar ni cobrar, y el tercero, ya algo de plata podía ganar, descontando la comisión del maestro relojero.

Mi tío mayor, Iosl, a los 18 años, llegó a la edad de la conscripción. En Polonia en esa época era temporada de guerra y la maldita conscripción ¡era por 5 años! Y allí fue mi tío, pero en 1916 desertó del ejército polaco y se unió al Ejército Rojo (¡vieron de qué estirpe vengo!) hasta el fin de la Revolución. Como se sabe, los rusos ganaron pero entonces ya no había donde pertenecer y por lo tanto ese tío tuvo que volverse a Brezne. Si los polacos lo agarraban, lo mataban por desertor, por lo que apareció vestido de mujer, de noche, en pleno invierno y con una pulmonía violenta. Entró en la casa donde el padre se estaba muriendo. Lo pusieron a él en una habitación, al padre en la otra, y toda la familia en la pieza central, donde se cocinaba y se vivía. Piso de tierra y horno a leña. Un cierto médico del pueblo recomendó ‘aire puro’ para el tío y cierta medicación para lo cual no había plata, por lo que ni se discutió el asunto. Dada la temperatura reinante, sacarlo al ‘aire puro’ no era posible, por lo que los 4 hermanos menores decidieron hacer lo razonable, que fue cortar un pino y meterlo a prepo adentro de la casita, así el oxígeno le llegaba al hermano (¡!). Aparentemente el remedio funcionó, ya que Iosl sobrevivió ese tratamiento. El padre no, y murió, en sábado, con la familia en tal estado de pobreza, que tuvieron que comer pan negro para el Sabbath, ya que el pan blanco no se podía comprar sin dinero. Lo más importante fue que todo el pueblo fue a su entierro. Los cristianos entraron por primera vez al cementerio judío, lo cual fue un honor irreemplazable.

¿Qué hacer para sobrevivir? Idea: Al Melamed le correspondía por honor un asiento en la sinagoga, en la fila de adelante. Mi padre decidió venderlo al mejor postor. Marchó a la sinagoga y empezó a ofrecer ese asiento a los judíos más ricos del pueblo, insultó al rabino que le decía que ese asiento no le había pertenecido legalmente jamás al padre y por lo tanto no lo podía vender, y cuando los ricos empezaron a hacer ofertas, al fin, se lo adjudicó al más generoso.

De ahí en adelante, los cuatro hijos y una hija trabajaron en lo que pudieron. El hermano mayor, el que se había salvado de la pulmonía, murió un par de años más tarde, no sé bien de qué. Mi papá ya había decidido que se tenía que ir a los EEUU o a cualquier otro lado, porque la miseria era realmente insostenible. Alguien tenía que mantener a la madre y a la hermana menor, que no era todavía adulta.
El problema es que mi papá estaba llegando a los 18 años, o sea que la conscripción no le permitía irse del país antes de terminarla y cinco años más, era imposible aguantar.

Entonces sucedió un milagro: un incendio voraz liquidó todo el edificio del ayuntamiento, donde estaba toda la información civil de ese pueblito. Gran solución. Todo el asunto de la deserción del hermano mayor quedó en cenizas, incomprobable. Mi papá (Arn Shloyme), usando el documento de su hermano (Iosl, o sea José), se apersonó y declaró que él era José Steinberg, que había ya hecho todo el servicio militar necesario, que le habían sellado un papel que verificaba el asunto, y que quería un pasaporte para poder viajar al extranjero. Los empleados lo quisieron sacar a patadas – mi papá no parecía tener 23 años, edad en la cual el servicio militar ya podía haber estado legalmente terminado – pero dada la imposible verificación de documentos le tuvieron que dar un pasaporte donde él aparecía llamado ‘Iosl Steinberg/José Steinberg’ y así se puso a buscar dónde ir.

Lo primero de lo que se enteró fue que las cuotas para emigrar a los EEUU estaban cubiertas y cerradas. Desde Polonia, no se podía conseguir visa. Una opción era irse a Argentina o Uruguay, y desde allí, o establecerse, o tratar de conseguir un modo de pasar a los EEUU. Mi papá fue a consulados, o embajadas, o quienes fueran los representantes de estos países en esa época, y tanto en Argentina como en Uruguay, le dijeron que sí, que en el sur no había relojeros buenos, que como tal tendría trabajo en cantidad y que esas tierras lo aceptarían con una gran bienvenida.

Así es como mi papá en 1921 subió a un barco rumbo a Argentina. Durante la parada forzosa en Montevideo, mi papá miró el puerto y vio por ahí ‘a un judío conocido’. Y como tanto le daba, agarró su bolsita y bajó, para quedarse en Uruguay. De todos los desastres futuros, el primero fue darse cuenta que lo que le habían dicho era cierto, que no había relojeros, pero se olvidaron de aclarar que tampoco había relojes. En toda la ciudad había 3 grandes relojes, uno en cada una de las tres plazas, y nadie poseía reloj pulsera.

Eso ya le complicó la vida, pero además, estaba el asunto de su nombre. Los amigos sabían que era ‘Arón Salomón’, pero que su nombre legal era ‘José’, por lo que optaron por un sobrenombre genérico – Bérele, que significa ‘osito’ – y así se llamó todo el resto de su vida. Mi mamá, que provenía del mismo pueblo, aunque de chicos nunca fueron amigos, optó por darle un nombre que para mí, fue el único que le escuché. “Che Steinberg”. Pronunciado como se debía, ella siempre decía: -Cheshteimberg, ¿qué querés comer hoy? -Cheshteimberg, ¡no seas idiota! -Cheshteimberg, tus hijas necesitan algo… De chica yo creía que su nombre era, efectivamente, cheshteimberg.

Otro resultado de la complicación de documentos fue que mi papá nunca cumplió años. No se acordaba ni del año en que nació, y mucho menos el mes y el día. Nadie celebraba eso en Brezne. Cuando llegó a eso de los 80 años, un día se le ocurrió decirnos a mi hermana y a mí: “Mi cumpleaños es el 17 de abril”. Nadie le creyó, pero a partir de ese día pudimos al menos comprarle algún regalo en la fecha que él mismo eligió.

Algo que nunca me quedó claro, fue que cómo un melamed, responsable y religioso, se las ingenió para tener 5 hijos ateos y bolches. La sospecha es que eso ya venía de familia, y que el melamed no había sido muy fiel a su religión.

Agregado, para un amigo que quería saber cómo siguió esta historia:

Desgraciadamente, la respuesta es muy corta. Mi papá trabajó años en cualquier cosa - la construcción del Palacio Salvo, la instalación de vías de tranvía, y un buen tiempo como guarda en esos mismos tranvías. Militaba en el partido y fue preso muchísimas veces.
Años más tarde, pudo empezar a trabajar de relojero.
Mientras tanto, mandaba todo lo que ganaba a Polonia y vivía como podía, en habitaciones de a varios y comida más o menos.

Cuando las cosas se pusieron feas trató de traérselos a todos, pero los hermanos se habían casado, tenían hijos (primitos y primitas míos) y las mujeres no podían dejar detrás a sus propios padres. Empezó el nazismo, pogroms, etc., pero los hermanos decían 'no nos va a pasar nada, acá en el pueblo nos conoce todo el mundo, nadie nos va a hacer daño'. Al tiempo se construyó cerca de ahí un campo de concentración, y se los llevaron. Murieron todos en las cámaras de gas. Una primita mía de 7 años también marchó, pero alguien que se salvó del campo, le dijo a mi papá que la nena había muerto de sarampión, unos días antes del gaseado . Me acuerdo que mi papá estaba contento porque la nena no había ido a las cámaras de gas. (gran alegría, supongo...). Igual, él se alegraba de eso.

Y cuando yo ya tuve uso de razón, lo primero que me explicó es 'cómo matarse sin siquiera sentirlo'. Era llenar la bañera, abrir el gas del calefón (que estaba en el baño, claro), meterse en el agua y así ... uno se moría sin darse cuenta, tranquilo y dormido.
Siempre supuse que eso era parte de su culpa del sobreviviente y que trataba de pensar que todos sus familiares habían muerto sin sufrir.

Monday, October 31, 2011

A potato peeler's story

A potato peeler’s tale.


(This is the short, concrete version. If someone cares to know more details, they could refer to the long and boring explanations that will follow this one, some day, when I write them down).

The plastic blue potato peeler followed me most of my life. It was a loyal, intransigent and irreplaceable friend. Considering that every few years I need to change countries, careers, and husbands, the story of the potato peeler has been a beacon in my life (and yes, a common place like no other).

It started its life as my potato peeler in 1964, in Montevideo, when I found it in a small bazaar in San José and Convención. It came with me to Buenos Aires, to spend my 1st marriage together. I can’t explain the reasons for that marriage. I was 19 years old.

In 1969 I suddenly realized I had to leave Buenos Aires, my marriage, my career and my few material possessions, and go back to Montevideo, potato peeler in hand, to a new relationship that was developing with an old friend from my childhood and teenage years.

The three of us lived together, the potato peeler in a kitchen drawer and the two of us in a series of small apartments, for 7 years. I was studying Architecture and wasn’t too far from graduating. Then, came the dictatorship. Around 1976, I started to feel that what looked like it was going to last forever, might not; that we may be afraid; that we may want to change. Hard to describe, for it was very intimate and even a little bit sad. A piece of the chaos had entered each and every one of us. The feelings were getting erased, and then … I had to leave the country. One day, my father came into my apartment, clapping his hands and saying “boino, afoira” (well, out!). I was so distracted, I thought this was because my parents had found out my future husband number three had already appeared somewhere in the sky. And then it hit me. I couldn’t believe my father was serious, that I really had to leave the country, otherwise … I reacted, grabbed two pair of panties, a toothbrush, and my potato peeler, and announced “I’m ready”. My father, scared, but with a cool head, managed to get all his paternal feelings together and said, “Don’t be an idiot”. He continued: “Get a normal suitcase, put normal clothes inside and go to the airport, like a normal person”. My father, as usual, with his years of Bolshevik experience, knew what to do better than I did.

I managed to do everything he had told me to, with a short 24-hour delay just to make sure things were really as bad as they looked. They were. It was March, but already very cold. I wore a gamulán with deep pockets. It was interesting going to the airport wearing a tourist face, approaching the counter, and asking for a round-trip ticket. The girl behind the counter took my ID, went into a small office, came out, and said “‘Round trip? Are you sure?” I put my faith in all the saints that I didn’t believe existed, squished the plastic blue potato peeler in my pocket, and answered ‘yes’ with total calmness… Have you ever felt you were going to shit your pants? This would have been the perfect moment for it. I thought I wouldn’t be able to get too far, but I walked onto the airplane, and then crawled out again without anyone noticing me, down to the runway, to push it from behind and make it go up as soon as possible.

My heart felt like an old 78RPM record, the kind that got scratches all over it. Finally, when the airplane started to taxi up the runway, I slithered back in thru a little hole, and reappeared in the bathroom, wet and smelly, and breathing heavily.

I landed in Buenos Aires, which might have been at that time the only place in the world even more dangerous than Montevideo, but I couldn’t go any further for simple lack of money. While I was in this process of leaving my country I, kind of absent-mindedly, separated from my husband No. 2 as well. He became my favorite ex-husband, which is no small feat.

During my first week in Buenos Aires I was the poor imitation of a zombie. How it feels to lose everything, absolutely everything, from one moment to the next, is not easy to explain. I felt like I was walking on cotton clouds, with nowhere to go, and nowhere to sleep. I couldn’t go downtown, because the Uruguayan police was there, along with the Argentinian police -the guys helped each other out.
I couldn’t call home because the phones were tapped. I wasn’t allowed to know anything about my family, my friends, my job, my studies, my city or my country. You survive, but then you shouldn’t complain later in life when it hits you back. You have to keep your sense of humor. It’s as simple as that. Walk down the unknown streets smiling, so no one will guess that …
My current husband came to Buenos Aires not too long after that – just by sheer coincidence, the night before one of the bloodiest Argentinian coups in history – and together we stepped into the craziest adventure I could ever have imagined. In the middle of all that fear, I started a new life with an unknown goy who had no job, no career, two recently adopted daughters who remained with his ex-wife, and a life in a country at a time that wasn’t too promising. We moved into a delirious long term cheap little boarding house, “Don Julio’s Pensión”.

The potato peeler did its job well. Potatoes were the only food we could afford. That is a lie. We ate almost only noodles and liver, which provided the most proteins and calories for the lowest possible price. Later, never again did I eat that combination. The atmosphere was one of real terror and the only thing we could do was to keep our sense of dark, really dark, totally dark, humor. “Don Julio’s” boarding house, recommended to us just because it was far away from downtown, was full of Uruguayans, too well known to everybody. But there was no other option.

Through nothing short of a miracle, I found a job as an architect. Manuel applied for a fellowship that required a degree in Medicine, and decided to do whatever he needed to get that degree. He managed to study in the freezing ‘pensión’ while I was working. He earned the degree by practicing in different hospitals around Buenos Aires – the mess was such that he was not only allowed to enter the hospitals, but could also follow professors around and even perform rectal exams on the poor patients in order to practice. He would travel back to Montevideo to take the three exams he still needed to finish – he was able to go, not too calmly, but he could.

One day, he called me at work to tell me he was an MD. That same day was the deadline for the fellowship, so I shook my ankles, opened up my little wings, took flight, and glided above the gorgeous city up to the Central Post Office, to mail an envelope to the Guggenheim Foundation. They normally receive thousand of requests every year, and some common sense people would know that the fellowships are practically impossible to get. We immediately forgot all about it, and decided to take care of some details we had been neglecting, so we decided to get pregnant. We, of course, weren’t about to put our lives on hold for the simple reason that we had nowhere to live, or anything to live off of.

Contrary to my expectations, Manuel’s innate optimism worked its magic. A few months later we found out he had gotten the fellowship. I was very pregnant by then, and we asked for a deferment so by the time we travelled, the little baby could at least hold his head up on his own. We were leaving for the United States, to Yale University in New Haven, which we really didn’t know anything about. We were planning on staying there for a year, perhaps two, if there was no other possibility. I was in charge of the suitcases. All of our worldly belongings fit into two suitcases, plus a little collapsible baby bed/bath.

Holding my plastic blue potato peeler, I managed to shove in those suitcases what I could. All the rest, consisting of weird stuff like tools – an old hammer, some screwdrivers … because one could never know if it would be possible to find such valuable items in the US – plus a small vase, and my big woolen poncho – a present from my mother-in-law – went into a trunk belonging to a friend’s grandmother, which she had brought with her 50 years earlier, when she moved from Poland to Argentina. That trunk had a longer history than ours. We still have it. The potato peeler didn’t go in the trunk, but rather with me, in my purse. Strangely enough, that was 35 years ago… and I still feel I have to ask for forgiveness, when I explain that we just started to stay in the States, simply staying.

About 10 years ago, my plastic blue potato peeler started, reflexively, to peel itself. It turned almost white, with a new scaly texture. I immediately dedicated my life to find a substitute.
Clearly, it’s way easier to find a husband than a good potato peeler. I managed to get about ten (potato peelers, I mean, not husbands) but none could match that endearing original. Finally I found an acceptable one, red, Made in Germany, good, but not perfect. At that moment, I stopped peeling fruits, vegetables, and elephants, and started cooking everything with the peel still on. Even bananas. The plastic blue potato peeler is now in a kitchen drawer, and every once in a while I stare at it, realizing I can be faithful to at least one thing for many, many years.

Thursday, September 29, 2011

Historia de un pelapapas.

Historia de un pelapapas.

(Ésta es la historia corta y concreta y si a alguien le interesan los detalles, puede referirse a las explicaciones largas y aburridas que van a ir después de esto, algún día, cuando las escriba).

El pelapapas de plástico azul me acompañó toda la vida. Fue un amigo leal, intransigente e irreemplazable. Considerando que en mi vida, cada pocos años, tengo que cambiar de país, de carrera y de marido, la historia del pelapapas es un faro luminoso (y un lugar común como el que más). Empezó su vida de pelapapas en el 64, en Montevideo, como regalo de mi hermana de una casa de artículos para el hogar de la calle San José. Vino conmigo a Buenos Aires, durante mi primer matrimonio, del cual aún no entiendo bien las razones. Yo tenía 19 años. (A).

En el 69, de golpe, me di cuenta que me tenía que ir de Buenos Aires, de ese matrimonio, de la carrera en arquitectura, dejar todo lo poco material atrás y volver a Montevideo, pelapapas en mano, a una nueva pareja que se desarrolló a partir de un gran amigo de la infancia y adolescencia. (B)

Convivimos los 3 (el pelapapas en el cajón de los cubiertos, nosotros en algunos apartamentos chiquitos) durante 7 años. Yo seguí con arquitectura en Montevideo y llegué cerca de terminar. Dictadura. Por ahí, ya en el 76, descubrí que lo que uno puede creer que es ‘para siempre’, no lo es. Que se puede tener miedo. Que se puede querer cambiar. Difícil de describir, por ser algo muy interno y hasta ligeramente triste e inestable. Parte del caos del país que penetró en cada uno. Y me dio miedo darme cuenta cómo algo que creíamos tan inamovible se deshacía, como los sentimientos se iban borrando y encima… que me tenía que ir de Uruguay.
Mi papá entró un día a casa, inesperadamente, a decirme, golpeando las manos, “boino, afoira”. Yo estaba tan distraída que pensé que sería por él haberse enterado que ya había aparecido en el firmamento el que después fuera el marido No.3 y ni se me ocurrió que era en serio, que había que irse, que si no…
Al darme cuenta de la realidad, agarré 2 bombachas, el cepillo de dientes, el pelapapas, y anuncié ‘Estoy pronta’. Mi papá, con gran temor, pero con la cabeza más organizada que vi en mi vida y con un orgullo que sobrepasaba todos los temores, logró su mejor expresión de cariño paternal y me dijo claramente: “No seas idiota”. Y siguió: “Agarrá una valija normal, poné adentro ropa normal y andate al aeropuerto, como una persona normal”. El viejo, como de costumbre y por su larga experiencia de bolche irredento, con más entradas en la cárcel de las que alguien puede tolerar, tenía todo más claro que yo. (C).

Hice lo que me ordenó, con un cierto retraso de 24 horas, para asegurarme que las cosas estaban realmente tan mal como parecían, y sí, lo estaban. O peor. Era recién marzo pero ya hacía frío. Me puse un gamulán con profundos bolsillos. Fue interesante entrar al aeropuerto con cara de turista e ir al mostrador a pedir un pasaje de ida y vuelta. La chica que atendía tomó mi documento de identidad, entró a una oficinita y al salir me dijo ¿Seguro que ida y vuelta? Me encomendé a los santos que no existen, apreté el pelapapas de plástico azul que llevaba en el bolsillo y dije que sí, con total desenvoltura. ¿Alguna vez alguien se cagó encima? Ese hubiera sido un buen momento. No pensé que me dejarían salir. Subí al avión y volví a bajar sin que nadie se diera cuenta, para empujarlo a ver si levantaba lo antes posible. El corazón me funcionaba a 78 RPM, de esos que se rayaban. Cuando al fin empezó a carretear, me agarré fuerte a la carcasa, volví a entrar al avión reptando por un agujerito y reaparecí en un cuarto de baño, algo mojada y maloliente pero con un gran respiro. Pasé así a Buenos Aires, que debía ser el único lugar del mundo peor que Montevideo, pero no había plata para ir más lejos. Y de paso, ya que estaba, como al descuido, me separé de mi marido de esa época, el No.2. Pasó a ser mi ex marido favorito, elogio nada desdeñable, por cierto. (D).

La primera semana en Buenos Aires fui una mala imitación de zombie. Perder todo de un momento a otro, no es sencillo de explicar. Caminar sobre algodones, sin tener dónde ir ni dónde dormir. No se podía ir al centro, porque había policía uruguaya, además de la argentina (los muchachos se ayudaban mutuamente). No se podía llamar por teléfono, porque estaban intervenidos. No se podía ir a casa de conocidos porque mezclaríamos los líos de ellos con los nuestros y eso era peligroso para todos. No se podía saber de la familia, ni de los amigos, ni del trabajo, los estudios, la ciudad, el país. Se sobrevive, pero a no quejarse años después de las complicaciones. Había que mantener el humor, eso por sobretodo. E ir por las calles sonriendo, para que nadie pensara que…

Mi marido actual vino a Buenos Aires no mucho después (justito la noche del golpe de estado en Argentina) y nos largamos a la aventura más disparatada que podríamos imaginar. En medio del terror, me fui a vivir con un goy desconocido, sin trabajo, sin carrera, con familia y hasta dos hijas recién adoptadas que quedaban con su ex esposa, y en un país que no prometía alivio de ningún tipo. Nos fuimos a vivir a una delirante pensión. (E).

El pelapapas de plástico azul funcionaba bien, ya que papas era lo único que nuestro poder adquisitivo nos permitía comer. Mentira, comíamos casi únicamente fideos con hígado, que proveía la mayor cantidad de proteínas y calorías por la menor cantidad de dinero. Nunca más volví a comer eso. El ambiente era de terror y lo único que funcionaba era el humor negro, negrísimo, totalmente negro. No había otra opción. La pensión de Don Julio, que alguien nos había recomendado simplemente porque quedaba lejos del centro, resultó estar llena de uruguayos demasiado conocidos nuestros. No había otra opción.
Por milagro conseguí trabajo en arquitectura y otro en inmobiliaria, Manuel llenó los formularios para una beca para lo cual era necesario un título en Medicina, decidió seguir estudiando en la pensión helada mientras yo trabajaba y se recibió practicando en Buenos Aires (el despelote era tal que lo dejaban entrar a hospitales, seguir a profesores normales y hasta hacerle tactos rectales a los pobres enfermos internados, para practicar). Se iba a Montevideo a dar los exámenes que le quedaban - él podía ir, no muy tranquilo, pero podía. (F)

Un día me llamó a avisar que ya era médico y ese mismo día vencía la fecha de envío de la solicitud de la beca, por lo que sacudí los tobillos, abrí las alitas de Mercurio y volé por sobre esa hermosísima ciudad hasta el enorme Correo Central a mandar la carta para la Guggenheim - que la solicitan miles y miles y cualquier persona con sentido común sabría que era imposible conseguir, dado que se la dan a 25 por año. Inmediatamente nos olvidamos del asunto y para concretar algunos detalles, quedé embarazada por decisión mutua. Caramba, que la vida no se iba a detener por detalles como no tener dónde ni de qué vivir. (G)

Por supuesto, el optimismo innato de Manuel, funcionó. A los pocos meses nos enteramos que le habían concedido esa beca. Pedimos un año de prórroga, para viajar con una criatura que al menos mantuviera la cabeza levantada por su cuenta. Nos íbamos a los EEUU (New Haven, Yale University, que ni sabíamos lo que era…) con la intención de permanecer por allí un año, tal vez dos, si no había otro remedio. Armamos valijas para venirnos, - todas nuestras pertenencias en la tierra: una sola valija por adulto, más una cuna/baño plegable del bebé que ya tenía 6 meses - y las armé, pelapapas en mano.
El artefacto vino en mi valija y no en el extraño baúl de metal que había llevado a Argentina desde Polonia la abuela de una amiga -ella nos donó ese baúl por temor a que sus hijos se ahogaran encerrándose dentro de él - lleno de artefactos inútiles, martillos usados, floreros y ponchos de lana que también había logrado despachar, por si esas cosas no se conseguían en los EEUU. Misteriosamente eso sucedió hace ya 35 años, con otro embarazo e hija de por medio… y todavía vivo pidiendo perdón cada vez que tengo que explicar que nos fuimos quedando en los EEUU, simplemente quedando… (H).

Hace unos 10 años el pelapapas de plástico azul se conjugó reflexivamente y empezó a pelarse a sí mismo. Me dediqué de lleno a la búsqueda de un sustituto. Claramente, es mucho más fácil conseguir marido que un buen pelapapas. Tengo cerca de diez (repito: 10 pelapapas, no maridos) pero ninguno como aquél. Al final conseguí uno, rojo, Made in Germany, potable, pero no perfecto. Y en ese momento dejé de pelar frutas, verduras y elefantes, y cocino todo con cáscara. El pelapapas azul sigue en el cajón de la cocina y de vez en cuando lo miro para recordar todo lo que viajó y para darme cuenta que puedo serle fiel a algo durante muchísimos años.